⚠️Advertencia: Esta historia trata temas sensibles como autolesión y la salud mental. Leer bajo riesgo propio⚠️
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La habitación estaba demasiado silenciosa. No era el silencio cómodo al que solían estar acostumbrados cuando pasaban las tardes entre risas ahogadas, apuntes tirados por el suelo y la música sonando a un volumen bajo de fondo. Era un silencio denso, espeso, de esos que hacen que el aire pese el doble en los pulmones y que cualquier sonido cotidiano -el crujir de la madera, el zumbido lejano del tráfico- suene a una amenaza constante.
Joe fue el primero en notar que algo andaba terriblemente mal. Había entrado a la habitación buscando un bolígrafo para terminar un trabajo y se había quedado petrificado junto al escritorio. Las palabras, las pocas bromas que solía tener siempre listas en la punta de la lengua, se le habían desvanecido por completo, atorándosele en la garganta como cristales rotos.
Al fondo, apoyada contra la pared con una falsa tranquilidad que no engañaba ni al más tonto, estaba Mitsuki. Y sobre la madera, o más bien ocultándose de forma torpe y desesperada bajo un cuaderno abierto al azar, yacía lo que ninguno de los dos quería ver jamás.
El brillo frío y metálico de un secreto que ya no cabía bajo la alfombra. Las marcas recientes, los bordes rojos, la evidencia irrefutable de que el dolor de Mitsuki llevaba demasiado tiempo desangrándose en privado.
-Mitsuki... -la voz de Aya se quebró apenas cruzó el umbral de la puerta.
Aya se había detenido en seco, con los ojos abiertos de par en par, negándose a procesar lo que sus propias retinas le estaban gritando. Su mente se había quedado en blanco, bloqueada por una mezcla de terror absoluto y una culpa punzante que le recorrió la columna vertebral de golpe.
El aire pareció congelarse en el espacio de un segundo. Mitsuki, al verse descubierta, dio un paso atrás de forma mecánica, intentando apartar la mano con una torpeza desesperada. Tiró instintivamente de la manga de su suéter, una prenda demasiado grande que le quedaba floja en las muñecas, estirando la tela blanca hasta el límite en un intento patético por borrar lo inevitable.
-No es... no es nada, chicos. Solo estaba... se me resbaló algo, fue un accidente -balbuceó, con un hilo de voz tembloroso, intentando forzar una sonrisa que le temblaba penosamente en los labios, pidiendo a gritos que la tierra se la tragara.
Pero nadie se movió. El tiempo parecía haberse detenido para todos.
Joe dio un paso al frente con el rostro completamente pálido. La furia, la impotencia y el miedo se cruzaron en su mirada de una manera tan cruda que a Mitsuki se le encogió el estómago.
-¿Un maldito accidente dices...? -masculló Joe, pasando una mano temblorosa por su cabello, conteniéndose para no estallar-. ¿Cuántas veces, Mitsuki? ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto a nuestras espaldas, sola, sin decir una sola palabra?
Aya avanzó un paso, pero sus piernas temblaban tanto que apenas y podía sostener su propio peso. Tenía las manos hechas puños a los costados, con las uñas clavándosele en las palmas hasta hacerle daño. En ese maldito instante, la falta de comunicación entre ellos -ese muro invisible de silencio, de no querer agobiar al otro, de tragarse los propios demonios para "no ser una carga"- les estallaba en la cara de la peor manera posible.
Se miraron los tres, atrapados en esa atmósfera asfixiante, sabiendo que las cosas jamás volverían a ser iguales.
El silencio que siguió al grito de Joe pesaba como plomo. Nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte, como si el simple sonido del aire pudiera romper el frágil equilibrio de la habitación.
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AFTERCARE | MitsuAya angst
FanfictionNadie te enseña a sostener los pedazos rotos de alguien a quien amas sin cortarte tú también en el intento. Tras descubrir un secreto que Mitsuki intentó ocultar desesperadamente, la rutina de Aya y Joe da un vuelco absoluto. Lo que empieza como u...
