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El suelo de mármol del palacio de Esparta siempre ha estado helado, pero esta noche la tensión en la estancia quema tanto que casi se puede oler la madera a punto de prender.
Ahí está él. París. El 'magnífico' príncipe de Troya, el seductor de leyenda según la diosa Afrodita, el hombre por el que se suponía que yo debía perder el juicio y la corona, por favor, míralo. Apoya la espalda contra la pesada puerta de roble con la desesperación de un conejo acorralado que acaba de descubrir que la lechuga que quería robar venía con cepo incorporado. Pensaba que esa puerta le aseguraría una huida rápida hacia sus barcos. Su túnica, esa seda troyana tan fina y ostentosa, está hecha un guiñapo, y su respiración no es la de un amante apasionado, sino la de un asmático en mitad de una persecución. Qué rápido se le cayó la fachada de trofeo divino cuando entendió que la presa no era yo.
No me molesto en gritar.
¿Para qué pedir auxilio? Ni que necesitara a los guardias de Menelao para arreglar esto.
Camino hacia él con una lentitud calculada, disfrutando el sonido seco de mis sandalias sobre la piedra. El aire a nuestro alrededor empieza a vibrar, volviéndose denso, pesado, cargado de un silencio que le aplasta los tímpanos. Supongo que Afrodita le vendió una versión de mí muy edulcorada: la reina triste, la belleza indefensa, la flor delicada esperando ser cortejada. Pobrecito. Nadie le advirtió que la herencia de Zeus no es una cara bonita que sonríe en los banquetes; la herencia de mi padre es el trueno que te rompe los tímpanos antes de que te des cuenta de que te has quemado vivo.
—Pensaste que la belleza era debilidad, troyano —le digo. Mi voz no se eleva, pero retumba en las paredes con el eco sordo y sofocante de una tormenta que se aproxima.
Es casi tierno ver cómo sus dedos temblorosos intentan desenvainar la pequeña daga dorada que lleva en el cinto.
¿Una daga? Por favor.
Antes de que pueda mover la muñeca dos milímetros, condenso la presión del aire alrededor de su brazo. Su codo chasquea ligeramente cuando la atmósfera se vuelve tan densa como el plomo fundido, inmovilizándolo en una postura ridícula.
Me acerco hasta estar a escasos centímetros de su rostro. Huele a sudor rancio y al perfume de rosas con el que intentó encantarme antes.
Qué asco.
Extiendo la mano y le sostengo la barbilla usando solo dos dedos.
El resultado es instantáneo y maravilloso. La chispa dorada que me arde en las venas se transmite a su piel. El contacto no solo quema; fríe. El sonido es sordo, un siseo áspero, como el de una gota de agua cayendo sobre una plancha de hierro al rojo vivo. Su piel empieza a ampollarse, tornándose roja, luego blanca y finalmente un negro ceniza que desprende un tufo nauseabundo a carne chamuscada.
París abre la boca para gritar, pero la fuerza invisible que emana de mi linaje lo aplasta contra la puerta con un golpe seco. La madera de roble cruje y se fisura detrás de su cabeza. Aprieto el agarre de mis dedos en su mandíbula. El crujido de los huesos cediendo bajo mi presión suena glorioso en la penumbra, un crack húmedo y fragmentado, como cuando pisas una rama seca particularmente dura. Sus ojos, antes llenos de esa arrogancia juvenil tan irritante, se desorbitan por el dolor insoportable, inundados de sangre por la presión intraocular.
—Mi padre no reina con piedad, mi amor... reina con el rayo —le susurro directamente al oído, sintiendo el calor grotesco de su piel hirviendo bajo mis dedos—. Y tú no eres más que madera seca en mitad de la tormenta.
El ambiente dentro de la habitación se vuelve irrespirable. Huele a una mezcla metálica de ozono puro, sangre caliente y el vapor grotesco de su carne achicharrada. Le sostengo la mirada unos segundos más, viendo cómo el brillo de su vida se apaga entre espasmos involuntarios y burbujas de saliva sangrienta que se le escapan por la comisura de la boca destrozada.
Con un movimiento seco y despectivo de mi muñeca, libero la fuerza que lo sostiene.
El cuerpo de París cae como un saco de patatas sobre el suelo de piedra, rebotando con un sonido sordo y patético. Inmóvil. Un cadáver con el rostro parcialmente carbonizado y la mandíbula en un ángulo absurdo.
Miro hacia abajo. Genial. Una pequeña mancha de su sangre ha salpicado el bajo de mi túnica blanca. Paso la yema del pulgar por la tela, limpiando el resto de ceniza de mis dedos con una calma absoluta. Miro el cuerpo inerte del "gran seductor" que pretendía desafiar la sangre del Olimpo y respiro hondo, disfrutando el olor a ozono.
Qué pérdida de tiempo tan aburrida.
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