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Capítulo 1: Simplemente yo

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El camión de mudanzas llevaba media hora aparcado en doble fila y el conductor ya iba por su tercer cigarro cuando Rion decidió que lo mejor que podía hacer era desaparecer un rato.

-Ni se te ocurra escaquearte -le dijo su madre sin siquiera mirarlo, como si tuviera ojos en la nuca. Llevaba una caja de platos apretada contra el pecho y el pelo recogido de cualquier manera, con ese aire de "llevo dieciocho horas despierta" que solo las madres en día de mudanza consiguen tener con dignidad-.
Coge la caja de los libros. La que pone "FRÁGIL" en letras grandes, que es justo la que tu padre ha tirado escaleras abajo.

-Técnicamente no la he tirado -se defendió su padre desde algún punto invisible del portal-. Se ha deslizado. Hay una diferencia legal importante.
Rion sonrió sin querer. Llevaban así desde Barcelona, ochocientos kilómetros de autopista y áreas de servicio con bocadillos de tortilla reseca, y sus padres seguían discutiendo con el mismo entusiasmo de un matrimonio que se conocía desde hacía veinte años y que, sospechaba Rion, en el fondo disfrutaba discutir por costumbre más que por rabia.

-¡Rion, mira, mira, MIRA! -la voz de Mila llegó antes que ella, subiendo las escaleras del edificio a una velocidad que no debería ser legal para una niña de ocho años cargando una mochila más grande que su propio torso

-. Hay una tienda ahí abajo que vende pociones de sabores. ¡De SABORES, Rion! Había una de piña colada.

-Eso es un batido con purpurina, enana.

-Es una POCIÓN. Lo pone en el cartel.

Rion no se molestó en discutir. Llevaba diecinueve años de experiencia sabiendo que Mila ganaba el noventa por ciento de sus batallas verbales simplemente por agotamiento del rival, y hoy no tenía cuerpo para ser ese rival.

Salió al rellano con la caja de los libros bien sujeta -esta vez nadie iba a decir que él era el responsable del desastre- y se quedó un segundo mirando la calle. Valencia no se parecía en nada a lo que había imaginado. En su cabeza había una ciudad de postal, naranjos y azulejos; en la realidad había naranjos, sí, pero también un dron de reparto esquivando palomas, un cartel de neón sobre una farmacia que anunciaba "Recarga tu Esencia aquí - turno sin cita", y dos chavales en la esquina practicando algún tipo de movimiento con las manos que dejaba un rastro de chispas azules en el aire, como si hicieran malabares con electricidad.

Nada del otro mundo. Literalmente. La magia llevaba siendo así de normal toda su vida: un servicio más, como el wifi o el gas. Había gente que la usaba a diario para trabajar, gente que apenas la tocaba, y gente -como él- que simplemente vivía al margen de todo eso, mirando desde fuera sin sentir que se perdía gran cosa.

-¿Todo bien ahí arriba? -preguntó su padre, apareciendo por fin con dos maletas y la cara de alguien que se ha peleado con un sofá cama y ha perdido.

-Sobreviviendo.

-Bienvenido al club. -

Le dio una palmada en el hombro al pasar.

- Nuevo trabajo, nueva ciudad, nuevo instituto para tu hermana, nueva academia para ti. Este año vamos a batir algún récord familiar de cosas nuevas de golpe.

Lo decía en tono de broma, pero Rion captó el peso debajo de las palabras. El trabajo de su padre los había traído hasta aquí

-un puesto mejor, más estable, el tipo de oportunidad que no se rechaza aunque implique dejar atrás amigos, un barrio conocido y una habitación que ya tenía la forma exacta de tu vida dentro-.

Y ahora tocaba empezar de cero. Otra vez.

No es que a Rion le preocupara demasiado el instituto -perdón, la academia, tenía que acostumbrarse a llamarla así, aquí las últimas etapas antes de la universidad se llamaban de otra forma, con más nombre de escuela de artes marciales que de colegio normal-. Lo que de verdad le revolvía el estómago era la idea de entrar en un sitio nuevo, con gente que no lo conocía de nada, y tener que decidir otra vez qué versión de sí mismo enseñar primero. La broma fácil. La sonrisa que quitaba hierro a todo. Esa siempre funcionaba. Esa nunca fallaba.

Lo otro -lo de por dentro- eso se quedaba en casa, doblado como una camiseta vieja en el fondo de un cajón.

-¿Rion? -Mila había vuelto a aparecer, esta vez con purpurina auténtica en la mejilla, prueba irrefutable de que su batido-poción sí que hacía algo-. ¿Tú crees que en la academia nueva vas a hacer amigos rápido?

Él le revolvió el pelo, ganándose un manotazo indignado a cambio.

-Voy a ser el más simpático de todo el curso. Ya lo verás.

-Eso lo dices siempre.

-Y siempre tengo razón.

No siempre tenía razón. Pero mentirle a una niña de ocho años sobre algo así no contaba, se dijo. Contaba como optimismo con estilo.

Subieron las últimas cajas entre los cuatro, y cuando por fin se sentaron en el suelo del salón vacío.
-Sin muebles todavía, rodeados de cartón y cinta de embalar- su madre sacó unas pizzas de un sitio cercano que, según el repartidor, "llevaban el pesto encantado para que no se enfríe en quince minutos", lo cual a Rion le pareció el ejemplo perfecto de en qué tipo de mundo raro y absolutamente normal habían decidido vivir.

Comieron sentados en el suelo, riendo de las teorías de Mila sobre la tienda de pociones de sabores, y por un rato Rion dejó de pensar en la academia, en la gente nueva, en la costumbre que tenía su cuerpo de tensarse cada vez que alguien lo miraba un segundo de más.

Fue esa noche, ya tarde, cuando todos dormían y la casa aún olía a caja nueva, que se quedó un momento frente al espejo del baño sin luz encendida, solo con el brillo azulado que entraba por la ventana desde algún anuncio de la calle.

Se subió la manga.

Ahí seguía. La misma marca de siempre, justo por encima de la muñeca, quieta, casi invisible si no sabías que estaba ahí. Nunca le había dolido. Nunca había brillado, ni vibrado, ni hecho ninguna de esas cosas que se suponía que hacían las marcas mágicas de verdad. Sus padres la habían llevado al médico una vez, de pequeño, y el médico había dicho la palabra que Rion odiaba más que ninguna otra: Una rareza. Sin causa conocida.

Se quedó mirándola un rato más de lo normal.
Puede que fuera solo el cansancio del viaje. Puede que fuera la ciudad nueva, el cielo distinto, ese aire que aún no reconocía como propio.

Se bajó la manga, apagó la luz del móvil y se fue a dormir, sin saber todavía que el lunes, en su primer día de clase, alguien más iba a notar exactamente lo mismo.

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