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cap 1.

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El flash de las cámaras no te ciega cuando te acostumbras a él; solo se convierte en un zumbido blanco.

Ajusté el dobladillo de mi vestido mientras el espejo del camerino me devolvía la imagen de una estrella de la música perfectamente construida. Labios rojos, postura impecable y una sonrisa ensayada que podía engañar a cualquiera. Salvo a mí misma.

—Tres minutos para entrar al auditorio, Kylie —avisó mi mánager desde la puerta, revisando el cronograma en su iPad—. Recuerda: sonrisas amables, nada de declaraciones polémicas y, si la prensa pregunta por la lista de invitados, ignóralo.

No tuve que preguntar a qué se refería. Sabía exactamente quién más estaba en esa lista.

Malia Baker.

Solo escuchar su nombre en mi mente tenía el poder de agriarme la boca. Habían pasado tres años desde la preparatoria, tres años desde la noche en que la encontré a ella —mi mejor amiga, la persona en la que ponía las manos al fuego— besando al imbécil de mi novio en la esquina más oscura de una fiesta de fin de curso. Sin explicaciones. Sin disculpas. Solo un silencio cobarde que yo transformé en lo único que me salvó la vida: mi música.

Cada éxito en las listas, cada letra cargada de rabia y desamor llevaba la huella digital de esa traición. El público creía que le cantaba a un mal amor de la adolescencia, pero la verdad era otra: la cicatriz no me la había dejado él. Me la había dejado ella.

—Estoy lista —dije poniéndome de pie y ajustando mi postura.

El pasillo hacia el auditorio principal era un caos de diseñadores, estilistas y seguridad. Los murmullos se apagaron por un segundo cuando crucé la puerta doble hacia la zona de mesas principales. A lo lejos, la vi.

Malia llevaba un vestido elegante que la hacía ver ridículamente madura, conversando con un grupo de directores. Parecía tranquila. Tan perfecta, tan intocable como siempre en su faceta de actriz consagrada. Apreté los nudillos a los lados de mi cuerpo. La rabia, helada y conocida, volvió a instalarse en mi pecho.

Un acomodador de la gala se me acercó con una sonrisa nerviosa.

—Por aquí, señorita Cantrall. Su mesa es la número cuatro.

Caminé con la barbilla en alto, manteniendo el ritmo de mis tacones. Pero al llegar a la mesa redonda, mis pies se congelaron sutilmente.

Había dos tarjetas de asignación juntas.

En la primera se leía Kylie Cantrall.
En la de al lado: Malia Baker.

Solté una risa ahogada, casi inaudible. Me senté en mi lugar justo cuando las luces del auditorio comenzaron a atenuarse. Segundos después, sentí una fragancia familiar. Jazmín y vainilla. La misma esencia que solía inundar mi habitación cuando nos quedábamos a dormir juntas los fines de semana.

Malia se acomodó en la silla de al lado con una elegancia natural. Ajustó su vestido, soltó un pequeño suspiro y, como si fuera el día más normal del mundo, se giró hacia mí. Su rostro no tenía un solo rastro de incomodidad; solo una amabilidad tibia que me revolvió el estómago.

—Te ves increíble, Ky —murmuró con una sonrisa dulce—. Me alegra mucho verte aquí. Tu último sencillo está en todas partes, te lo mereces.

Se me congeló la sangre. El tono era tan cotidiano, que por un segundo sentí que retrocedía tres años en el tiempo. La compostura que tanto me había costado construir casi se desmoronó ante semejante descaro.

¿"Ky"? ¿En serio me estaba llamando por mi apodo como si jamás me hubiera roto el corazón?

Apreté la mandíbula, manteniendo la vista fija en el escenario. No le di el gusto de mirarla.

—No me llames así, Baker —respondí con la voz hecha hielo, tan baja que solo ella podía escucharme—. Y ahórrate la actuación. No hay cámaras enfocando esta mesa ahora mismo.

Malia no se echó hacia atrás. Ni siquiera se molestó. Simplemente me miró de lado, con esa paciencia exasperante que a mí siempre me había sacado de quicio.

—No estoy actuando —dijo, inclinándose apenas un par de centímetros hacia mí—. Sé que me odias. Tienes todo el derecho. Pero de verdad me alegro de que estés brillando... aunque sea escribiendo canciones sobre mí.

Apreté los puños debajo de la mantelería. Su cinismo estaba traspasando todos mis límites.
Antes de que pudiera soltarle el veneno que se me acumulaba en la lengua, los focos principales del auditorio se apagaron por completo. El presentador anunció la primera categoría, sumergiendo a las mesas en la penumbra.

Fue ahí donde sentí el roce de su mano sobre la manga de mi vestido. El contacto me quemó.
Aparté el brazo de un tirón seco, sin quitar la vista de la pantalla gigante. Me sentía al borde del colapso.

—No me toques. Bastante tengo con tener que respirar el mismo aire que tú durante tres horas.

—Sigues usando el mismo tono de voz cuando te enojas —murmuró Malia, apoyando los codos sobre la mesa. En su voz ya no había amabilidad ensayada, sino una desesperación contenida—. Siempre creí que con el tiempo se te pasaría la rabia, o que al menos escucharías mi versión. Pero no lo hiciste. Simplemente me borraste.

—¿Tu versión? —Solté una risa amarga. Por fin me giré para mirarla a los ojos, protegidas por la oscuridad de la sala—. ¿Qué versión hay, Malia? Te vi. Nadie me lo contó. No fue un rumor de pasillo. Te vi besando a mi novio en esa maldita fiesta después de que me pasé semanas escuchándote hablar de lo mucho que me gustaba.

Sintiendo la garganta apretada, tragué saliva con fuerza. No iba a llorar frente a ella.

—Fuiste mi mejor amiga —añadí en un hilo de voz—. Y me traicionaste por un chico que ni siquiera te importaba.

Malia me sostuvo la mirada. Por primera vez en la noche, su fachada se resquebrajó del todo. Había dolor en sus ojos, pero también una determinación fría.

—Tienes razón en algo —dijo, inclinándose hacia mí hasta que la distancia entre nuestros rostros fue casi nula—. Él no me importaba. Ni un poco.

—Entonces eres peor de lo que pensaba —contesté, lista para ponerme de pie e inventar cualquier excusa para huir de esa mesa.

Pero antes de que pudiera moverme, Malia me atrapó la muñeca por debajo de la mesa. Su agarre no era fuerte, pero sí lo suficientemente firme para detenerme.

—Lo besé porque se besaba con cualquiera a tus espaldas y tú estabas demasiado ciega para darte cuenta —soltó de golpe, con la voz temblando por la prisa—. Lo besé en esa fiesta porque sabía que si venía y te lo decía con palabras, lo ibas a defender y me ibas a decir que estaba loca. Necesitaba que lo vieras con tus propios ojos, que vieras lo poco que le importabas para que abrieras los ojos de una vez por todas... aunque eso significara destruirme a mí en el proceso.

Me quedé helada. El aire se me escapó de los pulmones.

—Y lo besé —bajó la voz a un murmullo que me rozó la oreja, haciéndome erizar la piel por completo— porque me estaba muriendo de celos. De celos de que tocaras a alguien que no fuera yo.

El tiempo se detuvo. Las luces del escenario volvieron a encenderse para presentar el siguiente número, iluminando de lleno la mesa. Pero yo ya no podía ver el escenario. Solo podía ver a Malia, que no apartó la mirada de la mía ni un solo milímetro.

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⏰ Last updated: Aug 04 ⏰

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