El aire en el salón privado del club nocturno era denso, impregnado de una mezcla sofocante de humo de cachimba, alcohol caro y perfumes intensos. La música retumbaba al otro lado de la puerta insonorizada como un latido sordo e incesante.
Sophia llevaba toda la noche sentada a tu lado en el reservado de piel capitoné, cruzada de piernas, vistiendo un mini vestido rojo pasión que abrazaba cada curva de su cuerpo con una precisión escandalosa. Durante horas, se había comportado como la compañía perfecta: sonriendo a tus conocidos, respondiendo con gracia a las preguntas corteses y dejando que tu mano descansara de forma casual sobre su muslo desnudo.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba y las botellas de tequila se vaciaban, la conversación entre tus amigos de toda la vida se tornó más desinhibida y ruidosa. Fue en medio de ese ambiente de camaradería ebria cuando uno de ellos, riendo con estruendo tras un trago largo, soltó el comentario que cambiaría el rumbo de la madrugada.
-Vaya, T/N, de verdad que no tienes pierde -dijo tu amigo entre risas, dándote un palmazo en la espalda-. Si es que a ti no te se escapa ninguna. Desde la universidad siempre fuiste igual: no hay chica que se te atraviese y no te guste. Básicamente, te gustan todas.
La mesa estalló en carcajadas tontas. Tu amigo no lo dijo con mala intención, era simplemente la típica bravuconada sin filtro de bar. Pero la reacción no tardó en manifestarse.
A tu lado, la mano de Sophia que sostenía la copa de copa de cristal se congeló en el aire. No se rió. No hizo ningún gesto brusco. Pero sentiste instantáneamente cómo el muslo sobre el que descansaba tu mano se tensó de forma férrea. El calor que emanaba de ella se transformó en una helada rigidez en cuestión de segundos. Sus ojos oscuros, finos y afilados como dagas, se fijaron en ti durante un segundo eternamente largo antes de volverse hacia la mesa con una sonrisa fría que no le llegó a la mirada.
Diez minutos después, Sophia se levantó de la mesa sin decir una sola palabra. No pidió una bebida, no dijo que iba al baño. Simplemente caminó hacia la salida del local con pasos firmes, el tintineo de sus tacones marcando una sentencia implacable sobre el suelo.
Tuviste que disculparte a toda prisa con tus amigos, pagar la cuenta y salir corriendo detrás de ella a la llovizna helada de la madrugada. El trayecto en taxi hasta el departamento fue un suplicio de silencio ahogado. Sophia permaneció pegada a la ventanilla, mirando las luces desenfocadas de la ciudad con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, emanando un aura de furia tan violenta que el propio conductor no se atrevió a poner la radio.
Al cruzar la puerta del departamento, el chasquido de la cerradura al cerrarse detonó la bomba.
Sophia ni siquiera se molestó en quitarse los tacones. Se giró de golpe en el recibidor, tirando su bolso de mano sobre la mesa auxiliar con un golpe seco que resonó en todo el piso. Su rostro, iluminado apenas por la luz tenue del pasillo, era una máscara de enojo e indignación.
-¿Así que te gustan todas? -soltó Sophia. Su voz era baja, rasposa, cargada de un veneno puro que cortaba el aire-. ¿Eso es lo que soy para ti, T/N? ¿Solo una más en tu catálogo interminable de chicas? ¿Una integrante más de la lista de las que te gustan?
-Sophia, por favor, estabas ahí, sabes cómo son mis amigos cuando beben... -intentaste avanzar hacia ella, levantando las manos en tono pacificador-. Fue un chiste estúpido, un comentario sin pensar. Sabes perfectamente que para mí no hay nadie más.
-¡No te atrevas a minimizarlo! -exclamó ella, dando un paso firme hacia ti, clavándote un dedo en el pecho con fuerza-. Me dio una vergüenza absoluta. Sentarme allí, haber dejado mi agenda de lado para estar contigo, para que tus amigos hablen de ti como si fueras un coleccionista y tú te quedes ahí parado sonriendo como un idiota, sin desmentirlo.
-No me reí, Sophia, simplemente me quedé paralizado porque sabía cómo te ibas a poner -respondiste, sintiendo cómo la frustración también empezaba a subirte por la garganta.
-¿Cómo me iba a poner? -repitió ella con una risa amarga y desafiante-. Me pongo así porque me da rabia haberte dado todo de mí si al final piensas que cualquier otra mujer puede darte lo mismo. Si de verdad te gustan todas, T/N, entonces tienes un problema muy grave esta noche. Porque solo me tienes a mí enfrente. Y voy a hacer que se te olvide la existencia de cualquier otra mujer en este maldito planeta.
Antes de que pudieras articular otra palabra, Sophia recortó la distancia entre los dos, te agarró por el cuello de la camisa con una fuerza sorprendente y te estampó la boca contra la suya.
