Nunca había estado tan nerviosa. Y eso que, objetivamente, no tenía ningún motivo para estarlo.
Edurne Zubia respiró hondo antes de apagar el coche. La lluvia caía con esa constancia tan donostiarra que ya ni molestaba; simplemente formaba parte del paisaje. Las gotas resbalaban por el parabrisas mientras observaba el edificio de Zubieta al otro lado del aparcamiento.
Había imaginado aquel momento demasiadas veces. Trabajar en la Real Sociedad. El club con el que había crecido. El equipo por el que había discutido con su hermano pequeño después de cada partido. El lugar donde había pasado media adolescencia haciendo fotos desde la grada porque, algún día, quería dedicarse a aquello.
Y ese día había llegado.
—Venga, Edurne... —se dijo a sí misma mientras cogía la mochila del asiento del copiloto—. No la líes en las primeras cinco horas.
Cinco segundos después pisó un charco hasta el tobillo.
—Perfecto. Empezamos bien.
(...)
—¡La nueva!
Un hombre de unos cincuenta años apareció por el pasillo con una sonrisa enorme.
—Tú tienes que ser Edurne.
—La misma.
—Soy Iñaki, el responsable del departamento. Bienvenida.
Los nervios empezaron a desaparecer casi al instante. El ambiente era mucho más cercano de lo que esperaba. Todo el mundo saludaba al cruzarse, las puertas permanecían abiertas y el café parecía ser el verdadero motor del club.
Durante la siguiente hora le enseñaron las oficinas, los estudios donde grababan contenido para redes, la sala de edición y las zonas a las que tendría acceso durante los entrenamientos.
—Aquí tienes bastante libertad —le explicó Iñaki mientras caminaban hacia los campos—. Nos gusta enseñar el lado más humano de los jugadores. Siempre con respeto, claro.
Edurne sonrió.
—Es justo lo que más me gusta.
—Eso sí... algunos colaboran más que otros.
Ella arqueó una ceja.
—¿Quién me va a dar problemas?
Iñaki soltó una carcajada.
—Ya lo descubrirás.
(...)
El entrenamiento acababa de terminar. Los jugadores empezaban a salir del campo entre bromas y botellas de agua vacías. Algunos saludaban a los trabajadores del club como si fueran de la familia. Otros iban directos al gimnasio.
Edurne levantó la cámara por pura costumbre.
Primera foto.
Segunda.
Una de Kubo riéndose con Barrenetxea.
Otra de Remiro quitándole una gorra a Aritz mientras este protestaba exageradamente.
Perfectas.
—¿La nueva?
Edurne bajó la cámara. Alex Remiro le tendía la mano con una sonrisa de esas que inspiraban poca confianza.
—Sí.
—Alex.
—Lo sé.
—Bueno, eso duele un poco.
Ella rio.
—Perdón. Soy Edurne.
En cuestión de dos minutos ya estaban hablando como si se conocieran de toda la vida.
—No les hagas mucho caso —dijo Remiro señalando al resto del equipo—. Parecen normales hasta que cogen confianza.
—¿Y tú?
—Yo nunca he sido normal.
—Eso ya lo había supuesto.
—¡Oye!
—¿Qué? ¿Era un cumplido?
Aritz apareció por detrás dándole una palmada a Remiro.
—No te acostumbres. Este se hace amigo de todo el mundo.
—Es parte de mi encanto.
—Es parte de que eres un pesado.
Los tres rieron. Edurne empezaba a relajarse. Hasta que levantó la vista. Un jugador salía del gimnasio con la mochila al hombro. Saludó a un empleado, recogió unas botas que habían dejado junto a la puerta y caminó hacia el campo sin mirar el móvil ni distraerse un segundo.
—Ese sí que parece serio.
Remiro siguió su mirada.
—Ah.
Aritz sonrió de lado.
—El capitán.
Edurne asintió. Claro que sabía quién era. Todo el mundo en Gipuzkoa sabía quién era Mikel Oyarzabal. No pensaba acercarse. Bastante tenía con aprenderse los nombres de medio club. Pero justo cuando volvió a levantar la cámara, él pasó por delante.
Click.
El sonido del obturador rompió el silencio. Mikel giró la cabeza. Durante apenas dos segundos sus miradas se cruzaron. Él frunció ligeramente el ceño. Edurne sonrió por educación. No obtuvo respuesta. Simplemente siguió caminando.
—Vaya simpático... —murmuró ella.
—No te preocupes —respondió Remiro conteniendo la risa—. Es así.
—¿Así cómo?
—Capitán.
—Eso no explica nada.
Aritz negó con la cabeza.
—Ya lo hará.
Edurne observó cómo desaparecía por el túnel. Qué tipo más raro.
No sabía que aquella iba a ser la primera de muchas veces que pensaría exactamente lo mismo. Y tampoco sabía que, unos días después, iba a discutir con él delante de medio equipo. Ni que esos mismos compañeros iban a convertir aquello en su entretenimiento favorito.
YOU ARE READING
Con mal pie - Mikel Oyarzabal
FanfictionEdurne Zubia siempre había soñado con trabajar en la Real Sociedad. Nacida y criada en Donostia, había crecido entre bufandas txuri-urdin, tardes en Anoeta y la ilusión de formar parte, algún día, del club que tanto significaba para ella. Cuando le...
