Hay mañanas en las que Buenos Aires se siente como un motor recién encendido: áspero, ruidoso, pero lleno de una energía que te exige estar a la altura si no querés que te pase por encima. A mí me gusta ese ritmo. De hecho, necesito que el mundo se mueva rápido a mi alrededor para sentir que voy en la dirección correcta.
Me miré al espejo del vestidor por última vez antes de agarrar las llaves de la camioneta. Llevaba un traje sastre color crema, de corte impecable, pero ajustado lo suficiente en la cintura para no perder la figura. A mis treinta y dos años aprendí a usar la ropa a mi favor: no para esconderme, sino para marcar presencia. Mi cuerpo es el resultado de una genética agradecida, pero sobre todo de una disciplina militar que mantengo sin excusas. Sé lo que provoco al caminar y no pido disculpas por eso.
Ajusté el escote sutil de la blusa de seda, dejando entrever lo justo, y acomodé las ondas de mi pelo negro, que caía en cascada sobre mis hombros. Miré mi reflejo un segundo más. Mis ojos verdes parecían un poco cansados por las pocas horas de sueño, pero un toque de corrector sobre el tabique y un labial neutro en mis labios carnosos hicieron el trabajo de siempre. Una fachada perfecta. La fachada de la mujer que no se detiene por nada.
Sentí un roce tibio en los tobillos. Al bajarme del banquito del vestidor, Cuscús, mi gato atigrado de un año, empezó a enroscarse entre mis piernas soltando un maullido agudo y demandante.
—Pará un poco, chiquito, que te voy a pisar —murmuré, agachándome para acariciarle el lomo suave.
Desde el pasillo apareció Kobu, trotando con la pesadez elegante de sus treinta y cinco kilos. Era un perro mestizo rescatado de la calle, de un negro azabache profundo que brillaba como la seda cuando le daba el sol. Kobu apoyó su hocico enorme y húmedo en mi rodilla, mirándome con esos ojos marrones llenos de una gratitud infinita. Les dejé la comida servida, llené el bebedero de agua fresca y le dediqué dos minutos de mimos compartidos. Kobu y Cuscús eran el alma de mi departamento; mi pequeño santuario privado en medio del caos porteño.
Salí al balcón a respirar la brisa tibia que llegaba desde el río mientras Puerto Madero terminaba de despertarse despacio. Apoyé los codos en la baranda, observando el movimiento sutil de la ciudad, con Kobu pegado a mi pierna y Cuscús curioseando entre los barrotes.
Salí al balcón a respirar la brisa tibia que llegaba desde el río mientras Puerto Madero se despertaba despacio, envuelto en ese tono dorado de las primeras horas de la mañana. Me apoyé en la baranda mirando el agua tranquila. Siempre me dio paz estar cerca del agua. Al fin y al cabo, nací bajo el signo de Cáncer. Un 20 de julio a las 23:44 para ser exactos, el mismísimo Día del Amigo. En mi casa siempre fue tema de risas la anécdota de que le interrumpí la cena con sus amigos al obstetra. Para mí terminó siendo casi un presagio: la lealtad y el sentido de pertenencia a una tribu son dogmas inquebrantables en mi vida.
Siento las cosas a flor de piel. Tengo una intuición afilada que raras veces falla y una necesidad casi física de cuidar a la gente que quiero. Pero que nadie confunda mi calidez con ingenuidad: si tocás a los míos o intentás sobrepasar mis límites, soy implacable. Todo el mundo que me conoce de verdad me quiere por eso, porque no tengo dobles caras. Soy transparente, afectuosa y desbordante de energía, pero mi confianza no se la regalo a cualquiera. Mi círculo íntimo es reducido, un refugio blindado a prueba de todo.
Sonreí para mis adentros al acordarme de que justo esa noche teníamos nuestro grupo de WhatsApp estallado de mensajes. En ese mapa de lealtades están Camila y Agustina, las dos con las que comparto la vida desde que llevábamos el uniforme de la escuela primaria y nos prometíamos amistad eterna en los recreos. Ellas me vieron crecer, me sostuvieron en mis primeros desamores y celebraron cada paso que di. A esa base sólida se sumaron años más tarde Giorgina y Priscila, dos mentes brillantes que me regaló la facultad mientras nos quemábamos las pestañas entre entregas de trabajos, exposiciones y finales.
ESTÁS LEYENDO
Fuegos Paralelos
RomanceAmelí Ferrer lo tiene todo bajo control. A sus treinta y dos años, es una de las publicistas más influyentes de Argentina, dueña de un imperio creativo que construyó desde cero y de una determinación inquebrantable. Su vida parece completa junto a A...