No fue un beso tierno ni una petición de disculpas. Fue una agresión sensual, un choque violento de labios y dientes alimentado por la rabia, los celos y un orgullo profundamente herido. Sophia te mordió el labio inferior con la suficiente firmeza como para sacarte un ahogo, metiendo su lengua con ferocidad, reclamando cada rincón de tu boca con una posesividad salvaje.
T/N reaccionó rodeándole la cintura con firmeza, pegando el cuerpo de ella contra el tuyo. Sentiste la calidez abrasadora de su piel a través de la seda del vestido. El enojo de Sophia no estaba apagando el deseo; lo estaba convirtiendo en un volcán a punto de erupcionar.
-Mírame -ordenó ella entre jadeos bruscos, separando su boca apenas un milímetro de la tuya, con el aliento agitado golpeándote el rostro-. Mírame a los ojos y dime si hay alguna otra que pueda hacerte sentir lo que yo te hago sentir. Dímelo.
-No hay nadie más, Sophia... Mierda, eres la única -lograste jadear, apretando tus dedos contra sus caderas.
-Demuéstralo -sentenció ella.
Sophia te empujó hacia atrás hasta que tus piernas chocaron contra el borde del sofá del salón. Sin darte tiempo a reponerte, te obligó a sentarte y se montó a horcajadas sobre tu regazo. Sus manos subieron torpemente hacia los botones de tu camisa, arrancando los dos primeros en su afán por sentir el contacto directo de su piel contra la tuya.
El ambiente se volvió sofocante en cuestión de segundos. El enojo en la mirada de Sophia se mezclaba ahora con una lujuria oscura y dominante. Te tomó de la nuca, obligándote a mirar cómo bajaba lentamente las tiras finas de su vestido rojo, dejando al descubierto sus senos erguidos, firmes y sonrosados por la excitación y la rabia.
-Vas a mirarme durante todo el tiempo -susurró ella, con la voz volviéndose cada vez más rasposa y entrecortada-. Quiero que te quede grabado en el cerebro quién es la única mujer que te domina.
T/N no pudo contenerse más. Tus manos subieron directamente a moldear la firmeza de sus pechos, apretando la carne suave mientras tus pulgares acariciaban sus pezones endurecidos. Sophia soltó un gemido agudo, un «Ah... Mmh» visceral que se le escapó entre los dientes apretados mientras echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo la curva de su cuello blanco.
-Ah... eso es... aprieta más... -jadeó Sophia, clavando sus uñas en tus hombros-. Quiero que sientas lo que es mío... solo mío...
Sin perder un segundo, metiste las manos por debajo del dobladillo de su vestido subiéndolo hasta su cintura. Sophia no llevaba ropa interior; había planeado la noche para ti desde el principio, lo que hacía que su enojo previo fuera aún más comprensible. La humedad que emanaba de su centro era evidente, caliente y resbaladiza al tacto de tus dedos.
Cuando deslizaste dos de tus dedos entre sus pliegues impregnados de deseo, Sophia soltó un grito ahogado, un «¡Ah! T/N...» que resonó en las paredes vacías del departamento. Su cuerpo dio un brinco sobre tu regazo y comenzó a mover las caderas en un vaivén desesperado contra tu mano.
-Maldita sea... mira cómo me pones... -protestó ella entre respiraciones entrecortadas, con las mejillas encendidas en un rubor violento-. Tanto hablar de las demás... y eres tú el que no puede respirar cuando me ves así...
T/N desabrochó su propio pantalón con urgencia, liberando su miembro erguido y pulsante, que rozó directamente la entrada húmeda de Sophia. Ella no esperó a que la guiaras. Se agarró con fuerza de tus brazos, se elevó ligeramente sobre tu regazo y se dejó caer de golpe, tomándote por completo en una sola estocada profunda e implacable.
-¡Aahhh! -el alarido de éxtasis de Sophia fue tan agudo que tuvo que enterrar el rostro en tu cuello para sofocarlo.
Las paredes internas de su sexo te apretaron con una fuerza descomunal, caliente y pulsante, adaptándose a tu tamaño mientras los dos se quedaban inmóviles por un segundo, asimilando el impacto de la unión. T/N dejó escapar un gruñido gutural, tomándola de las nalgas con fuerza para mantenerla clavada contra ti.
-Dios, Sophia... estás hirviendo... -musitaste con la voz rota por el placer.
-Cállate... -jadeó ella cerca de tu oído, mordiéndote el lóbulo con desesperación-. No hables... solo embiste... demuestra si de verdad te gustan todas o si solo puedes con esta...
Sophia empezó a marcar un ritmo rápido, voraz y castigador desde arriba. Se elevaba hasta casi salir de ti solo para dejarse caer con fuerza, haciendo que el impacto de sus pelvis generara un chasquido húmedo y constante que llenó la habitación. Cada bajada sacaba de su garganta gemidos descontrolados, una cadena ininterrumpida de «Ah... ah... ¡sí!... ¡ahí, T/N!...» que te volvía completamente loco.
