》QUIERO A ESOS DOS《

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Antes de nacer, los bebés tenían mucho tiempo para pensar.

Muchísimo.

Más del que cualquier adulto podía imaginar.

Mientras una persona embarazada continuaba con su vida sin saber que, dentro de ella, alguien pequeño comenzaba a construir una existencia entera, los bebés tenían una tarea mucho más importante que dormir, crecer y dar pataditas.

Tenían que elegir.

Porque, en aquel mundo, nacer no era simplemente llegar al azar.

Antes de que una vida comenzara de verdad, existía una elección.

Cada bebé tenía derecho a escoger a las personas que quería como padres.

No era una decisión sencilla.

De hecho, era probablemente la decisión más importante que un bebé tomaría en toda su existencia.

Durante los primeros meses de gestación, cuando su cuerpo todavía era diminuto y su conciencia apenas comenzaba a despertar, podía observar el mundo exterior de una manera que ningún adulto comprendía.

No veía exactamente con los ojos.

Veía con algo diferente.

Una especie de ventana que le permitía observar posibilidades.

Podía sentir las emociones de las personas.

Podía percibir sus corazones.

Podía observar cómo trataban a los demás cuando nadie los estaba mirando.

Y, sobre todo, podía descubrir algo que los adultos habían aprendido a esconder muy bien:

lo que realmente deseaban.

Algunos bebés escogían padres que ya se amaban.

Otros escogían a una pareja que llevaba años intentando tener un hijo.

Algunos preferían personas tranquilas.

Otros buscaban hogares ruidosos, llenos de hermanos, mascotas y familiares entrando y saliendo constantemente.

Había bebés que elegían a personas ricas.

Otros preferían a quienes apenas tenían suficiente para vivir, pero que tenían un corazón enorme.

Algunos bebés incluso elegían a alguien que todavía no había conocido a su futura pareja.

Eso no estaba prohibido.

La elección no tenía que ser perfecta.

Solo tenía que sentirse correcta.

Y aquel bebé llevaba semanas observando.

Todavía no tenía nombre.

Tampoco sabía si algún día sería un niño o una niña.

No sabía qué aspecto tendría.

No sabía si tendría los ojos de su madre, el cabello de su padre o una combinación completamente diferente.

Ni siquiera sabía si le gustaría dormir mucho, si sería bueno para los deportes o si tendría facilidad para las matemáticas.

Todas aquellas cosas llegarían después.

Por ahora, tenía una sola preocupación.

Encontrar a sus padres.

Y no estaba resultando sencillo.

Había visto cientos de posibilidades.

Quizá miles.

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