Capítulo I - El día en el que la tierra tembló

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"Es solo contratiempo", es lo que pensamos a veces de algo que termina cambiando nuestras vidas. En un pequeño pueblo al sur del mundo, en los años dos mil... ese fue el caso de un niño de corta estatura y dos redondos mechones de cabello erguidos sobre su coronilla, al que todos llamaban B. Creció como cualquier otro, con errores y logros propios de su edad, que apenas llegaba a tener más de una cifra. Cada mañana, recorría a pie el camino desde la entrada de su escuela hasta el salón donde otro día normal en la primaria tomaría lugar, pero él, buscando algo diferente, dejaba que su vista se perdiese entre las aulas de preescolar; un círculo de casitas que miraba con una leve sonrisa. Se sentía mayor viéndolas con, literalmente, una cancha de fútbol de distancia, aunque vestía el mismo tipo de polo blanco, con un pequeño triángulo amarillo e invertido bordado en el lado derecho de su pecho, short negro y la zapatillas blancas que usó en sus tiempos ahí, pues era el uniforme escolar. Todo estaba en su lugar para otra mundana mañana escuchando las lecciones de los profesores, pero él sabía que ese día sería distinto.

— Hoy es el gran día —se dijo a sí mismo— donde me convertiré en un héroe.

Apenas llegó al segundo piso dio la espalda al largo balcón con pilares rojos y paredes mostaza, que servía también de pasillo, para entrar a su salón de clases

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Apenas llegó al segundo piso dio la espalda al largo balcón con pilares rojos y paredes mostaza, que servía también de pasillo, para entrar a su salón de clases. Fueron pocos aquellos que se dignaron en saludarlo, y aún menos quienes vieron su saludo respondido, mas no le importó y se apresuró en sentarse en la primera fila. Una vez ahí, no le quedó más que contener su emoción hasta que llegase el profesor de la clase de deporte: La alegría de los niños en cada mañana de viernes. Durante los días anteriores, los directivos hablaron a su aula sobre la existencia del misterioso evento de dicha mañana de julio, y su curiosidad infantil no les dejaba guardar silencio.

— ¿Crees que nos van a invitar a un concurso? —preguntó una niña que se sentaba detrás de B.

— ¿Y si nos van a entrenar para hacer un equipo de fútbol? —dijo a B un niño que sentaba a su costado.

— Sea lo que sea —respondió B a ambos, tratando de disimular que sabía la verdad—, ¡Va a ser el mejor día!

No pasó mucho hasta que el profesor, de piel morena y cabeza totalmente calva, llegase al salón cargando una gran bolsa de con un diseño fragmentado en azul, blanco, gris y negro, al igual que su ropa deportiva. Queriendo apresurar las cosas, todos se pusieron de pie, saludaron al maestro, y se sentaron de nuevo sin hacer ruido alguno. Luego, él se puso de pie frente al centro de la pizarra, destacando por su gran altura y habló a sus alumnos con firmeza:

— Bueno chicos, lleven sus tomatodos y formen rápido una fila fuera del aula; vamos a necesitar todas las dos horas de clase completas para la clase de hoy. Deben prestarme mucha atención, porque lo que aprenderemos hoy podría salvarles la vida.

Con la mejor disposición del mundo, los alumnos ya se encaminaban a la cancha que se ocultaba detrás de las aulas de preescolar, la cual siempre les era asignada para este curso. Sin embargo, cuando bajaban las escaleras, alguien empujó bruscamente a B, dejándolo al borde de caer en el último peldaño. Siendo él tan temperamental, inmediatamente reclamó a la primera persona que vio, tomándole por el culpable.

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