La nieve de Vaelmoor no cae: se deja caer, como si hasta el cielo entendiera que en las Tierras Altas nada llega por accidente. La observo deshacerse contra el cristal de mi visor de campaña y pienso, no por primera vez en estos nueve días de marcha, que mi padre eligió el peor mes del año para enviarme a morir con dignidad a la frontera.
Nueve días. Nueve días de avanzar entre desfiladeros donde el viento aúlla con una voz que los soldados más viejos juran que tiene palabras, si uno se queda quieto el tiempo suficiente para escucharlas. Ninguno se queda quieto el tiempo suficiente. Yo tampoco, aunque por razones distintas: cada vez que el campamento se detiene, hay mapas que revisar, quejas de los Altos Lores menores que fingen acompañarme por honor y no porque mi padre se los ordenó, y la interminable ceremonia de fingir que un príncipe de dieciocho años sabe exactamente lo que hace cuando comanda doscientos hombres a través de un paso que ni siquiera los cartógrafos reales terminaron de dibujar bien.
-Alteza. -La voz de Ser Draven Wolfmere llega desde atrás, apagada por el viento-. El paso de Ceniza Gris está despejado. Podemos cruzar antes de que oscurezca.
Draven tiene diez años más que yo y una cicatriz que le cruza la ceja izquierda desde una campaña en la que yo todavía aprendía a sostener una espada de entrenamiento sin cortarme los propios dedos. Fue mi tutor de esgrima antes de ser mi escolta, y sigue tratándome, en los momentos en que nadie más puede oírlo, con la mitad de reverencia y la mitad de exasperación que se le tiene a un alumno prometedor pero todavía torpe.
No me muevo de inmediato. Desde el promontorio se ve el valle entero: la garganta de piedra negra que los mapas llaman Ceniza Gris y que los soldados, con más honestidad, llaman la Boca. Abajo, el destacamento de doscientos hombres espera en formación, los estandartes -el oso plateado de Vaelmoor sobre fondo azul hielo- colgando pesados de humedad. Nueve días para escoltar un cargamento de grano hacia los fuertes fronterizos, una misión que cualquier capitán de provincia podría haber comandado sin que un príncipe tuviera que congelarse las manos dentro de sus propios guantes.
Pero mi padre no me envió por el grano.
Me envió para que la corte viera al heredero manchándose las botas de barro fronterizo, para que los nobles que aún dudan de si tengo el temple de un rey hablaran menos y temieran más. Una lección barata, disfrazada de deber. La conozco bien porque mi padre lleva veinte años enseñándomela de formas distintas: primero fueron los torneos donde debía ganar sin parecer que había hecho trampa, después las audiencias donde debía juzgar disputas de tierras que ni él mismo se molestaba en resolver, y ahora esto, una escolta de grano en pleno invierno, como si el frío mismo pudiera terminar de forjarme en algo que él pudiera aprobar sin reservas.
Recuerdo, mientras el viento me muerde la cara bajo el visor, la última conversación que tuve con él antes de partir. Estábamos en la sala de mapas, los dos solos, algo que ocurría con menos frecuencia de la que cualquiera en la corte imaginaría.
-No vas por el grano -me dijo, sin levantar la vista del mapa que estudiaba-. Vas porque necesito que Vaelmoor entero sepa que mi heredero puede sobrevivir nueve días de marcha sin quejarse. Hazlo bien y volverás con más autoridad de la que tienes ahora. Hazlo mal...
No terminó la frase. Nunca las termina cuando el final es obvio.
-Alteza -repite Draven, con esa paciencia cansada que solo un hombre que me vio crecer se permite-. El clima no va a mejorar.
-Lo sé. -Bajo el visor y monto de nuevo-. Que avance la vanguardia. Cruzamos ahora.
Draven asiente y se aleja gritando órdenes que el viento deshilacha antes de que lleguen a la tropa. Me quedo un momento más mirando la Boca. Hay algo en la quietud del paso que no me gusta, un silencio demasiado completo incluso para la nieve. No son los sonidos habituales de un paso de montaña -el crujido de la nieve bajo las botas, el graznido ocasional de algún ave que no debería estar tan al norte en esta época del año-. Es un silencio distinto, más denso, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
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Bound in blood
FantasyDOS ALMAS. UNIDAS POR LA SANGRE. DIVIDIDAS POR EL DESTINO. En el gélido norte, donde antiguos reinos se desmoronan y dioses muertos susurran entre la tormenta, un príncipe de hielo y una hechicera nacida de las sombras están unidos por un vínculo qu...
