Las torres de cristal del Reino de Aethelgard se alzaban hacia el cielo como lanzas de luz, recordando a todo ser viviente la inalcanzable magnificencia del dominio élfico. Durante milenios, los elfos se proclamaron los primogénitos de la creación, los seres perfectos bendecidos por la magia y la eternidad. Para ellos, la humanidad no era más que una plaga de vidas cortas e insignificantes, criaturas sin alma destinadas únicamente a cargar piedra, cosechar campos y servir con el cuello inclinado bajo el peso del látigo.
En la Plaza del Sol Eterno, miles de elfos ataviados con finas sedas y armaduras de filigrana plateada se congregaban para disfrutar del espectáculo del día. En el centro del lugar, sobre un elevado cadalso labrado en jade, yacía de rodillas una mujer humana. A diferencia de los miles de esclavos demacrados y rotos que contemplaban la escena en silencio desde la periferia, ella mantenía la espalda erguida. Su cabello era una cascada de plata líquida que brillaba bajo el sol, y sus ojos, de un violeta profundo y ardiente, desafiaban a la multitud con una compostura casi regia.
El Alto Inquisidor Élfico, Lord Valandor, dio un paso al frente mientras desenvainaba lentamente un majestuoso mandoble de mithril.
"Miren a esta criatura," proclamó Valandor con una voz melodiosa y cargada de una condescendencia absoluta. "Ha osado conspirar contra la gracia de nuestros reyes. Una simple alimaña nacida del barro jugando a ser rebelde. Que la muerte de esta esclava sea un recordatorio de la fragilidad de su especie y del destino de cualquiera que olvide su lugar."
La masa de nobles élficos prorrumpió en risas refinadas y aplausos suaves. Entre la muchedumbre de esclavos encadenados al pie de la plaza, solo se escuchaban sollozos contenidos y miradas llenas de impotencia.
Valandor caminó hasta la prisionera y la tomó bruscamente del mentón con sus dedos enguantados, obligándola a levantar la cabeza.
"¿Tienes algo que suplicar antes de que limpie tu inmunda existencia de este mundo, esclava?" preguntó el inquisidor con una sonrisa burlesca.
Daenys Targaryen no pestañeó. La frialdad y el fuego contenido en sus ojos violetas hicieron que la sonrisa de Valandor se congelara por un instante imperceptible.
"Guarda tu piedad para cuando el cielo se ponga rojo, elfo," pronunció Daenys. Su voz no fue un susurro roto, sino un decreto firme que resonó por toda la plaza con una extraña reverberación que hizo callar el murmullo del viento. "Mi vida termina hoy bajo vuestro filo, pero mi linaje es la semilla de vuestra perdición. Escucha mi última palabra y tiembla en tu trono de cristal: de mi sangre nacerá la llama que consumirá vuestro imperio. Vendrá el día en que las alas de la venganza oscurecerán vuestros cielos, y toda la sangre que habéis derramado regresará para ahogaros. Mi estirpe destruirá todo lo que habéis construido."
Un silencio sepulcral y pesado cayó sobre la multitud. Por un momento, la arrogancia de los elfos se transformó en un malestar invisible pero tangible; las palabras sonaban demasiado pesadas, demasiado reales para ser los desvaríos de una moribunda.
Molesto por la perturbación de la multitud y con el orgullo herido, Valandor apretó la empuñadura de su espada.
"Que el viento devore tus mentiras," siseó el inquisidor.
El filo de mithril descendió en un destello de luz. La cabeza de Daenys cayó sobre el mármol, y su sangre brotó tiñendo la piedra blanca de un rojo intenso. Sin embargo, en el instante preciso en que su corazón dejó de latir, un trueno seco retumbó en un cielo completamente despejado y una brisa helada atravesó la ciudad, dejando una grieta negra sobre la base del cadalso de jade.
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El fin de la estirpe
FanfictionEn un reino dominado por elfos trataban a los humanos como esclavos al los elfos creerse una raza superior, y como un día iban a ejecutar a una humana con el pelo blanco y los ojos violeta y como antes de morir, Daenys Targaryen diría sus ultimas pa...
