El calor del Estadio Nissan en Nashville era sofocante, pero no se comparaba con la lava que le corría por las venas a Edson desde el primer minuto de juego. El partido contra Estados Unidos siempre era un choque de orgullo, un terreno minado donde las patadas a destiempo y los insultos en inglés se repartían sin sanción. Pero en la cancha había un secreto a voces que solo los más cercanos dentro del plantel conocían: la devoción desmedida, casi enfermiza, que Edson le tenía a Diego.
No era un simple compañerismo de selección. Lo de ellos era una historia añejada desde las fuerzas básicas del América en Coapa. Edson recordaba perfecto los días en los que ambos no tenían nada; recordaba a un Diego adolescente, menudo y lleno de sueños, durmiéndose en el asiento del pasajero de su coche viejo tras entrenar doble turno. Recordaba las noches en el departamento que terminaron compartiendo, donde Diego, con los ojos brillándole de impotencia, le confesaba lo mucho que le pesaba que la prensa y los entrenadores dudaran de su potencial solo por su estatura. Edson lo había visto entrenar hasta el cansancio para compensar cada centímetro que le faltaba, puliendo una zurda que volvía locos a los defensas. Y en el proceso, Edson se había enamorado hasta la médula. Aprendió a adorar cada rasgo de Diego: su carácter contestón, la forma en que fruncía el ceño cuando no le salía una jugada, y la forma tan perfecta en que su cuerpo pequeño se acoplaba al suyo en la intimidad. Por eso, Edson vivía rendido a sus pies, dispuesto a pelearse con el mundo entero para que nadie intentara apagarlo.
Por eso, desde el primer tiempo, el ambiente en la cancha estaba enrarecido. Pocho Guzmán y el Piojo Alvarado intercambiaban miradas de preocupación cada vez que el defensor estadounidense, Matt Miazga, buscaba a Diego para encararlo tras cada jugada.
Edson no estaba jugando al fútbol; estaba cazando. Cada empujón que Diego recibía hacía que a Edson se le tensara la mandíbula y que sus ojos siguieran a Miazga con una fijación casi asesina.
Los compañeros que conocían la historia entre ambos sabían que la paciencia de Edson estaba por agotarse. Tenían la certeza de que, si Miazga no le bajaba a sus provocaciones, la cancha se iba a convertir en un ring. Y lo más impactante era que nadie en el equipo intentó detener a Edson. Pudo haber intervenido la zaga, pudo haber corrido Hugo Ayala a calmar las aguas, pero no quisieron. Todos en el plantel querían a Diego, admiraban su valentía para encarar a tipos que le sacaban dos cabezas y sabían lo mucho que le dolía que lo minimizaran. Ver a un tipo de más de un metro noventa intentando sobajarlo generaba una rabia compartida, pero todos entendían que ese ajuste de cuentas le pertenecía únicamente al hombre que lo amaba.
Cuando el balón salió por la banda y Miazga acorraló a Diego, el estadounidense dio un paso atrás, sonrió con arrogancia y colocó la mano abierta a la altura del pecho de Diego, para luego bajarla de forma exagerada hasta la altura de su cintura.
El gesto buscaba ridiculizarlo públicamente frente a miles de espectadores. Fue el detonante. En la banca y en el césped, los que sabían lo que Diego significaba para Edson solo pensaron: Ya se lo cargó la chingada.
Edson no pensó en el reglamento, ni en las sanciones, ni en la prensa que lo lincharía al día siguiente. Atravesó el campo a grandes zancadas, apartando a quien se le cruzara en el camino, y antes de que Miazga pudiera bajar la mano, le plantó un puñetazo limpio, seco e implacable directo en la mandíbula. El impacto resonó en medio del murmullo del estadio. Miazga cayó sobre el pasto como un saco de papas y el caos estalló en la cancha.
El árbitro sacó la tarjeta roja directa de inmediato. Edson ni siquiera protestó; se ajustó las cintas de las manos, miró al rival en el suelo con desprecio y caminó hacia el túnel con la cabeza en alto.
El partido terminó 1-0 a favor de los estadounidenses, pero cuando Edson cruzó la puerta del vestidor, el respaldo del grupo fue rotundo.
Pocho Guzmán fue el primero en levantarse de su banca. Se acercó a Edson, le dio un apretón de manos rasposo y le dedicó una mirada llena de complicidad
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A tu altura
FanfictionTodos vimos lo que pasó en aquel amistoso de 2018 contra Estados Unidos y el gesto humillante de Miazga hacia Diego. ( y yo me quedé con ganas de escribir algo) : Edson no se contuvo y le acomodó la mandíbula de un puñetazo limpio aunque significa...
