La noche en Nueva Orleans nunca dormía; simplemente cambiaba de máscara. Bajo el cielo de terciopelo oscuro y la pálida luz de la luna, el Barrio Francés latía al ritmo del jazz lejano, el tintineo de las copas de cristal y el murmullo constante de los mortales ajenos al verdadero poder que gobernaba las calles.
Para Marcel Gerard, el Barrio era más que un territorio; era su imperio, conquistado con sangre, astucia y la sombra imponente de los Mikaelson persiguiéndole los talones. Pero esta noche, las luces de neón y el bullicio de St. Anne's se desvanecían ante el único sonido que realmente importaba: el eco de unos tacones familiares resonando sobre los adoquines húmedos.
Se recostó contra la barandilla del balcón privado del club, sosteniendo un vaso de bourbon con hielo. No necesitó volverse para saber quién era. El aire cambió, volviéndose más denso, cargado con esa fragancia inconfundible de jazmín y peligro.
—Te toma demasiado tiempo recorrer las calles, mi amor —dijo Marcel con una sonrisa medio oculta, girándose lentamente.
Rebekah Mikaelson estaba allí, de pie en el umbral de las puertas de hierro forjado. Llevaba un vestido oscuro que se fundía con la noche, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de desafío y una melancolía que solo los siglos de existencia podían esculpir. Cruzó los brazos, arqueando una ceja con esa elegancia innata que siempre lograba desarmarlo, sin importar cuántos ejércitos hubiera comandado él.
—Vivir bajo el mismo techo que Niklaus apaga la paciencia de cualquiera, Marcel —respondió ella, su voz suave pero cortante como una cuchilla de plata—. A veces olvido por qué sigo regresando a esta ciudad de fantasmas.
Marcel dio un paso al frente, acortando la distancia con pasos pausados, felinos. Dejó el vaso sobre una mesita auxiliar y se detuvo a pocos centímetros de ella. Podía ver el reflejo de las luces de la calle en sus ojos, el mismo destello que lo había cautivado décadas atrás, cuando el tiempo parecía detenerse para ellos entre los callejones oscuros y las promesas de un futuro libre.
—Vuelves porque, a pesar de todo, este maldito lugar nos pertenece... y porque sabes que yo estoy aquí —murmuró él, extendiendo la mano para rozar con la yema de los dedos un mechón de su cabello rubio—. Niklaus no tiene por qué enterarse de que saliste.
Rebekah exhaló un suspiro tembloroso, incapaz de apartar la mirada. Por más que intentara huir del control de su hermano, de la maldición de su propia sangre y de los errores del pasado, cada camino en Nueva Orleans siempre parecía conducirla al mismo destino: a los brazos del hombre al que una vez juró amar por encima de todo.
—Los secretos con mi familia nunca duran, Marcel —advirtió ella en un susurro, aunque su cuerpo no se apartó ni un milímetro; al contrario, dio un paso hacia él, cerrando el espacio que los separaba—. Y el precio de nuestra lealtad siempre se paga con sangre.
—Entonces que sangre por sangre —respondió Marcel antes de atrapar sus labios en un beso feroz, desesperado y prohibido, un recordatorio viviente de que, frente al destino y frente a los propios dioses del mundo sobrenatural, ellos dos seguían desafiando al reloj.
—————————
