Ferran Torres

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El calor de Arlington aún se pegaba a la piel cuando Ferran Torres salió del túnel del AT&T Stadium. España acababa de eliminar a Portugal 1-0 con ese gol de Merino en el minuto 91, el que había nacido de su pase. Él había entrado desde el banquillo, como en casi todos los partidos desde aquel 0-0 inicial contra Cabo Verde. Había perdido el once, se había comido la frustración en silencio y ahora, con el equipo en cuartos, la gente volvía a gritar su nombre.

En la zona mixta la vio por tercera vez.

Valeria Mendoza llevaba la acreditación naranja de la organización del Mundial y una camiseta negra ajustada que no escondía nada. Pelo castaño suelto, labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con su expresión profesional. La primera vez, en Atlanta después del empate contra Cabo Verde, le había hecho firmar un permiso de imagen. La segunda, en el hotel de Dallas tras el 4-0 a Arabia Saudí, le había corregido el camino hacia la sala de prensa con una mirada que decía "no me hagas perder el tiempo". Esta vez, cuando lo vio acercarse empapado de sudor y euforia, no apartó la vista.

—Otra vez el héroe de los últimos minutos —dijo ella, sin sonreír del todo—. ¿Vienes a firmar más papeles o a presumir?

Ferran se detuvo frente a ella. El olor a césped y a victoria todavía le rodeaba.

—Vengo a que me digas dónde está la salida de verdad. Y a preguntarte si siempre miras así a los jugadores o solo a los que te gustan un poco.
Valeria levantó una ceja. El aire entre ellos se densificó de golpe.

—Solo miro a los que no saben quedarse callados. Y tú hablas demasiado para alguien que ha pasado la mayor parte del torneo en el banquillo.
Él soltó una risa baja, esa que usaba cuando alguien le tocaba la fibra.

—Entonces vamos a callarnos un rato. ¿Tienes media hora libre o sigues de servicio?

Ella miró el reloj. Luego lo miró a él. El sudor le bajaba por el cuello de la camiseta de España y se perdía bajo el cuello.

—Media hora. Y no te salgas del hotel.

Esa noche no se limitaron a media hora.
En la habitación de Valeria del hotel de Arlington la tensión que llevaban días arrastrando se rompió de una vez. Ferran la empujó contra la puerta en cuanto entraron. Ella no se quejó. Le agarró la camiseta empapada y se la arrancó por encima de la cabeza. Sus manos bajaron por el pecho de él, por los abdominales tensos, hasta el elástico del pantalón del chándal.

—Llevas días mirándome como si quisieras esto —murmuró ella contra su boca.

—Llevo días conteniendo las ganas de meterte la lengua hasta el fondo y follarte contra la primera pared que encuentre —contestó él, ya sin bromas suaves.

La besó con hambre. Valeria le mordió el labio inferior y él gruñó. La levantó, ella enredó las piernas en su cintura y él la llevó hasta la cama. La ropa desapareció en segundos. Cuando la tuvo desnuda debajo, Ferran se detuvo un segundo solo para mirarla: pechos firmes, cintura estrecha, el vello del pubis cuidado, las piernas abiertas ya.

—Joder, Valeria...

Ella lo agarró del pelo y lo bajó entre sus piernas.

—Menos hablar.

Él obedeció. La lamió con la misma precisión con la que golpeaba el balón: lengua plana, constante, hasta que ella se arqueó y le apretó los muslos contra la cabeza. Cuando la tuvo temblando, subió, se alineó y entró de un solo empujón. Valeria soltó un gemido ronco. Ferran empezó a moverse con fuerza, profunda, sin piedad. Cada embestida hacía que la cabecera golpeara la pared. Ella le arañaba la espalda. Él le mordía el cuello.

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