Kodama

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Allí el silencio no es mudez, antes bien, es verbo antiguo; liturgia que musitan las frondas al viento errante, salmo de hojas y cortezas que ningún libro recoge.

Cuando la noche derrama su negra seda sobre el mundo, enciéndense los luceros como cirios del firmamento, y el cielo, tan hondo y tan puro, parece inclinarse a la tierra para escuchar el sueño de cuanto respira.

Yace entonces el caminante sobre el regazo del musgo, con la espalda entregada al corazón de la montaña. No duerme: se despoja. Va dejando entre las raíces el peso de los días, las voces que jamás fueron suyas, la herrumbre de las horas.

¡Qué humilde se torna el pecho cuando la bóveda celeste descuelga su infinita cosecha de astros! Cada estrella es un testimonio; cada constelación, una cicatriz de la eternidad.

No hay trono más alto que una piedra cubierta de líquenes. No hay catedral más digna que aquella cuyo techo es el universo entero. Y no existe plegaria más cierta que el aliento que escapa despacio cuando el alma comprende, sin palabras, que siempre perteneció a este reino de cortezas, de sombras, de rocío y de fuego celeste.

Así el alba sorprende a quien tuvo el privilegio de morar una sola noche bajo el dosel del bosque.

Y nunca vuelve el mismo.

Porque quien ha oído el latido secreto de los robles, quien ha bebido el vino invisible del silencio, quien ha contemplado cómo la Vía Láctea desciñe su argentada cabellera sobre las copas dormidas,

llevará para siempre una selva creciendo en el pecho, y un puñado de estrellas ardiendo, quedamente, donde antes tan solo habitaba el ruido.

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