Saturno — Pablo Alborán
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—Haaland.
Nunca le habían gustado los aviones.
No porque les tuviera miedo, de hecho, si alguien le preguntaba probablemente respondería que le parecían fascinantes. Había algo casi irreal en la idea de atravesar el cielo dentro de una enorme estructura de metal, dejando atrás ciudades enteras hasta convertirlas en simples puntos de luz.
Lo que realmente le incomodaba era todo lo que un avión significaba. Nadie se subía a uno para quedarse. Siempre implicaba una despedida, un cambio o una decisión de esas que ya no podían deshacerse.
Por eso seguía despierto.
Mientras la mayoría de los pasajeros descansaba con la cabeza apoyada en la ventanilla o sobre incómodas almohadas de viaje, Haaland mantenía la mirada perdida entre las nubes. El reflejo del cristal apenas le devolvía la imagen de un chico de veinte años que intentaba convencerse de que estaba tranquilo, aunque llevaba más de una hora jugando distraídamente con el cierre de su sudadera. Era un mal hábito que aparecía cada vez que sobrepensaba las cosas.
Y por desgracia, sobrepensar era casi un deporte para él.
Todavía le costaba creer que realmente hubiera aceptado aquella beca de intercambio. Todo había ocurrido demasiado rápido. Un correo inesperado, una entrevista, una llamada y, antes de que pudiera detenerse a imaginar todo lo que implicaba dejar Noruega durante un año, ya había enviado un "acepto" que cambiaría por completo el rumbo de su vida.
Lo curioso era que decidir le había tomado menos de cinco minutos.
Arrepentirse... Bueno, eso le había ocupado todo el vuelo.
¿Y si no encajo?
La pregunta apareció en su cabeza por enésima vez.
Soltó una risa baja, apenas audible.
Algunas personas pensaban que alguien alto, deportista y con facilidad para hablar debía sentirse seguro en cualquier lugar. Ojalá fuera tan sencillo. La realidad era otra. Haaland siempre había sido bueno iniciando conversaciones, pero terrible sintiendo que pertenecía a un sitio. Necesitaba tiempo. Mucho tiempo. Y la idea de empezar desde cero en un país donde no conocía absolutamente a nadie hacía que el pecho se le sintiera un poco más pesado de lo normal.
Apoyó nuevamente la frente contra el cristal.
Las luces de la cabina estaban casi apagadas. Solo se escuchaba el murmullo constante de los motores y, de vez en cuando, el sonido de alguna página al pasar o el llanto lejano de un bebé que parecía negarse a dormir. Era extraño cómo un lugar lleno de personas podía sentirse tan silencioso.
Pensó en sus padres.
Su madre había intentado sonreír hasta el último momento, acomodándole el cuello de la chaqueta como si todavía tuviera diez años. Su padre, en cambio, simplemente le había dado un abrazo antes de decirle que aprovechara cada oportunidad que encontrara. No era un hombre de grandes discursos, pero nunca los había necesitado. A veces un abrazo decía mucho más que cualquier consejo.
Haaland cerró los ojos un instante.
Los iba a extrañar.
Más de lo que habría sido capaz de admitir frente a ellos.
Porque despedirse siempre había sido más fácil cuando fingía que no dolía.
Suspiró lentamente.
Quizá ese era el verdadero problema de crecer. Nadie te enseñaba cómo dejar un lugar al que llamabas hogar para empezar a construir otro completamente distinto.
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El Sonido De Encontrarte | Haalingham
FanfictionHaaland llega a Inglaterra para empezar de cero. Jude nunca imaginó que aquel estudiante noruego terminaría cambiando sus días. Hasta que una aplicación se vuelve mundialmente popular: Love Alarm Un pequeño radar capaz de detectar a las personas que...
