-¡¿ESTÁN TODOS LISTOS?!
Las luces se encendieron de golpe.
Los gritos aumentaron hasta convertirse en una sola masa de ruido ensordecedora. El aire olía a alcohol, sudor y sangre seca. A mi derecha, la multitud comenzó a apartarse para abrir paso a mi oponente.
-¡En el lado derecho, con un peso aproximado de noventa kilogramos, el hombre que ha dominado este club durante meses! ¡El campeón! ¡El único... EL REY!
El público rugió.
No era difícil entender por qué.
Era enorme. Me sacaba casi una cabeza y tenía unos hombros capaces de tapar una puerta entera.
Pero como decía el dicho...
Cuanto más grandes son...
-¡Y en el lado izquierdo, el aspirante al título! ¡El hombre que intentará destronar al campeón! ¡T/N!
...más fuerte caen.
Los abucheos estallaron inmediatamente.
Silbidos.
Insultos.
Amenazas.
Venían de todas partes.
Mi sonrisa se ensanchó.
Eso era yo.
El caballo negro.
El tipo al que nadie quería ver ganar.
-¡PELEEN!
No esperé ni un segundo.
Me lancé hacia adelante antes de que terminara de bajar los brazos.
Mi primer jab impactó de lleno en su nariz.
El segundo en su mandíbula.
El tercero en las costillas.
Escuché el aire escapar de sus pulmones mientras retrocedía tambaleándose.
Intentó responder con un gancho, pero era demasiado lento.
Me agaché.
Golpe al hígado.
Golpe al estómago.
Golpe a la mandíbula.
Cada impacto hacía retroceder un poco más a aquel supuesto rey.
La multitud enloquecía.
No querían técnica.
No querían deporte.
Querían violencia.
Y yo estaba dispuesto a dársela.
Un último jab encontró su objetivo.
Su enorme cuerpo cayó de espaldas contra el suelo.
El golpe resonó por todo el club.
Pero aquí no había reglas.
Ni árbitros.
Ni cuentas regresivas.
Solo había un ganador y un perdedor.
-¡Más! ¡Más! ¡Más!
La multitud comenzó a corearme.
Más sangre.
