Cap 1.

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La lluvia en Múnich no paraba desde la tarde.
Golpeaba los cristales del hotel con esa insistencia cansada que solo tienen las lluvias de finales de temporada, cuando el frío ya se cuela por debajo de las puertas y el aire huele a tierra mojada y a gasolina. Jude estaba sentado en el borde de la cama, todavía con la camiseta de entrenamiento puesta, los calcetines negros manchados de hierba seca en los tobillos. El móvil descansaba entre sus manos, la pantalla iluminándole la cara con esa luz azulada que hacía que sus ojos se vieran más oscuros de lo normal.

Había abierto la galería sin querer. O sí queriendo. A veces ni él mismo sabía diferenciarlo. Estaba revisando los mensajes viejos, esos que Erling le mandaba a las tres de la mañana desde Noruega o desde donde estuviera, con fotos de atardeceres y frases cortas que siempre terminaban en "te extraño". Y de repente, entre una conversación y otra, se le había escapado el dedo hacia una carpeta que no recordaba haber creado. O tal vez sí. Tal vez la había dejado ahí a propósito, esperando el momento en que ya no pudiera seguir mirando hacia otro lado.

Las fotos no eran muchas. Tres. Cuatro como mucho. Suficientes. En la primera se veía una terraza de madera, luces cálidas, el mar de fondo casi negro. Erling estaba de lado, sonriendo de esa forma que Jude conocía demasiado bien, la que usaba cuando se sentía libre. El brazo de alguien más le rodeaba la cintura. No era un abrazo de amigo. La mano se cerraba justo encima de la camiseta blanca, los dedos hundidos un poco en la tela. En la segunda foto se veía mejor el perfil del otro. Rubio también, más bajo, con una barba corta y una sonrisa fácil. La tercera era más cercana. Se distinguía la nuca de Erling y los dedos de ese tipo rozándole el pelo húmedo, como si acabaran de salir del agua o de la cama.
Las fechas estaban claras. Julio del año pasado. Cuando Jude estaba en la pretemporada con el Madrid, cuando le mandaba mensajes de "ya casi termino, en dos semanas estoy contigo" y Erling contestaba con corazones y "no veo la hora"
Jude cerró los ojos un segundo. El estómago se le había hecho un nudo que no sabía si era rabia o algo peor. Escuchó el ruido de la puerta de la habitación al abrirse. El clic suave de la cerradura, los pasos pesados sobre la alfombra. Erling siempre caminaba como si el suelo le debiera algo.
Entró con el pelo todavía mojado de la ducha, una toalla blanca colgándole del cuello y el pantalón de chándal gris que siempre usaba para dormir en los hoteles. Olía a jabón de hotel y a ese champú de menta que compraba en cualquier farmacia. Se detuvo al ver a Jude sentado ahí, tan quieto.
—¿Todo bien? —preguntó, cerrando la puerta con el codo. Jude no respondió de inmediato. Solo levantó la  vista y le mostró la pantalla del móvil, sin decir nada. Las fotos seguían ahí, iluminando el espacio entre los dos.

Erling se quedó quieto. La toalla se le resbaló un poco del hombro. Su expresión cambió tan despacio que casi parecía que no cambiaba nada, pero Jude lo conocía demasiado. La mandíbula se le tensó. Los ojos se le oscurecieron.
—¿De dónde sacaste eso?
—Da igual —contestó Jude. Su voz sonaba más baja de lo que esperaba—. Sé lo que hiciste el verano pasado.

Erling dio un paso hacia delante, pero se detuvo a mitad de camino. La habitación no era grande. Una cama king, un escritorio junto a la ventana, el minibar cerrado, la televisión apagada reflejando sus dos siluetas. Afuera seguía lloviendo.

—Jude...
—No empieces. —Jude se levantó. El móvil seguía en su mano—. Mentiste. Me dijiste que no había nadie más. Que ese verano solo estabas concentrado, que te la pasabas entrenando y viendo series. Y mira.

Señaló la pantalla otra vez, aunque Erling ya no la miraba. Miraba a Jude. O intentaba hacerlo. Sus ojos no tenían el mismo brillo de siempre. Ese brillo que aparecía cuando se veían a escondidas después de un partido, cuando se robaban un par de horas en un hotel cualquiera y se olvidaban de todo lo demás.

—No fue... no fue como crees.
—¿Entonces cómo fue? Porque las fotos no mienten. Y tú tampoco, cuando intentas mentir. Se te pone la misma cara de siempre. Esa de cuando te preguntan en las ruedas de prensa si estás contento con el resultado y la respuesta es no.
Erling se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos. La toalla cayó al suelo sin que nadie la recogiera.

—Estaba solo. Tú estabas lejos. Yo... no sé. Pasó. Y después no supe cómo decirte.
Jude dio un paso más cerca. Ahora solo los separaba un metro, tal vez menos. Podía oler el jabón en la piel de Erling, sentir el calor que todavía traía de la ducha.

—¿Cómo decirme qué? ¿Que otras manos te tocaron la piel mientras yo me volvía loco pensando en ti todas las noches? ¿Que no volviste a casa porque preferías estar con él? La última frase le salió más rota de lo que quería. Odió eso. Odió lo fácil que seguía siendo quererlo incluso ahora, con las pruebas delante y el pecho apretado.

Erling cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo cansado ahí, algo que Jude no había visto antes.
—No quiero perderte.
—Ya me estás perdiendo. Desde hace meses. Desde que volviste de ese puto verano y tus mensajes cambiaron. Desde que dejas de mirarme cuando crees que no te veo. Desde que tus manos tiemblan un poco cuando me tocas como si tuvieras miedo de que descubra algo.

Jude levantó la mano. Los dedos le rozaron la mejilla de Erling, justo donde la barba empezaba a crecer. La piel estaba caliente. Erling se inclinó hacia el contacto casi sin querer, como si el cuerpo se moviera solo.
—Sé lo que hiciste —repitió Jude, más suave ahora, casi un susurro—. Y tú también lo sabes. Los dos lo sabemos. Y aun así estoy aquí, sin poder soltarte del todo. Sin poder acercarte tampoco.
El silencio se alargó. Solo se oía la lluvia y la respiración de los dos. Erling tragó saliva. Su voz salió ronca cuando habló.
—Estuve con él tres noches. En un hotel cerca de la playa. Bebimos demasiado. Pasó lo que pasó. Después me arrepentí. Cada puto día. Pero no supe cómo volver atrás sin destrozarlo todo.
Jude asintió despacio. Ya se lo había imaginado mil veces en la cabeza, con más o menos detalles, siempre con el mismo final.
—Y ahora estamos aquí —dijo—. Tú no puedes dejarme ir. Yo no puedo abrazarte sin sentir que hay alguien más entre nosotros.

Se quedaron así un rato largo. Jude con la mano todavía en la mejilla de Erling. Erling con los hombros caídos, como si de pronto todo el peso del mundo se le hubiera puesto encima. Ninguno se movió para acercarse del todo. Ninguno se apartó. Solo se miraban, sabiendo exactamente lo que el otro había hecho y lo que ninguno de los dos era capaz de soltar.

Afuera, la lluvia seguía cayendo igual de constante. Dentro, el aire se había vuelto más denso, más pesado, lleno de cosas que todavía no se habían dicho del todo.

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