capitulo 1: Valeria Barret

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Valeria 🌛

Englewood estado de Illinois (en la ciudad de Chicago, Estados Unidos).

El pavimento de Englewood, al sur de Chicago, no perdonaba a nadie. Cada noche, el eco de los disparos le recordaba a los vivos que la muerte era una vecina cercana; cada amanecer, las calles amanecían con la sombra de otra tragedia olvidada.

Y pensar que mi vida entera se había esfumado en exactamente cinco minutos.

¡Pum! ¡Pum!

Le pegaba al saco de boxeo con una furia ciega, sintiendo cómo los nudillos se abrían y la sangre comenzaba a manchar el cuero desgastado. Mi cabello rubio y corto, empapado en sudor, se pegaba grotescamente a mi rostro. Ya no había peto protector ni careta de receptor. En lugar de una mascota de béisbol, mis manos estaban envueltas en vendas sucias; en lugar de escuchar el aplauso de miles de fanáticos, el único sonido era el crujido de mis huesos golpeando contra el relleno.

El silencio habitual del viejo y decadente gimnasio se quebró de golpe. El motor pesado de una camioneta blindada se estacionó justo frente a la entrada. De ella descendió un chico con finas facciones asiáticas que no aparentaba más edad que yo, escoltado de cerca por hombres con uniformes tácticos y la insignia de la milicia de Corea del Norte.

No me inmuté. Seguí golpeando.

-No sé a quién buscan, pero aquí no está. Pregunten en el siguiente callejón -mascullé sin detener el ritmo, dándole la espalda a la amenaza.

-Yo creo que sí estás aquí, Valeria Barrett... Capitana de los Cachorros de Chicago. Bueno, corrección: ex-capitana -respondió una voz joven, pero imbuida en una seguridad cínica y juguetona.

Una media sonrisa torcida asomó en su rostro cuando me giré. Quedé paralizada por un segundo exacto. Nadie se atrevía a pronunciar ese título. No desde el día en que mi carrera profesional se había ido directamente al inodoro.

Era un partido rutinario contra los Marlins de Florida. Habíamos ganado 7-4; el marcador brillaba a nuestro favor. De repente, el dugout contrario comenzó a levantar falsas sospechas, acusándonos de dopaje sistémico. El mánager y el entrenador, cobardes hasta el tuétano, aceptaron aplicarnos pruebas de inmediato para salvar sus propios pellejos. A mí me dio igual: estaba limpia. Mis resultados eran producto de entrenamiento espartano, disciplina férrea y una genética invaluable heredada de mi padre.

Pero la prueba dio positivo.

El equipo me dio la espalda en cuestión de horas. Mi propio padre me desheredó por "arruinar el apellido". La liga deportiva me suspendió de por vida sin derecho a réplica.

Jamás volvería a pisar el diamante. Nunca llegaría a las Grandes Ligas. Todo por lo que había sacrificado mi infancia, mis nudillos y mis lágrimas quedó reducido a cenizas.

-¿Qué mierda quieres? -escupí con veneno, acercándome a él con pasos pesados y la furia hirviéndome en las venas. Lo tomé de la solapa de la camisa y lo estrellé contra la pared con violencia. Los soldados se movieron al instante, levantando las armas, pero él alzó una mano con total calma para detenerlos-. Mira, niño rico, no estoy de humor para los jueguitos de un mocoso con delirios de grandeza. Lárgate.

-Vengo a ofrecerte un contrato -respondió sin perder la compostura, mirándome de cerca sin parpadear.
Solté una carcajada amarga, llena de desprecio, y lo empujé lejos antes de darle la espalda para volver a golpear el saco.

-¿Un contrato? ¿Contigo? Muy buena broma. Ahora vete a la mierda.

-No, claro que no hablo de mí. Hablo de Corea del Norte -dijo con una cortesía irritante, esa sonrisa clínica intacta-. Me presento: soy Jun-won, el nuevo director al mando de la liga deportiva de la República Popular Democrática de Corea.

Rodé los ojos con fastidio, golpeando el saco con más fuerza.

-Claro. Obviamente voy a saltar de alegría para firmar con una dictadura militar. ¿Te crees idiota o me tomas por una?

-¡En serio! Mil gracias por aceptar, no te vas a arrepentir -respondió él con un entusiasmo fingido que rozaba la burla.

-Es sarcasmo, imbécil. Por supuesto que no voy a aceptar. Además, ¿no te enteraste? Estoy vetada de por vida.

Jun-won dio un paso al frente y me arrojó una carpeta de cuero pesado. Por puro reflejo atlético, mi mano lastimada la atrapó en el aire.

-Ahí tienes los documentos certificados con la anulación formal de tu demanda, las firmas de los siete consejeros de la liga estadounidense y una disculpa pública firmada por el comité -soltó con una naturalidad pasmosa que me heló la sangre.

Abrí la carpeta con manos temblorosas. Leí cada línea. Era real.

-P-pero... ¿Cómo demonios hicieron esto? -balbuceé, incapaz de procesarlo.

-La pregunta correcta no es cómo, Valeria, sino por qué -respondió, cruzándose de brazos-. Quiero que seas la receptor oficial y capitana indiscutible del nuevo equipo nacional de béisbol de Corea del Norte.

Solté una risa seca, incrédula.

-Corea del Norte no tiene un equipo de béisbol profesional...

-No tenía, tiempo pasado -me interrumpió con firmeza-. Ahora lo tiene. Y tú vas a ser su columna vertebral. Piénsalo bien: tienes diecinueve años, un talento descomunal que el mundo desperdició por pura envidia, y te quitaron todo injustamente. ¿No extrañas el diamante? ¿No quieres llegar a las Grandes Ligas a tu manera?

Sus palabras golpearon exactamente en el centro de mis debilidades, removiendo los escombros de mis más profundos anhelos.

-Y en el camino -continuó, acercándose con una sonrisa peligrosa-, cumples mi ambición de llevar a Corea del Norte a la cima deportiva mundial. Dos pájaros de un tiro. Hasta vas a poder vengarte de todos los que te traicionaron. Todos ganamos, Valeria.

El silencio se volvió espeso en el gimnasio. Sus palabras resonaron en mi cabeza como un eco ineludible. ¿Era una locura? Absolutamente. Una decisión que rozaba la traición y el abismo. Pero con tal de volver a sentir el peso de una pelota de béisbol en la mano y escuchar el sonido de un strike, estaba dispuesta a venderle el alma al diablo.

-¿Quién va a ser la pitcher? -pregunté con la voz áspera, mirándolo fijamente-. Te advierto algo: yo no atrapo para mediocres.

Jun-won sonrió con absoluta suficiencia, dándose la vuelta para caminar hacia la camioneta blindada. Me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera antes de pronunciar el nombre que sellaría nuestro destino:

-Amira Ohtani.

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