T/N tomó el control de la situación. Te impulsaste desde el sofá, agarrándola con firmeza por las muslos y girando el cuerpo de ambos hasta tumbarla de espaldas sobre la alfombra gruesa del salón. Sophia abrió las piernas por completo, rodeando tu cintura con sus muslos y apretándote hacia adentro con una avidez salvaje.
Comenzaste a embestirla con fuerza desde arriba, buscando la profundidad máxima en cada penetración. El ritmo era agresivo, dominado por el choque de pasiones y el enojo no resuelto que mutaba en un placer casi doloroso.
-¡Ah! ¡T/N! ¡Más fuerte! -gritó Sophia, perdiendo por completo la compostura. Sus manos buscaban desesperadamente dónde agarrarse, apretando la tela de la alfombra, arañándote la espalda, dejándote marcas rojas como testimonio de su entrega-. ¡Dime de quién eres! ¡Dícelo a tu boca!
-Tuyo... Sophia... soy solo tuyo, maldita sea... -articulaste entre embestidas rápidas y pesadas, sintiendo cómo el sudor de tu frente goteaba sobre el pecho desnudo de ella.
-¡Eso!... ¡Dilo otra vez!... ¡Ah, ah, ah! -los gemidos de Sophia se convirtieron en un llanto de placer sin filtro. Ya no quedaba rastro de la chica elegante del club; era una mujer entregada al frenesí carnal, con los ojos entreabiertos y brillantes, la boca abierta buscando aire y el cuerpo temblando ante cada choque.
La fricción era tan intensa que el calor en el punto de encuentro parecía quemar a ambos. T/N cambió el ángulo de sus estocadas, rozando el punto más sensible en el interior de Sophia. El cambio fue devastador. Sophia ahogó un grito, arqueando la espalda por completo de la alfombra, con los músculos de su abdomen contrayéndose violentamente.
-¡No!... ¡Ahí no!... ¡Me voy a romper, T/N!... ¡Aahhh! -suplicó ella, intentando contener un orgasmo que ya era inevitable.
-No te contengas, Sophia... mírame mientras te corres... -ordenaste, acelerando el ritmo al máximo, embistiéndola sin piedad, sintiendo cómo las paredes de su sexo comenzaban a convulsionar a tu alrededor.
Sophia abrió los ojos de par en par, clavando su mirada cargada de lágrimas de éxtasis en la tuya.
-¡T/N! ¡Me corro! ¡Me corro contigo! -gritó desinhibida, sin importar si los vecinos escuchaban.
El clímax la alcanzó con la fuerza de una descarga eléctrica. Sophia apretó los muslos alrededor de tu cintura como un tornillo, gritando tu nombre en un alarido prolongado que se transformó en sollozos de placer puro. Sus músculos vaginales comenzaron a ordeñarte con espasmos violentos y repetitivos, apretándote con tanto calor y presión que destruyeron cualquier resto de tu autocontrol.
T/N soltó un gruñido sordo y profundo, hundiéndose hasta el fondo del cuerpo de Sophia por última vez antes de derramarse dentro de ella con varias pulsaciones ardientes e ininterrumpidas. Te dejaste caer sobre su pecho, exhausto, sintiendo cómo los dos corazones latían a un ritmo desbocado, chocando el uno contra el otro.
El silencio regresó lentamente al departamento, solo interrumpido por el sonido pesado y acelerado de sus respiraciones intentando recuperar el aire perdido.
T/N permaneció unido a ella, sintiendo cómo el cuerpo de Sophia seguía temblando ligeramente bajo el tuyo debido a los residuos del orgasmo. Sus manos, que antes te arañaban con furia, ahora subieron lentamente por tu espalda para acariciarte la nuca con una dulzura inesperada.
Poco a poco, apartaste el cabello sudoroso de la frente de Sophia. Ella te miraba desde abajo, con los labios hinchados, la piel sonrosada y una expresión en la que el enojo finalmente había sido erradicado, reemplazado por una satisfacción absoluta y posesiva.
-¿Y bien? -murmuró Sophia con la voz completamente ronca, apenas un susurro cansado que se perdió en tu cuello-. ¿Todavía te quedan ganas de pensar si te gustan todas?
T/N sonrió débilmente, inclinándose para darle un beso suave y prolongado en los labios, saboreando el resto de su propia pasión en ella.
-Te juro que después de esto... ni siquiera me acuerdo de cómo se ven las demás mujeres -respondiste con sinceridad.
Sophia dejó escapar una risita baja y victoriosa, cerrando los ojos mientras te abrazaba con más fuerza por los hombros, manteniéndote pegado a ella en medio de la penumbra del salón.
-Eso quería escuchar -susurró ella, quedándose plácidamente dormida entre tus brazos, con la certeza absoluta de haber marcado su territorio para siempre.
