El olor a café picado y el vaho acumulado en el parabrisas del sedán negro eran mis únicos acompañantes a las cuatro de la tarde. Odiaba la burocracia de la CIA, odiaba los trabajos de vigilancia de bajo nivel y, sobre todo, odiaba la abrumadora mediocridad de esta nueva línea temporal. Sin poderes activos, sin la amenaza inminente de un apocalipsis en cuenta regresiva y condenado a portar una placa de mierda en un escritorio con luz fluorescente, mi existencia se había reducido a ser un espectador de la rutina.
Ajusté el nudo de mi corbata y pasé la página del expediente manila que descansaba sobre mis piernas.
Clara Morales.
Veinticuatro años. Instructora de ballet clásico. Nacida en Ciudad de México, emigrada a Estados Unidos hacía seis meses. Sin antecedentes penales, sin multas de tránsito, sin un solo rasguño en su historial crediticio.
Era perfecto. Y en mi línea de trabajo —en cualquiera de mis vidas— la perfección era el primer síntoma de una mentira elaborada.
Levanté la mirada hacia el gran ventanal del segundo piso del edificio de enfrente. El cartel de madera pulida se anunciaba en letras doradas: Academia de Danza Clásica. A través del cristal, recortada contra la luz natural del estudio, la vi.
Vestía un leotardo rosa pálido que se ajustaba a su torso con precisión y una falda ligera de gasa que se movía a la par de sus piernas. Clara no caminaba; se desplazaba con una disciplina rígida, casi militar, disfrazada de elegancia. En ese momento corregía la postura de la espalda de Grace, la pequeña hija de Diego y Lila. Le acomodaba las manos, le alineaba la barbilla y sonreía con una calidez que me parecía completamente ensayada.
Volví a la ficha en mis manos. Pasé los dedos sobre las fotografías impresas en blanco y negro.
—A ver, Clara... —murmuré para mí mismo, entornando los ojos—. Si naciste en la colonia Roma en 1999, ¿por qué tu registro de vacunación infantil fue emitido por un hospital que se incendió tres años antes de que nacieras?
No había huellas digitales registradas en el sistema internacional. Su pasaporte era legítimo, pero la firma del cónsul correspondía a un funcionario que llevaba dos años retirado por demencia senil cuando se estampó el sello. Quienquiera que le hubiera fabricado la identidad a Clara Morales era un profesional... o alguien con un conocimiento ridículamente preciso de cómo burlar los filtros gubernamentales.
Un agente común de la CIA habría archivado esto como un error administrativo del consulado mexicano. Pero yo no era un agente común. Había pasado décadas rastreando anomalías en el tejido del espacio-tiempo; olía a inconsistencia a kilómetros de distancia. Y esa chica olía a fuego encubierto.
Alcé la vista justo a tiempo para ver cómo la clase llegaba a su fin. Las niñas comenzaron a recoger sus maletas y a salir hacia la recepción. Grace fue la primera en cruzar la puerta de la calle, saludando a Diego, quien la esperaba apoyado en su auto unos metros más atrás con su habitual cara de no entender nada de la vida.
Decidí que el escritorio podía esperar.
Cerré la carpeta manila, la dejé en el asiento del copiloto y bajé del vehículo. El aire fresco de la tarde me golpeó la cara mientras cruzaba la calle, pero el interior del edificio de la academia me recibió con una atmósfera completamente distinta: el olor penetrante de la madera pulida, la cera y un rastro seco y polvoriento de resina para zapatillas.
Subí las escaleras de madera con pasos mudos. No había nadie en el pasillo superior.
Me detuve en el marco de la puerta del salón principal. Clara estaba de espaldas a mí, inclinada sobre una banca de madera oscura, desatando con parsimonia las cintas satinadas de sus zapatillas de punta. Su respiración aún era agitada por la clase. El sudor fino le brillaba en la nuca, donde algunos mechones sueltos de su cabello castaño se pegaban a la piel.
En la esquina del salón, sobre una pequeña mesa,un bloque de tiza de resina entre sus dedos, dejando caer un polvo blanco sobre el suelo de duela.
—Si viniste a arrestar a alguien, Hargreeves, llegas tarde. La pequeña Grace ya se fue con tu hermano —dijo sin volverse. Su voz, en un español fluido y suave pero impregnado de una firmeza helada, resonó en el salón vacío.
Me apoyé contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No estoy aquí en servicio oficial, señorita Morales. Considera esto una visita de cortesía familiar. Diego es demasiado blando para notar cuándo rodea a su hija de personas... interesantes.
Clara terminó de soltar el nudo de su zapatilla izquierda y se giró lentamente sobre la banca. Sus ojos, profundos y alertas, se clavaron directamente en los míos. No había un solo rastro de nerviosismo en su rostro. Ningún titubeo.
—¿Interesantes? —se puso de pie con una fluidez pasmosa, quedando descalza sobre la madera gastada. Era más baja que yo, pero la forma en que erguía la columna le daba una presencia casi aplastante—. Pensé que el término que buscabas era 'sospechosas'. Sé reconocer a un sabueso cuando lo tengo enfrente, Five.
—Me gusta ir al grano, Clara —dé un paso hacia el interior del salón; el eco de mis suelas de cuero rompió el silencio del lugar—. Tres identidades fiscales vinculadas a tu nombre en los últimos tres años. Un historial médico impecable sin un solo grupo sanguíneo registrado. Y una habilidad pasmosa para moverte como si previeras los pasos de todos los que te rodean.
Clara no retrocedió. Al contrario, caminó despacio hacia mí, deteniéndose a menos de medio metro. El aroma a tiza, madera y un perfume floral sutil y punzante me envolvió al instante.
Se cruzó de brazos, inclinando ligeramente la cabeza hacia arriba para sostener mi mirada.
—Tal vez solo soy una mujer precavida en un país extraño —murmuró con una sonrisa amarga que no le llegó a los ojos—. O tal vez a la CIA le molesta que una maestra de ballet no encaje en sus cuadritos perfectos.
—A la CIA le da igual —contesté, dando un paso más, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo tras el ejercicio—. A mí no. No me gustan los misterios que no puedo resolver en cinco minutos.
Clara soltó una pequeña risa, seca y llena de arrogancia. Se acercó un centímetro más, obligándome a apretar la mandíbula para no mover un solo músculo.
—Entonces vas a pasar muchas noches en blanco, agente Hargreeves —susurró, rozando apenas la solapa de mi saco con la punta de sus dedos manchados de resina, dejando un rastro blanco sobre la tela oscura—. Porque no hay nada en mi expediente que te vaya a servir. Y si sigues velando mi sueño desde tu auto, voy a empezar a cobrarte la entrada.
Se giró con elegancia, tomándome con la guardia baja por un milisegundo, recogió su bolso de la banca y caminó hacia la salida sin volver a mirarme.
Me quedé solo en el centro del salón de baile, escuchando el eco distante de sus pasos bajando las escaleras. Miré la mancha de polvo blanco en la solapa de mi saco. Apreté los puños.
Clara Morales guardaba algo. Y si tenía que derribar cada mentira de su vida para descubrirlo, lo haría con gusto.
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Sincronía del Desastre
FanfictionClara es una profesora de ballet... Five Hargreeves es un agente de la CIA... Ella guarda un secreto y él sospecha de ella... ambos llegarán a encontrar que ese secreto los llegará a unir más de lo que creen... Cambiando la cuarta temporada de Umbre...
