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Guido apareció en la puerta de mi departamento como si fuera su casa. Llave en mano, el pelo todavía húmedo.

—¿Hay comida? —preguntó antes de saludar.

—Hola —dije, desde el sillón-. Sí. En la heladera. Como siempre.

Sonrió, esa sonrisa que conocía de memoria, y fue directo a la cocina.
Con él siempre fue asi.

Había aprendido su forma de moverse, el ruido que hacía cuando abría los cajones, cómo dejaba siempre la mochila tirada en cualquier lugar, aunque no fuera su casa. Había aprendido su cansancio, sus silencios, el humor raro después de los shows. También había aprendido que conmigo se permitía ser otra cosa. Más blando.

El Guido que no todos ven.

—Estoy muerto —dijo, volviendo con una cerveza-. ¿Puedo quedarme a dormir?

Me encogí de hombros.

—Si obvio.
Se dejó caer a mi lado. Su rodilla contra la mía. El brazo apoyado detrás de mi espalda.

—¿Todo bien? -me preguntó, mirándome de costado.

Asentí. Siempre decía que sí. No porque no tuviera cosas, sino porque hay cosas que ni tu mejor amigo podria entender.

Guido me miraba como se mira a una amiga. Con cariño, con confianza, con la tranquilida de quien no necesita nada, porque sabe que no hay nada por ganar. Yo sabía exactamente qué era para él. Su lugar seguro. Su descanso.
Su cuerpo conocido.

Después de un rato, sin que nadie lo decidiera, su mano terminó sobre mi pierna. No fue un gesto cargado de deseo, sino de costumbre. Como quien apoya la mano en algo que siempre estuvo ahí.

—Vení —dijo bajito.

Y fui. Su boca sabía a cerveza, a chicle, a él, a todo lo que me
resultaba familiar.

En la cama, en la oscuridad, yo cerré los ojos antes que él.

Porque mirarlo demasiado me hacía olvidar algo importante: que esto no era amor, o al menos no
ESE tipo amor.

Después, Guido se durmió rápido, respirando hondo, confiado. Yo me quedé despierta un rato más, mirando el techo.

Pensé —otra vez- que si alguien viera la escena desde afuera, podría confundirse. Dos cuerpos juntos, una intimidad que parecía pareja, una cercanía que no se improvisa.

No hubo palabras grandes ni promesas. Nunca las había. Nos besamos como siempre, con la naturalidad de algo que no se cuestiona.
Ambos queriamos. Era una regla implicita que en algun momento, hace muchos años, acordamos.

1. Sexo sin compromisos.
2. La amistad siempre ante cualquier cosa.
3. Si a los cuarenta llegabamos los dos solteros, nos casabamos.

Simple. Sin margen. Sin error.
Con el tiempo la relacion fue mutando, como todo lo que está en movimiento.

Al principio nos veiamos en alguna fiesta o un boliche у nos ibamos juntos. El no tenia la presion de tener que levantarse a una mina, yo no necesitaba seducir a nadie más. Otra vez, simple, sin margen, sin error.

Despues, cuando crecimos, nos volvimos mas cotidianos.
Esa necesidad que te agarra cerca de los treinta, cuando tuviste demasiado de todo en alos veinte y algun momento necesitas parar.

Ahi el pacto siguió, pero ahora ya no nos buscabamos en el medio de un boliche repleto de gente. El venia a mi casa buscando refugio, yo iba a su casa buscando respirar. Y en el medio de todo eso terminabamos asi, una noche cualquiera a mitad de la semana, durmiendo uno al lado del otro, en una imagen demasiado cotidiana.

Guido me quería.
Me deseaba.
Me necesitaba.

Pero no me miraba como a alguien que pudiera perder.

Y esa noche, mientras él dormía tranquilo a mi lado, entendí algo que me dio más miedo que
tristeza: el problema no era que no me eligiera.
El problema era que yo seguía quedándome.

El lugar que siempre fue mío Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora