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primer día

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El despertador no tuvo que sonar. Ya llevaba media hora con los ojos fijos en una grieta del techo, contando las vibraciones del ventilador antes de que el peso del aire en la habitación se volviera insoportable.

Me levanto a rastras. Cada músculo se siente como si hubiese dormido bajo el agua. En el baño, el agua fría en la cara no borra el dolor sordo que me arde detrás de los ojos, esa migraña latente que no se quita ni con los sedantes que el médico me recetó como si fueran caramelos. Me miro las manos en el borde del lavabo. Tiemblan un poco. No me molesto en mirar el espejo; sé exactamente lo que hay: el mismo rostro exhausto de alguien que no puede descansar ni de su propia cabeza.

-¡Se te va a hacer tarde el primer día! -el grito de mi madre retumba desde el pasillo.

No respondo. No tengo energía para proyectar la voz.

Voy a la habitación a cambiarme. El uniforme nuevo huele a tela guardada y al almidón que mi madre le puso en un intento desesperado por simular que esto es un "comienzo fresco". Me abrocho los botones con torpeza. En la mesa de noche, una pequeña lámpara de lectura empieza a parpadear con un zumbido agudo.

No. Otra vez no.

Cierro los ojos, trago saliva y fuerzo los hombros hacia abajo, intentando respirar despacio. «Estrés postraumático no resuelto», dijeron. Qué fácil es ponerle una etiqueta limpia a algo que te destroza por dentro. Ellos creen que el acoso en la otra escuela me dejó traumatizado. No entienden que no le tengo miedo a los demás; me tengo miedo a mí.

Aprieto los puños hasta que las uñas me segan la palma. La bombilla de la lámpara da un chispazo seco y el filamento se apaga. El silencio vuelve, pesado y denso. Limpio el sudor frío de mi frente con la manga de la camisa. Un día más controlando el termostato de esta maldita rabia.

Al bajar las escaleras, reduzco el paso al escuchar los murmullos en la cocina.

-...si se altera de nuevo, Rodolfo, no sé qué vamos a hacer -la voz de mi madre es un hilo tenso, a punto de romperse.

-Aquí no hay la misma presión, Laura -responde mi padre, aunque se le nota el esfuerzo por creérselo él mismo-. El aire es distinto, el ritmo es más lento... Le va a hacer bien.

Doy dos pasos ruidosos para anunciar mi presencia antes de entrar.

-Buenos días -digo. Mi voz suena áspera, floja.

El silencio en la cocina es instantáneo. Mi madre borra la mueca de pánico con una sonrisa prefabricada que le arruga los ojos, y mi padre se endereza en la silla acomodándose el periódico.

-¡Hola, campeón! -mi padre exagera el tono, demasiado alto, demasiado entusiasta-. ¿Qué tal? ¿Listo para la nueva etapa?

-Sí. Listo.

Le doy un beso en la mejilla a mi madre. Huele a café y al perfume fuerte que usa cuando está nerviosa.

-Acuérdate de pasar por la farmacia y la papelería al salir -me dice, deslizándome la tarjeta de débito sobre la mesa como si fuera un objeto frágil. Sus dedos rozan los míos y siento cómo se tensa un milisegundo antes de soltarla. Tiene miedo de mí. Todos lo tienen, aunque intenten disfrazarlo de compasión.

-Está bien. Nos vemos en la tarde.

Tomo la tarjeta, me cuelgo la mochila al hombro y abro la puerta principal.

El aire de Valle de Sombras me golpea de lleno en los pulmones. Es espeso, húmedo y arrastra un pestazo a aceite quemado y tierra podrida que se mete hasta el fondo de la garganta. A lo lejos, la niebla baja de las colinas grises abrazando los tejados oxidados, y a los lados de la acera la tierra no es marrón, sino casi negra, salpicada por charcos viscosos que parecen no secarse nunca. Todo en este lugar parece sumergido en una sombra constante, ahogado por la misma viscosidad que emana del suelo.

lazos de la sangre Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora