Amanecía en Mónaco con esa luz suave que solo existe en el Principado, filtrándose por las cortinas entreabiertas del apartamento de Charles. Él se despertó sin alarma, como siempre. El cuerpo ya sabía la hora. Se quedó unos segundos mirando el techo, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente, la sábana enredada en la cintura. Bostezó, se frotó los ojos con el dorso de la mano y se levantó.
Lo primero fue el agua. Siempre el agua. Se lavó la cara con agua fría, se pasó los dedos por el pelo sin peinarlo de verdad, solo para que no le cayera en los ojos. En la cocina puso el café a hacer mientras revisaba el teléfono apoyado contra la encimera.
Notificaciones de Ferrari, un mensaje de su hermano, otro de Antoine,el fotógrafo. Nada urgente. Tomó el café negro, de pie, mirando por la ventana el puerto todavía dormido. Se comió una tostada con mermelada de forma distraída, casi sin saborearla, porque la mente ya estaba en el circuito, en las telemetrías, en las curvas que todavía no había terminado de digerir del día anterior.
Se duchó rápido. Agua caliente primero, fría al final. Se secó el pelo con la toalla sin demasiado cuidado y se vistió con la misma naturalidad con la que respiraba: jeans oscuros, una camiseta blanca simple, la chaqueta del equipo encima. No se miró demasiado en el espejo. Solo lo suficiente para asegurarse de que no tenía nada raro en la cara. Charles nunca se daba cuenta de cómo se veía. De cómo la gente se quedaba mirándolo cuando pasaba. De la forma en que la luz le pegaba en los pómulos o de cómo la sonrisa perezosa de las mañanas hacía que más de uno se olvidara de lo que estaba haciendo.
Bajó al auto, se puso los auriculares y salió. La radio no le gustaba; prefería escuchar música clásica o las de piano que conocía de memoria. Conducía con una mano en el volante, la otra apoyada en la ventanilla, el codo afuera. Como si el mundo fuera un lugar tranquilo y él solo estuviera yendo a trabajar, o como si él no fuera uno de los pilotos de fórmula 1 más codiciado del mundo y solo fuese un oficinista...
Cuando llegó al paddock, el sol ya estaba más alto. El ruido de los motores de prueba, las conversaciones en varios idiomas, el olor a gasolina y café de máquina. Charles caminaba con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la cabeza ligeramente inclinada, saludando con un gesto de mentón a quien lo reconocía. No buscaba miradas. Las atraía igual.
Max estaba cerca de la entrada de Red Bull, hablando con alguien del equipo. Cuando vio a Charles, levantó una ceja y le hizo un gesto con la cabeza.
Charles se acercó sin pensarlo dos veces. Se detuvieron uno frente al otro, demasiado cerca para ser solo un saludo de pasillo.
—Buenos días, cabrón —dijo Max, con esa media sonrisa que siempre parecía un poco de burla y un poco de complicidad.
—Buenos días —contestó Charles, y la esquina de su boca se curvó. Hablaban en inglés, pero el acento de ambos se mezclaba como siempre—. ¿Dormiste o seguiste mirando telemetrías hasta las tres?
—Las dos y media. Mejoré. Tú pareces que sí dormiste.
—Un poco. El café hizo el resto.
Max se rio por lo bajo y le dio un suave empujón en el hombro con el dorso de la mano. Charles no se apartó. Se quedaron ahí, inclinados el uno hacia el otro, hablando de la curva 8, de cómo el viento había cambiado, de un setup que Max había probado y que Charles quería entender. Las voces bajaban y subían. Max gesticulaba cerca del pecho de Charles. Charles asentía y a veces le tocaba el brazo para enfatizar algo. Estaban tan cerca que cualquier persona que pasara tenía que rodearlos.
Carlos los vio desde el otro lado del pasillo.
Había salido de la hospitalidad de Williams con una botella de agua en la mano y la intención de ir a la sala de ingenieros. Se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco absurdo, como si alguien le hubiera metido un puño en el estómago. Los miró. A Max, con esa postura relajada, casi dueña del espacio. A Charles, con la cabeza inclinada hacia él, la sonrisa fácil, la proximidad que no parecía molestarle en absoluto.
Carlos apretó la botella. El plástico crujió bajo sus dedos.
No tenía sentido. Ya no eran compañeros. Ya no compartían garage, ni briefings, ni esas miradas de "te entiendo aunque no digamos nada" que habían tenido durante años. Charles estaba en Ferrari y él en Williams,ya que luego de que Lewis reemplazara a Carlos nada volvió a ser igual, pero Max... Max siempre había sido Max. El rival. El que empujaba. El que a veces se reía con Charles de una forma que a Carlos le resultaba demasiado natural.
Entonces, ¿por qué le enfermaba?
¿Por qué le picaba detrás de las costillas verlos tan cerca? ¿Por qué le molestaba esa facilidad con la que Charles se dejaba tocar el brazo, o la forma en que Max le hablaba bajito, como si el resto del paddock no existiera? Eran amigos. Todo el mundo lo sabía. Se respetaban. Se provocaban. Se entendían en la pista de una manera que a veces parecía casi injusta.
Carlos se obligó a seguir caminando, pero no pudo dejar de mirarlos de reojo. Charles se rio de algo que Max dijo. La risa era baja, genuina. Max le devolvió una sonrisa de lado y le dio un leve golpe en el pecho con los nudillos, como si sellara un acuerdo secreto.
Carlos sintió el gusto amargo en la boca.
Si solo eran amigos... ¿por qué le dolía tanto ver que Charles ya no necesitaba estar cerca de él para reírse así?
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Los Celos que Siento por Ti || Charlos
FanfictionCarlos y Charles fueron compañeros desde hacía 4 años...pero ahora Carlos estaba en Williams, y este aunque nunca lo admitió siempre tuvo algo, una chispa por lo menos por Charles, pero jamás lo dijo y siempre reprimió ese sentimiento, ahora que emp...
