Sinopsis

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Los dragones nunca lloran.

Eso me lo repitieron tantas veces de niña que, al final, me lo creí sin pensarlo mucho.

"Un dragón puede rugir. Puede quemarlo todo. Puede hacer temblar una ciudad entera. Pero llorar... eso no."

Pues bien. Estaban equivocados.

El dragón negro sobre el Palacio Real acababa de soltar un sonido tan profundo que sentí cómo me vibraba en el pecho. No era un rugido, era otra cosa.

Dolor, quizá.

Las campanas empezaron a sonar.

Una.

Dos.

Tres.

El rey estaba muerto.

A mi alrededor, miles de personas vestidas de negro llenaban cada rincón. Los estandartes de las siete familias colgaban pesados. Y arriba, sobre las torres del palacio, los siete dragones de las casas reales observaban en silencio. Demasiado quietos. Demasiado conscientes.

—No levantes la cabeza —susurró mi madre.

Asentí sin discutir.

Nuestra familia ya tenía suficiente con lo suyo. Desde que perdimos a nuestro dragón hace diez años, dejamos de ser importantes. O peor: dejamos de ser útiles. Y en la corte, eso es casi lo mismo que no existir.

Entonces alguien gritó.

Luego varios más.

Y de repente... nada.

Silencio.

Como si todo el mundo hubiera olvidado cómo respirar al mismo tiempo.

No sé por qué la levanté.

Pero lo hice.

El príncipe Cedric estaba de rodillas frente al féretro de su padre.

Intentó decir algo.

No le salió.

Y cayó.

Así, sin más.

Muerto.

No había sangre.

No había herida.

No había nada que explicara lo que acabábamos de ver.

Los guardias tardaron unos segundos en reaccionar, como si todo se hubiese detenido por un momento.

El capitán fue el primero en llegar.

Más gritos.

Sobre el mármol blanco, como si alguien lo hubiera escrito con calma, aparecieron unas palabras.

Yo no vi a nadie hacerlo.

Simplemente estaban ahí.

DEVUÉLVANNOS EL FUEGO.

Se me heló la espalda.

Un rugido explotó en el cielo.

Alcé la vista sin pensarlo.

El dragón del príncipe Cedric abrió las alas.

No atacó.

Solo... se quedó quieto un segundo, como si estuviera decidiendo algo.

Y luego se lanzó.

Se fue.

Así, sin más.

Desapareció entre las nubes.

Me quedé sin aire.

Los dragones no abandonan a sus jinetes.

Nunca.

La gente tardó medio segundo en entender lo que estaba pasando.

Después, todo el mundo a la vez.

Gritos.

Empujones.

Nombres que no escuché bien.

Alguien corriendo sin mirar.

Otro cayéndose.

—¡Cierren las puertas! —la voz del capitán cortó el ruido como una espada—. ¡Nadie sale del palacio!

Las puertas de hierro empezaron a moverse, lentas, pesadas.

Me chocaron por todos lados.

Un hombro contra el mío.

Luego alguien me pisó el pie sin siquiera mirarme.

Un hombre chocó contra mí tan fuerte que casi cae, lo sostuve de las manos y lo ayudé a levantarse.

—Gracias —escuché a ese hombre decir, pero ya estaba lejos.

Otro golpe por la espalda.

Un niño llorando a gritos.

Alguien diciendo algo sobre otro dragón en el cielo.

Yo solo intentaba no caer.

Y no perderme.

Retrocedí.

Luego otro paso.

Solo quería salir de ahí.

Entonces sentí el frío del metal en el cuello.

—Ni un paso más.

Me quedé quieta.

El capitán de la guardia real estaba frente a mí.

Más joven de lo que esperaba. Mucho más.

Pero no parecía nervioso. Ni siquiera un poco.

Eso era lo peor.

—Tu nombre —dijo.

—Grace.

Error, no debí haberle dicho mi nombre.

Sus ojos me recorrieron hasta detenerse en mis manos, y su expresión cambió.

Como si hubiera visto algo que no encajaba.

Se acercó y me agarró de la muñeca antes de que pudiera apartarme.

—¿De dónde sacaste esto?

Fruncí el ceño.

—¿Sacar qué?

Bajé la vista, tenía las manos manchadas de rojo oscuro.

Me quedé helada.

No recordaba haber tocado nada.

Ni a nadie.

Intenté limpiarlas contra la tela del vestido, como si eso pudiera arreglarlo.

—No... no lo sé —dije, y odié lo débil que sonó.

El capitán no apartó la mirada.

Me giró la mano un poco, como si buscara una respuesta en la piel.

Luego levantó la vista hacia los dragones de las torres.

Su mandíbula se tensó.

—Llévensela.

Dos soldados aparecieron detrás de mí antes de que pudiera reaccionar.

—¿Qué? ¡Yo no he hecho nada!

Nadie me escuchó.

Y mientras me arrastraban hacia el interior del palacio, la plaza seguía rompiéndose en pedazos detrás de mí.

Alguien me empujó otra vez sin querer.

Cuando miré hacia atrás, uno de los dragones seguía en la torre.

Mirándome.

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⏰ Last updated: Jul 26 ⏰

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