PRÓLOGO

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La guerra no llega como las canciones dicen que llega. No hay estandartes dorados ondeando al viento, ni caballeros de armadura reluciente cabalgando hacia la gloria. La guerra llega como el hedor de un río que ya no puede llevarse los cadáveres, como el silencio de las gallinas que ya nadie tiene, como el llanto de una madre que ha dejado de tener lágrimas.

O al menos no, para el pueblo llano.

Yo tenía diecisiete años cuando la guerra llegó a Septo de Piedra, y antes de que llegara, ya la había visto pasar. La había visto en los carros llenos de heridos que bajaban del sur, en los soldados que mendigaban pan en la plaza del mercado, en los rumores que corrían de taberna en taberna sobre un joven señor que se había alzado contra el Rey Loco. Decían que tenía la fuerza de diez hombres y la furia de un dios de la guerra. Decían muchas cosas. Los campesinos siempre decimos muchas cosas sobre los señores, porque son lo único que nos queda para llenar la imaginación.

Los rebeldes habían perdido en Vado Ceniza. Eso lo supimos antes de verlos, por los primeros hombres que llegaron cojeando al pueblo, con las armaduras abolladas y la mirada de quien ha visto morir a demasiados amigos en una sola tarde. Decían que su señor había resistido cuatro cargas él solo, que había caído herido en la quinta, y que sus hombres lo habían sacado del campo a rastras antes de que los estandartes del rey terminaran de aplastarlos. Septo de Piedra se convirtió, de la noche a la mañana, en un lugar donde cientos de soldados derrotados buscaban dónde esconderse.

Fue mi padre quien lo trajo.

Recuerdo el momento exacto: la puerta de la posada abriéndose de golpe, y mi padre —siempre tan cauteloso, tan desconfiado de los forasteros— sosteniendo casi con reverencia a un hombre el doble de grande que él, un brazo del gigante sobre sus hombros, la otra mano apretando una herida en el costado que ya había teñido de rojo media tunica. Dos de sus hombres lo cargaban entre susurros urgentes, mirando por encima del hombro como si esperaran ver los estandartes reales asomando en cualquier esquina. No supimos su nombre esa noche. Solo supimos que llevaba una bolsa de monedas de plata que uno de sus hombres puso en la mesa sin decir palabra, y que mi padre, que jamás en su vida había tenido tanta plata junta, las miró como si fueran una señal de los dioses.

—Es un señor —me dijo esa noche, cuando ya habíamos acostado al hombre en el único catre decente que teníamos—. No sé de qué casa, pero es un señor. Se le nota en el porte, aunque esté medio muerto. Escóndelo bien, cuídalo, y que nadie en el pueblo sepa que está aquí.

No le importó de qué lado de la guerra estuviera. Ojalá pudiera decir que fue por bondad que lo recibimos, pero mentiría. Fue por las monedas, y por el miedo de que negarle refugio a un hombre así —fuera quien fuera— nos trajera algo peor que la pobreza.

—Cuídalo —me ordenó mi padre—. Cámbiale los vendajes, dale de comer, no lo dejes morirse en mi posada. Y no le preguntes su nombre. Cuanto menos sepamos, mejor para todos.

Así que lo cuidé, sin nombre, como una sombra grande y herida que ocupaba el único catre de la casa.

Los primeros días apenas hablaba, perdido en la fiebre, murmurando cosas que yo no entendía del todo —un nombre de mujer que repetía como una plegaria, y otras veces solo maldiciones dirigidas al príncipe Rhaegar o a los dioses mismos por haberlo herido tan cerca de la victoria que él aseguraba haber tenido en las manos—. Le limpié la sangre de las vendas, le puse paños de agua fría en la frente, le di caldo cuando pudo tragar sin ahogarse. No era la primera vez que cuidaba a un herido; en tiempos de guerra, toda mujer del pueblo aprende medicina a la fuerza. Pero nunca había cuidado a nadie como él.

Era enorme, ya lo he dicho, con hombros que parecían tallados para cargar el mundo entero, y una cabellera negra que le daba un aire feroz incluso dormido. Pero cuando despertó del todo, cuando la fiebre bajó y sus ojos azules se abrieron y me encontraron sentada junto a él con un paño en la mano, no vi ninguna ferocidad. Vi una sonrisa torcida, casi avergonzada, y lo primero que me dijo fue:

Nuestra es la furiaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora