I

14 2 0
                                        

El segundero del reloj de pared avanzaba con un chasquido metálico, seco, casi quirúrgico.

Tic. Tac.

A las 6:00 a.m. en punto, la alarma cortó el silencio del dormitorio.

Mike extendió la mano a ciegas y apagó el dispositivo de un golpe. Permaneció tirado en la cama durante un par de minutos, observando cómo la penumbra de la habitación era lentamente desplazada por una luz grisácea que filtraba la persiana. Respiró hondo, sintiendo la pesadez en el pecho que últimamente no lo abandonaba.

-Ah... Ya me tengo que alistar -murmuró para sí mismo, con la voz rasposa por el sueño.

Se puso de pie, avanzó hacia el armario y eligió su ropa sin poner demasiado esmero. Entró al baño, dejó que el agua fría de la ducha le secara las dudas de la cabeza y, al salir, secándose el cabello con una toalla, buscó su teléfono. Desbloqueó la pantalla y marcó el número que se sabía de memoria.

Al otro lado de la ciudad, en un apartamento envuelto en un aura de calma intermitente, el teléfono de Ela comenzó a vibrar sobre la mesa de noche. Ella abrió los ojos, estiró el brazo y contestó con la voz suave, aún sumergida en las cobijas.

-¿Hola? -respondió Ela, esbozando una sonrisa casi automática.

-Hola, amor. Ya voy saliendo -dijo Mike, sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras se terminaba de abrochar la camisa-. Te espero en el lugar de siempre.

-Tan puntual como de costumbre -sonrió ella, incorporándose despacio mientras desizaba los pies fuera de la cama-. Dame veinte minutos. Si llegas antes, no te atrevas a pedir el café sin mí.

-Te veo allá. Te quiero.

-Y yo a ti. Con cuidado en la calle, Mike. Las cosas afuera están... raras hoy.

---

Mientras Mike bajaba al garaje, encendía el motor de su camioneta y el rugido del motor retumbaba en las paredes de concreto, en la pantalla del tablero la radio se conectó automáticamente al canal de noticias. La voz del locutor sonaba alterada, ahogada por el ruido de fondo de una multitud enfurecida.

*"...repetimos, la tensión en el centro de la ciudad alcanza niveles críticos a pocas horas de que abran las mesas de votación. Manifestantes de diversos bandos han tomado las avenidas principales..."*

Mike maniobró la camioneta hacia la avenida principal. A través del parabrisas, el panorama no era alentador. Grupos de gente se agolpaban en las esquinas, gritando consignas, ondeando pancartas y encarando a las patrullas policiales. En el ambiente flotaba una densidad extraña, un presagio sordo de que algo grande y peligroso estaba a punto de romper el orden.

En la plaza central, sobre un estrado blindado rodeado de pantallas gigantes, se llevaba a cabo el último debate público de los aspirantes al poder.

Un candidato de corte tradicional tomaba el micrófono, intentando calmar a la muchedumbre sin éxito:

-¡Exijo orden! ¡Nuestra plataforma promete recuperar el comercio y la estabilidad económica sin recurrir al extremismo!

-¡Palabras vacías de un sistema obsoleto! -interrumpió una segunda contrincante, con tono firme-. La ciudad no necesita promesas, necesita un control tecnológico absoluto sobre sus recursos.

La multitud abucheaba y aclamaba de forma dividida. Sin embargo, cuando un hombre maduro, de porte impecable, rasgos asiáticos marcados y una mirada fría como el hielo avanzó hacia el frente, un silencio sobrecogedor comenzó a extenderse entre los presentes. Era Sheng Long, el empresario multimillonario cuya verdadera influencia en el bajo mundo aún nadie lograba mapear por completo.

UN MUNDO EN CAOSStories to obsess over. Discover now