El sol pegaba fuerte en Morón y Camilo estaba tirado en su cama, con los auriculares puestos, escuchando un beat que había armado la noche anterior.

La pieza era un desastre

ropa tirada, hojas con letras escritas a mano, un par de zapatillas Nike al lado de la puerta.

Olía a perfume barato y a adolescencia.

—¡CAMILO! —gritó su mamá Aldana desde abajo—. ¡BAJÁ, QUE TIENEN QUE AYUDAR A ACONDICIONAR EL CUARTO DE INVITADOS!

Camilo sacó un auricular y frunció el ceño.

El cuarto de invitados.

Esa habitación que llevaba años siendo básicamente el depósito de la casa, donde su viejo tiraba las herramientas, donde Alma escondía cosas que no quería que sus papás encontraran, y donde él mismo metía las cajas de zapatillas vacías porque le daba paja tirarlas.

—¿Por qué? —gritó sin ganas.

—¡PORQUE VIENE FLORENCIA Y SU HIJA A VIVIR CON NOSOTROS! —respondió Aldana con esa voz que no admitía réplica.

Camilo se incorporó de golpe.

¿Qué carajo?

Bajó las escaleras de a tres peldaños, con la cara de orto que se le ponía cada vez que algo no le gustaba.

Y cuando llegó al living, se encontró con la escena completa: su viejo Walter con una caja de herramientas en la mano, su hermana Alma sacándose fotos al espejo con el celular, su hermano Santino jugando a la Play como si nada, y su mamá con las manos en la cadera, mirándolo con esa sonrisa de "agarrate".

—¿Cómo que vienen a vivir acá? —preguntó Camilo, con la voz grave y un tono que ya empezaba a calentarse.

—Ay, no te pongas así, Cami —dijo Aldana, acercándose y pasándole una mano por el hombro—. Florencia es mi mejor amiga de toda la vida. Se divorció de Marcos y se quedó sin casa. Yo le ofrecí el cuarto de invitados hasta que ella pueda armarse de nuevo. Es temporal.

—¿Y la hija? —preguntó él, con los ojos entrecerrados.

—Juana. Tiene 14 años —respondió Aldana como si fuera la información más inocente del mundo—. Es una nena re dulce, te va a caer bien.

Camilo resopló. "Nena re dulce". Seguro era una de esas pibitas insoportables que se la pasaban tomando fotos para Instagram y hablando en diminutivo. Una pesada.

—Yo no quiero que venga nadie —dijo Camilo, con la mandíbula tensa—. Ya somos cinco. Esto es chico.

—Es temporal, campeón —intervino Walter, con su tono calmado de siempre—. Además, vos estás todo el día en tu pieza o en la placita. ¿Qué te cambia?

—ME CAMBIA TODO —saltó Camilo, y su voz retumbó en la sala—. Esto es MI casa. Yo vivo acá. Y ahora viene una piba que no conozco a ocupar espacio, a usar el baño, a estar todo el día en el medio, NO DA!

—Camilo, ya fue —cortó Alma, mirándolo por encima del espejo—. No te hagas el dueño de la casa. Mamá quiere ayudar a su amiga, punto. Dejá de ser tan egoísta.

—¿Egoísta? —Camilo se dio vuelta y la encaró—. Vos te estás yendo a la facultad en un mes, no te va a afectar. Yo me quedo acá, bancándome a una piba de 14 que seguro es una insoportable.

Aldana suspiró y se acercó a él.

—Cami, te entiendo. Pero esto no se negocia. Llegan mañana a la tarde. Así que dejá de hacer berrinche y andá a limpiar el cuarto de invitados.

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⏰ Última actualización: Aug 02 ⏰

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