Escala inesperada

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​Desperté antes que la alarma, lo cual es raro. No sé si es por los nervios del viaje o por la cena de anoche. Doy volteretas en la cama; me rehusó a levantarme, pero tengo que hacerlo: debo encontrarme con mi familia en dos horas en el aeropuerto. Estuvimos ahorrando varios meses para poder hacer este viaje: París, Francia. Son 11 horas de vuelo y será en extremo cansado, sobre todo considerando que, apenas lleguemos a las 11:00 a. m., tenemos que mantenernos despiertos para superar el jet lag.
​Finalmente me levanto, tomo una ducha larga y relajante. Estoy nerviosa por el itinerario; solo vamos dos semanas de vacaciones, por lo cual cada miembro de la familia propuso los lugares que quería visitar y de ahí decidiremos qué día hacer qué. Vamos mis tres hermanas, mis dos sobrinos y yo. Mis sobrinos están muy insistentes en que visitemos el primer día el Parque de los Príncipes, y creo que eso haremos.
​Desayuno, me alisto, tomo mis maletas y conduzco al aeropuerto. Al llegar, toda mi familia ya está ahí. Sin mucha demora abordamos el avión, pero con la sorpresa de que tendríamos que hacer una escala debido a problemas técnicos en Madrid, España. Una parte de mí lo vio positivo, ya que me moría por estirar las piernas, y así fue: pasaríamos alrededor de tres horas en el aeropuerto. La aerolínea fue muy amable con nosotros; al ser mi hermana empleada de la empresa, nos dieron de cortesía acceso a un lounge VIP en caso de que quisiéramos ducharnos o simplemente descansar.
​Al entrar, solo había una persona: un hombre alto y muy guapo, he de decir. Tenía sus audífonos puestos y, al entrar, cruzamos miradas. Eso, por alguna razón, me dio mucha pena y creí sin más que la solución era no volverlo a mirar. Tomé asiento lejos de mi familia y saqué el libro que traía para el viaje. No sé si era mi imaginación, pero sentía su mirada. Intenté muchas veces voltear en su dirección, pero tenía tanta pena que no me atreví.
​El hombre duró acaso 30 minutos desde que llegamos y se fue. Cuando se levantó, al fin junté el valor para voltear a verlo y, para mi sorpresa, él también me estaba mirando. Pensé que lo más cortés de mi parte sería sonreír, y él respondió con una sonrisa también.
​Cuando se fue, sentí un alivio. Ser así de tímida es un verdadero pesar.
​El tiempo pasó, abordamos de vuelta y llegamos un poco tarde a nuestro destino. Decidimos solo comprar algo de cenar y pasar el rato cerca de donde nos hospedamos, en la Place de la République, solo lo suficiente para dormir a una hora decente, pues mañana iremos al Parque de los Príncipes por petición de mis sobrinos. No sé por qué, pero al intentar dormir me viene a la mente aquel hombre... Quizá debí actuar diferente.

Dembéle, el 10 en mi ItinerarioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora