❀ CAPÍTULO I ❀Bajo la Luna, el Loto se ilumina

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A Lianxin le parecía que la brisa se sentía más fría de lo habitual. Su nariz estaba roja y tuvo que contenerse para no estornudar. Sobre ese puente solo alumbraban unas pequeñas linternas colocadas casualmente por los transeúntes para poder ver por la noche. Ya ni siquiera podían confiar en la luna, pues esta rara vez aparecía.

Lianxin acababa de vender unas frescas peonías a una joven de mejillas sonrosadas y se despedía entre reverencias con su característica sonrisa cálida.

Mientras trataba de que las flores en su canasta no se volaran, le pareció que el cielo de pronto se iluminaba. Dándose media vuelta, vislumbró una luna llena pura y reluciente como una perla de cristal. Sus ojos se iluminaron en el reflejo, y poco después se nublaron cuando una nube la cubrió. Al instante siguiente, ya había desaparecido, tan inconstante que era una suerte encontrarla.

Había sido así desde años incontables, según lo que había oído. Luego de que una irascible tormenta azotara con tanta fuerza al mundo que cuando acabó, nada parecía ser igual. Ni siquiera la inocente luna. Aquella tormenta había durado nueve meses, y le había complicado su estilo de vida a incontables personas, muchos tuvieron que abandonar sus hogares al verse inundados, y cientos perdieron la vida por su ferocidad. Pero eso era algo que no le había tocado experimentar a Lianxin, así que no podía probar esos hechos.

Se encontraba pensando en todas estas cosas, hasta que el aire a su alrededor pareció cambiar de una forma antinatural. Realmente eso era imposible, pero la sensación seguía ahí. Con la mirada perdida, volvió su cabeza, y para su sorpresa, lo que parecía una humilde aldeana la miraba sin pestañear.

Se miraron unos segundos que parecieron eternos. Linxin sinceramente no comprendía esa incomodidad que se palpó en aquel instante, pero se esforzó por carraspear para saludar a aquella joven.

—¿Puedo ayudarte en algo? —realmente parecía ser alguien humilde y corriente. Sus túnicas turquesas y blancas eran simples, al igual que su rostro pálido. Su cabello oscuro estaba recogido en un desprolijo moño que reforzaba aquella idea, pero no era correcto sacar conclusiones, así que Lianxin dejó de reparar en aquello.

La joven esbozó una pequeña sonrisa. Ciertamente no tenía nada de especial, pero sus ojos suaves se achicaron en unas bonitas medialunas.

—Realmente me gustaría algunas de esas flores, pero me temo que no tengo dinero con el que pagarte. ¿crees... que podrías aceptar alguna de estas linternas que vendo? Atraen la buena suerte si se las coloca sobre el Lago Ángel —parecía realmente avergonzada mientras hablaba, así que Lianxin no pudo evitar resoplar, mientras una sonrisa se formaba en sus labios, que luego se convirtió en una pequeña risita. Aquello solo hizo que la otra se apenara aún más, pero sintiéndose cruel, Lianxin aceptó.

—¿Cuál de ellas te gustarían? —preguntó con su tono gentil.

—Esas —sus ojos brillaron inexplicablemente, señalando unas que se encontraba en aquella canasta maltratada—. Quiero esas.

Lianxin siguió la dirección que apuntaba su dedo: se trataban de unos delicados claveles que ella misma había recogido en un campo lleno de ellos. Le gustaban bastante, su significado era dulce, así que le gustó aquella elección. Los recogió y envolvió para formar un hermoso ramo de claveles de un rosa suave y blancos. Se los tendió y la otra los aceptó con tanto cuidado como si se tratasen de un tesoro. Como si recordara, se sobresaltó para rebuscar en su pequeña mochila, sacando una linterna muy bonita a la vista, aunque seguía siendo solo una linterna. La aceptó con mucho gusto, aunque sintiéndose algo absurda. Descubrió que la joven la observaba sin pestañear nuevamente, más tarde se dio cuenta de que era porque estaba esperando verla con sus propios ojos colocar la linterna sobre el lago.

Entonces se movió hacia el principio del puente, donde estaba más cerca del nivel del suelo, para encogerse y descansar dicho objeto sobre la superficie del agua cristalina. Este flotó obedientemente y con el suave empujón de su mano, lo ayudó a alejarse . Luego juntó sus manos para pedir buena fortuna, prosperidad y todo lo que se le vino a la cabeza para lucir seria ante la chica que se había arrodillado a su lado: una presión tan enorme que hasta sintió el sudor recorrer su frente.

Aún con los ojos cerrados, una pequeña risa se coló por sus oídos. Tomada por sorpresa, los abrió para ver a esta chica cubriendo su boca para que no lo notara. Por alguna razón se sintió verdaderamente avergonzada, a pesar de no saber el por qué de su burla. ¿Había hecho algo mal?

Obligándose a parar, la otra sacudió la cabeza, con una mirada tan viva jamás antes vista. A Lianxin le recordó a miles de luciérnagas viviendo juntas en su interior.

—Así no. Mira —sacó de su mochila otra linterna igual a la que le había ofrecido. Lianxin alzó una de sus cejas oscuras prestando la atención de un niño aprendiendo algo tan novedoso como caminar. Parecía una linterna normal, como miles que ya había visto antes. Pero en cambio, aquella chica tiró de un lado de la parte superior, abriendo capa tras capa hasta revelarse la forma de una flor de loto. Fue el turno de Lianxin de que sus ojos se iluminaran como si lo que acababa de presenciar fuese magia pura. La joven le tendió aquella linterna floral con sus manos, incitando a que volviera a dejarla sobre el agua ella misma.

Eso fue lo que hizo. Encantada, vio cómo se alejaba hacia la superficie más lejana y en completa oscuridad. Sin embargo, mientras observaba, fue como si de pronto hubiera una explosión en el cielo. Todo su rostro se encendió para ver a tiempo la enorme perla reaparecer más grande y reluciente que antes. La luna parecía unirse al lago cristalino y permitió apreciar el paisaje, revelando las dos linternas que se dirigían hasta ella como un imán.

No pudo evitar pensar desde el fondo de su corazón que era su día de suerte, ya era indicio de buen presagio y buena fortuna solo poder contemplarla una vez. Y resulta que se había topado con ella dos veces, esta vez, tan de cerca...

Lianxin contemplaba a la hermosa luna, sin percatarse en absoluto que sobre ella también se posaban otros ojos. No tenía ni idea de que la luna le devolvía el gesto. Y que incluso tenía toda su atención en ella.

La inconstante luna, que se sentía indigna de mostrase a los demás, se había manifestado solo para su persona.

Con un sonido cálido floreciendo en su corazón, se incorporó para dedicarle una mirada a aquella chica, e inclinando la cabeza, se despidió de buen humor. Recogió las incontables flores en su mochila de bambú, la colgó sobre su espalda, preparada para marchar.

Dio unos pasos, pero se detuvo a medio camino. Sobre aquel puente, volvió su cabeza sin girar por completo. Su mirada se encontró por última vez con la chica aún de pie al comienzo del paso. Haciendo recaudo de valentía, con esa sonrisa imperturbable, se atrevió a preguntar:

—¿Nos conocemos de algún lado?

En realidad su rostro no se le hacía para nada familiar, ni una pizca. Era una cara verdaderamente común, así que no se le podría culpar por olvidarlo. Pero estaba segura de que no era así. De igual forma, el sentimiento permanecía ahí.

La otra parte se sacudió ante la repentina pregunta, pero se recompuso de inmediato, por lo que Lianxin lo atribuyó a su imaginación. Con la misma expresión imperturbable respondió:

—Me temo que no. De ser así, no creo que sea posible olvidarlo. Es una lástima, ya debo irme. Debo alimentar a mis hermanos. Que las Estrellas alumbren su camino, Huashi —sacudió su mano, también preparada para retirarse.

Ante aquel apodo, sus cejas se crisparon. "Huashi" en la ciudad era una forma de referirse a un "recolector de flores", aunque mayormente en forma de burla. Era utilizado para cultivadores que entendían y conectaban con la naturaleza, pero con el tiempo perdió seriedad, no se consideraba un pasatiempo muy digno de respeto. Y a pesar de esas cosas, el tono con el que lo había pronunciado no cargaba con una pizca de burla o para molestarla. Sonaba sincero.

Sin decir nada más, ambas partes siguieron su camino. Con sus partidas, la luna igualmente desapareció en el horizonte, volviendo a su recóndito escondite, y al cielo solo lo adornaron los innumerables ojos brillantes que velaban por la seguridad de todos.

                                                                                                                  Continuara...

La Luna Se Niega a OlvidarHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora