El aire de la ciudad del Pentagrama solía sentirse pesado, impregnado del hedor a azufre, ozono quemado y desesperación. Pero para Alastor, la noche tenía un matiz distinto mientras caminaba de regreso al Hazbin Hotel. La reunión de los Overlords había sido, como de costumbre, una pérdida monumental de tiempo: mentiras diplomáticas, amenazas veladas entre tiranos de poca monta y la insufrible presencia de Vox intentando acaparar la atención.
Cualquier otro día, el Radio Demon habría disfrutado manipulando las tensiones de la sala, dejando caer comentarios mordaces con una sonrisa afilada como una navaja. Sin embargo, esa noche en particular, Alastor solo tenía una idea fija en la mente.
Quería volver a casa. Específicamente, quería volver junto al Rey del Infierno.
Para el resto del mundo, Alastor seguía siendo el espectro sonriente, implacable y aterrador que vestía de rojo y devoraba las almas de sus enemigos. Nadie en sus cabales habría imaginado que detrás de la elegancia victoriana y la estática constante existía un rincón reservado exclusivamente para una sola persona. Lucifer Morningstar.
Solo con Lucifer la máscara del demonio de la radio se ablandaba. Con él, los gestos teatrales se convertían en caricias pausadas; la voz distorsionada por frecuencias de radio recuperaba un tono cálido y orgánico; y los brazos que normalmente mantenían a todos a distancia se abrían para sostener al monarca cuando la carga de la eternidad se le hacía demasiado pesada. Alastor amaba a Lucifer con una intensidad serena y devota, un contraste absoluto con la naturaleza caótica de ambos. Esa noche, Alastor no quería nada más que llegar a las habitaciones privadas, quitarse el saco, envolver a su pequeño Rey entre sus brazos y mimarlo hasta que los dos cayeran dormidos.
Ajustó el cuello de su camisa mientras cruzaba las puertas principales del hotel. La recepción estaba en penumbra, en calma aparente. Pero a medida que sus pasos silenciosos avanzaban hacia el pasillo principal, una frecuencia de estática fina comenzó a zumbar en las orejas de ciervo de Alastor.
No era un silencio pacífico. Era el tipo de silencio tenso que precede a una tormenta.
Al subir las escaleras hacia el ala privada, el ruido de voces elevadas empezó a filtrarse por los altos techos de madera. Alastor frunció el ceño ligeramente. Reconoció las voces de inmediato: Charlie y Lucifer.
-¡Es que simplemente no lo entiendes, papá! ¡Nunca lo has entendido! -gritaba Charlie. Su voz, habitualmente llena de optimismo y dulzura, sonaba quebrada por una rabia contenida durante demasiado tiempo.
Alastor se detuvo al final del pasillo, oculto entre las sombras de las muescas arquitectónicas. La puerta de la oficina y aposentos de Lucifer estaba entreabierta.
-Charlie, por favor... no es tan sencillo. Intento protegerte, intento proteger este lugar... -la voz de Lucifer sonaba exhausta, frágil, temblorosa. Tenía esa inflexión apagada que Alastor tanto odiaba escuchar, la voz de un ángel caído desgastado por milenios de culpa.
-¡No estás protegiendo nada! ¡Solo estás encerrándote aquí con tus patos de goma mientras yo trato de reparar el desastre que provocaste! -reprochó Charlie, dando un paso adelante. Las lágrimas brillaban en sus ojos, pero la frustración sobrepasaba su compostura-. ¡Mamá al menos tenía una visión! ¡Ella al menos estaba aquí!
-¡Tu madre se fue, Charlie! -exclamó Lucifer, alzando la voz desesperadamente, tratando de hacerse oír sobre el dolor de ambos-. ¡Ella tomó sus decisiones y yo me quedé para asegurarme de que tú estuvieras a salvo! ¡Hice todo lo que pude!
-¿Hiciste todo lo que pudiste? - Charlie dejó escapar una risa amarga, seca, impropia de ella. El ambiente en el pasillo se volvió glacial-. ¡Ese es el problema! ¡Tu "todo" nunca es suficiente!
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Incondicional
FanfictionTras sufrir un colapso público en televisión nacional a causa de la profunda depresión y el agotamiento emocional que arrastraba, Lucifer encuentra en Alastor un refugio incondicional. En la intimidad de su habitación, el demonio de la radio se dedi...
