capitulo 1 : HUELLAS DE SANGRE

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La lluvia no limpiaba nada en Konoha.

Era una de esas noches de noviembre donde el agua caía en diagonal, empujada por vientos que silbaban entre los edificios de madera y ladrillo del distrito comercial. La temperatura había caído lo suficiente como para que la respiración se condensara en nubes blancas, pero no lo suficiente para que el frío entumeciera el dolor. Eso vendría después, si es que llegaba.

Naruto Namikaze —aunque nadie usaba ese segundo nombre en voz alta, ni siquiera él mismo— tenía siete años, tres meses y doce días. Lo sabía porque contaba cada amanecer con marcas diminutas en la pared de su armario, la única superficie privada que poseía en el apartamento que el Tercer Hokage le había asignado. No era una casa, realmente. Era una celda con cocina.

Esa noche, había intentado comprar comida.

El dinero que el viejo Hokage le dejaba cada mes —una cantidad modesta pero suficiente— había desaparecido de su escondite habitual bajo el colchón. No fue difícil deducir quién lo había tomado. Los aldeanos del distrito oeste, los mismos que le vendían leche agria y pan con moho a precios inflados, siempre encontraban formas nuevas de exprimirlo. Esa tarde, el tendero Matsuda había sonreído con sus dientes amarillos mientras embolsaba provisiones podridas, cobrando el triple por el privilegio de alimentar al "demonio".

Naruto había soportado. Siempre soportaba.

Pero esa noche, con el estómago retorciéndose de hambre después de dos días sin comer nada sólido, había cometido el error de intentar robar una manzana del puesto de frutas de la señora Tanaka.

No era una manzana especial. Estaba abollada, con manchas marrones en un lado, destinada probablemente al cerdo de algún campesino. Pero para Naruto, era salvación. Su mano pequeña, cubierta de cicatrices viejas y moretones frescos, se había cerrado alrededor del fruto cuando una sombra más grande que la suya lo envolvió.

"Te encontré, maldito."

La voz de Jirō Matsuda —hijo del tendero, apodado "el Toro" por su estatura y su ausencia total de inteligencia— resonó en el callejón oscuro donde Naruto había intentado esconderse. El chico se tensó, sintiendo cómo el instinto de supervivencia —ese que había desarrollado desde que tenía memoria— le gritaba que corriera.

Demasiado tarde.

El primer golpe fue un empujón contra la pared de ladrillo. Naruto sintió el aire abandonar sus pulmones en un jadeo seco, el impacto contra sus omóplatos enviando ondas de dolor por su columna. La manzana rodó por el suelo mojado, olvidada.

"Mi padre dice que eres un parásito," gruñó Jirō, acercándose. Tenía dieciséis años y sesenta kilos de músculo mal distribuido. "Que vives gratis en nuestras calles, comiendo nuestra comida, respirando nuestro aire."

Naruto intentó escabullirse, pero una mano grande atrapó su cuello, levantándolo hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo. Tosió, arañando los dedos que lo estrangulaban, viendo estrellas en el borde de su visión.

"Por eso," continuó Jirō, con aliento a alcohol barato, "tenemos que enseñarte modales. Enseñarte tu lugar."

Lo dejaron caer.

Naruto intentó rodar, intentó protegerse, pero los pies —primero uno, luego el otro, luego ambos al mismo tiempo— impactaron contra sus costillas con la fuerza de un martillo neumático. Sintió algo crujir. No supo si era hueso o cartílago, pero el dolor fue blanco, cegador, absoluto.

"¡Demonio!" gritó alguien desde la oscuridad. Había más. Siempre había más.

Cuatro figuras emergieron de las sombras, borrosas a través de las lágrimas que Naruto no permitiría que cayeran. No lloraría. No les daría eso. Pero el dolor... el dolor era imposible de contener.

EL ALFA DEL BOSQUE Y LA PRINCESA ORGULLOSAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora