Erick

4 1 0
                                        

Erick Mendizábal siempre había sido un chico común. Cuando pensaba en su vida, no veía éxitos deslumbrantes ni fracasos estrepitosos. Sus notas en la escuela nunca fueron malas, pero tampoco destacaron. Siempre estaba justo en el medio: ni el estudiante brillante ni el más flojo. Este "promedio" era lo que lo definía, lo que le otorgaba una existencia tranquila, pero también vacía. Nunca fue el centro de atención ni el favorito de los profesores, pero tampoco fue el que se olvidaba a última hora o se quedaba atrás. Simplemente pasaba por la vida, casi invisible, con la sensación de que todo marchaba bien, pero sin que nada realmente lo hiciera sentir pleno.

A sus 24 años, Erick ya estaba acostumbrado a esa sensación de ser un espectador de su propia vida. Su relación con sus padres no ayudaba a aliviar ese vacío. A menudo, en las reuniones familiares, su madre y su padre le comparaban con su hermana mayor, Clara, que había cruzado el océano para estudiar en Europa. Clara era el orgullo de la familia: brillante, exitosa, con un futuro prometedor por delante. Cada conversación que empezaba con un "Mira a Clara, siempre sacando 10 en todo", le recordaba a Erick que él no era lo que sus padres esperaban.

Aunque Erick nunca lo admitió, esas comparaciones lo habían marcado profundamente. Sentía que no era suficiente, que su vida estaba a la sombra de la de Clara. Ella había hecho todo "bien": siguió un camino claro, sin tropiezos, mientras que él, aunque tenía buenas intenciones, nunca parecía alcanzar la misma excelencia. Eso se convirtió en una constante: el sentimiento de no ser lo suficientemente bueno. Y a pesar de que Clara nunca había sido cruel con él, sus logros se sentían como una burla silenciosa a su propia mediocridad.

Desde pequeño, Erick había sido el hijo tranquilo, el que no causaba problemas. Pero esa falta de llamativa personalidad lo hizo pasar desapercibido. En sus años escolares, no fue el chico popular ni el atleta del equipo. No se destacó en las actividades extracurriculares, ni en los deportes, ni en las ciencias. En su mente, los éxitos eran para otros, y él se conformaba con ser un espectador, observando cómo los demás lograban lo que él nunca se atrevió a intentar.

Cuando llegó el momento de decidir qué estudiar en la universidad, Erick se sintió perdido. No tenía una pasión clara, ni un sueño del que pudiera aferrarse. Sin embargo, sus padres tenían una visión nítida para él: "programación computacional". Era una carrera que ofrecía estabilidad económica y posibilidades de trabajo en un campo que estaba en auge. En ese momento, Erick aceptó el camino propuesto sin pensarlo demasiado. Al fin y al cabo, si eso hacía felices a sus padres, ¿por qué no seguirlo? Tal vez nunca sentiría una pasión ardiente por la programación, pero al menos podría lograr algo que los demás apreciaran: seguridad financiera.

La universidad fue una extensión de esa sensación de vacío que Erick había vivido durante su adolescencia. Durante esos años, parecía que las jornadas transcurrían sin un propósito real, sin un momento que valiera la pena recordar. Pasaba las horas entre clases y la biblioteca, sumergido en las líneas de código y los algoritmos que tanto lo desconectaban de sí mismo. Sabía que la programación sería su futuro, pero no le despertaba la mínima emoción. Todo se sentía como una rutina impuesta por los demás, una especie de plan preestablecido para él. Si bien sus notas no eran malas, tampoco eran excelentes. Estaba en el promedio, ni arriba ni abajo. La vida parecía moverse sin esfuerzo, pero a la vez, sin propósito.

No fue hasta su práctica profesional que algo cambió, aunque de manera sutil. Fue una empresa de tecnología, donde Erick entró con una actitud bastante neutral. En su mente, solo era otro paso hacia la obtención de su título, un paso más en su camino hacia una vida "normal". Sin embargo, algo pasó cuando comenzó a trabajar allí. Al principio, se sintió fuera de lugar, un chico que apenas entendía cómo funcionaban las dinámicas laborales, pero con el tiempo, sus compañeros empezaron a valorarlo. No era el más brillante, ni el más extrovertido, pero sus superiores lo notaron: Erick tenía una capacidad tranquila para resolver problemas, un enfoque metódico que encajaba bien en el equipo. En cuestión de meses, comenzó a recibir elogios y a ser promovido a proyectos más importantes. Fue un alivio, aunque no podía evitar preguntarse por qué algo tan sencillo como la aprobación ajena lo hacía sentirse mejor.

Era insólito para él ser apreciado, porque nunca había sentido esa atención en su vida. En la universidad, era solo un estudiante más; en su hogar, era el hijo que se quedaba en las sombras de Clara. Pero en la empresa, algo cambió. A través de su trabajo, por fin sentía que estaba valiendo algo. La validación que recibía de sus compañeros y superiores le dio un propósito, aunque no entendiera completamente qué significaba para él. La sensación de ser necesario, de tener un lugar en algún lado, se convirtió en algo adictivo. No era la pasión que había soñado encontrar, pero al menos podía ver un futuro más allá de la monotonía.

Cuando terminó la universidad, ya tenía un lugar donde llegar a trabajar. Era un puesto seguro, un camino claro y estable. A pesar de que Erick nunca se había imaginado en este lugar, no pudo evitar sentir una cierta satisfacción al ver que, finalmente, su vida tenía una dirección. No era el futuro brillante que había soñado cuando era niño, pero al menos tenía un trabajo. Un lugar donde encajar. Un salario fijo. La rutina se volvía, por fin, algo reconfortante, algo que le daba una razón para levantarse cada mañana. Aunque su vida no era excitante ni perfecta, se sentía menos vacío que antes.

Con el tiempo, Erick fue aceptando que su vida era esa: una existencia tranquila, sin grandes altibajos, pero también sin grandes caídas. Una existencia sin el brillo de una pasión desbordante, pero segura, predecible, un "promedio" que se sentía cada vez más como su lugar en el mundo.

Adíos.Stories to obsess over. Discover now