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Hace cinco años, el aire de la noche no olía a nada más que a humo denso y al crepitar feroz de las llamas.

Chester tenía quince años en ese entonces, y el mundo se le venía abajo en cuestión de segundos. El calor infernal de la casa en llamas le quemaba la cara mientras la sirena de los bomberos resonaba a lo lejos, demasiado distante para el desastre que ya estaba ocurriendo. Había logrado salir corriendo por la puerta principal, tosiqueando y con la garganta enardecida, pero el pavor se le congeló en el pecho cuando se dio cuenta del error imperdonable: en medio del pánico ciego y la desesperación por respirar, había dejado a su hermana menor atrás.

Sus padres, devastados y en shock, lo tomaron por los hombros en la vereda. Las miradas de angustia mutaron rápidamente en reproche y desesperación pura al notar que el chico salía solo. Las palabras de culpa quedaron suspendidas en el aire, destructivas e irreparables, sellando ese preciso instante como una marca indeleble.
Y justo cuando la estructura de madera parecía ceder, una silueta irrumpió desde la penumbra del humo.

Iba vestido con un traje de tonos oscuros y detalles rojos que capturaban el reflejo del fuego. Llevaba a la pequeña en brazos, protegiéndola del calor con su propia espalda antes de dejarla a salvo en el césped del jardín delantero. La multitud que comenzaba a reunirse ahogó un suspiro colectivo, y los padres de Chester se abalanzaron de inmediato sobre la niña, llorando y envolviéndola en abrazos desesperados.
Sin embargo, Chester no podía apartar la mirada de la figura que permanecía de pie a unos metros, respirando con pesadez tras el rescate. El joven héroe local, a quien todos en la ciudad simplemente llamaban Draco, echó una rápida mirada hacia la familia reunida antes de dar un salto impresionante hacia los techos linderos y desaparecer en la noche urbana.

Para la familia de Chester, esa noche fue el milagro de haber salvado a la hija menor. Pero para Chester, que se quedó inmóvil viendo el lugar por donde el enmascarado había escapado, fue el nacimiento de una fascinación imborrable. Draco no solo había salvado a su hermana; lo había salvado a él de vivir aplastado por una culpa insoportable.

Cinco años después

El choque de la puerta de entrada al cerrarse resonó con fuerza en el recibidor de la casa.
Chester caminaba a paso rápido por el pasillo, con la mochila colgada de un solo hombro y el ceño fruncido tras una caminata amarga desde la universidad. La discusión con Mandy todavía le daba vueltas en la cabeza, repitiéndose como un disco rayado.

-¡Chester, por favor, aterrizá de una vez! -le había recriminado Mandy a la salida del campus, cruzándose de brazos con evidente frustración-. Estás enamorado de una sombra. Ni siquiera sabés quién es en realidad. ¿Qué pasa si detrás de esa máscara Draco es un tipo insoportable, o no tiene nada que ver con lo que te imaginás, o simplemente es horrible? ¡Jamás te va a registrar!

-No me importa cómo sea abajo de la máscara -le había respondido él antes de darle la espalda y marcharse-. Sé lo que hace y sé quién es. Eso me basta.
Al pisar la planta baja, la voz de su madre desde el comedor lo congeló en su lugar.

-Llegás tarde, Chester -dijo ella en un tono seco, frío, sin apartar la vista de los cuadernos de la universidad de su hija, a quien ayudaba pacientemente en la mesa-. Tu hermana ya terminó de almorzar y ordenó sus cosas. Tratá de no hacer ruido, estamos ocupadas.

Ni una pregunta sobre su día, ni un saludo cálido. Nada. Desde la noche del incendio, la brecha entre él y sus padres se había vuelto un abismo insalvable; para ellos, el favoritismo hacia su hermana era una regla no escrita que se notaba en cada gesto y en cada silencio helado.

Chester no molestó en responder. Apreto las tiras de la mochila y subió las escaleras en silencio hasta llegar a la seguridad de su habitación. Cerró la puerta con llave y dejó escapar un largo suspiro, sintiendo cómo el peso de la casa y la frustración con Mandy empezaban a disiparse al quedar a solas.

Su cuarto era su verdadero refugio. En una de las paredes principales, una pizarra de corcho y varios paneles de madera estaban cubiertos con un orden meticuloso: recortes de periódicos sobre las intervenciones de Draco, fotos tomadas desde la distancia cuando el héroe cruzaba los cielos de la ciudad, bocetos detallados a lápiz hechos por el propio Chester imaginando cómo se verían juntos, y notas de horarios de sus patrullajes habituales.

Para los demás, podía parecer una fijación exagerada o una tontería infantil, tal como Mandy le insistía a diario. Pero para Chester no era un simple capricho. Era admiración, era un cariño profundo que había crecido con los años, y una necesidad genuina de entender a la persona que le había cambiado la vida aquella noche.

Chester caminó hacia la pared, dejando caer la mochila al suelo. Pasó los dedos con delicadeza sobre uno de sus propios dibujos, donde los trazos de carbonilla capturaban la figura estilizada de Draco recortada contra los edificios de la ciudad.

-No tenés idea de lo cansador que es todo esto hoy... -murmuró Chester en voz baja, hablando con la imagen en el papel mientras una pequeña sonrisa, sincera y tranquila, se le dibujaba finalmente en los labios-. Pero no importa lo que diga Mandy. Sé que estás ahí afuera.

...

El Heroe De La Ciudad <<DRACHESTER>>Stories to obsess over. Discover now