PRÓLOGO

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Como mujer profesional había aprendido que algunas pérdidas no aparecían en los estados financieros. No tenían una cifra exacta y mucho menos podían registrarse como un gasto extraordinario ni clasificarse como una deuda a largo plazo. No existía una fórmula capaz de calcular cuánto costaba reconstruirse después de vivir una vida que no muchos podrían soportar

Y, sobre todo, no había auditoría capaz de determinar cuánto de una persona se perdía cuando todo se pone en su contra de cierta manera. Ella lo sabía mejor que nadie.

Había aprendido a vivir con pérdidas que no figuraban en ningún balance.

Por eso, cuando volvió a México después de diez años, no lo hizo como la misma mujer que había cruzado una frontera con una maleta, una beca y demasiadas expectativas. Regresó convertida en alguien a quien pocos se atrevían a contradecir.

A los veinte años había llegado a Estados Unidos con la convicción de que podía construir una vida lejos de todo aquello que conocía.

El momento perfecto en el que esa misma convicción la había llevado hasta Harvard.
había conseguido aquello que durante años parecía imposible. Después vino la maestría en Data Science, los proyectos, las noches interminables, las reuniones que terminaban de madrugada y una cantidad de puertas que comenzaron a abrirse después de que su nombre apareciera en los lugares correctos.

No había sido suerte nunca había creído demasiado en ella. Había sido disciplina, horas de trabajo, decisiones difíciles y una capacidad casi enfermiza para no permitir que nadie notara cuándo estaba cansada.

Su despacho en Massachusetts había comenzado siendo poco más que una oficina pequeña y un escritorio lleno de documentos. Con el tiempo se convirtió en una firma de consultoría reconocida, empresas que antes ni siquiera habrían respondido uno de sus correos comenzaron a buscarla, corporaciones necesitadas de estrategias para lanzar productos compañías que querían expandirse a otros mercados, proyectos internacionales que necesitaban análisis financieros, marcas que necesitaban comprender a sus consumidores, empresas que tenían una idea brillante, pero no sabían cómo convertirla en algo rentable.

Ella encontraba la manera.
Analizaba datos.
Detectaba errores.
Calculaba riesgos.

Recortaba aquello que consideraba innecesario.

Y cuando daba una recomendación, esperaba que la siguieran. No porque disfrutara tener autoridad, sino porque había aprendido que las dudas costaban demasiado. Su reputación creció hasta convertirse en algo que ya no necesitaba presentación, era joven, era brillante y tenía una personalidad que muchos describían de la misma manera.
Difícil, fría, innaccesible. Pero con una belleza tan perfecta que parecía irreal su forma de ser.

No era especialmente amable con los hombres.
De hecho, tenía una regla bastante sencilla:

No involucrarse, no confiar y no depender

Y, sobre todo, no permitir que alguien tuviera suficiente poder sobre ella como para destruir todo lo que había construido, eso era lo que más tenía claro y nadie lo iba a cambiar.

La regla había funcionado durante demasiado tiempo. Y no tendría porque cambiar ¿O sí?

•••

La empresa que durante mucho tiempo había sido un sueño.

Una de esas compañías cuyo nombre conocía incluso antes de saber exactamente qué quería hacer con su vida.

Una corporación dedicada a la asesoría estratégica y empresarial, capaz de recibir proyectos de grandes compañías, desarrollar sus planes y llevarlos a mercados nacionales e internacionales. Una empresa donde convergían las finanzas, la administración, la mercadotecnia, los negocios internacionales y el análisis de datos, donde cada decisión podía significar millones.

Cero tolerancia, Cero liquidez Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora