Buenos Aires, Argentina.
Faltaban exactamente cuarenta y tres días para que comenzara el Mundial.
Cuarenta y tres días para que millones de personas dejaran de hablar de otra cosa.
Cuarenta y tres días para que cada entrenamiento, cada declaración, cada fotografía y cada gesto de los jugadores pudiera convertirse en noticia.
Y, aunque ellos todavía no lo sabían, también faltaban cuarenta y tres días para que sus vidas cambiaran por completo.
La Selección Argentina se preparaba para una nueva Copa del Mundo.
Los jugadores llegaban desde distintos clubes, países y realidades. Algunos cargaban con años de experiencia internacional. Otros apenas estaban comenzando a conocer lo que significaba vestir la camiseta celeste y blanca.
Había veteranos.
Había promesas.
Había egos.
Había amistades.
Había rivalidades.
Y, por supuesto, había demasiado tiempo libre para hacer estupideces.
El plantel se concentraba en Argentina durante las primeras semanas de preparación, antes de comenzar los viajes internacionales y la etapa final del torneo.
Entrenamientos a primera hora.
Reuniones tácticas.
Gimnasio.
Conferencias de prensa.
Entrevistas.
Campañas publicitarias.
Sesiones de fotos.
Contenido para redes.
Y nuevamente entrenamientos.
Todo estaba perfectamente organizado.
O al menos eso decía el cronograma.
Porque nadie había contado con María.
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María tenía veinte años y, hasta hacía un mes, su mayor preocupación laboral había sido conseguir que una publicación de Instagram de un club deportivo no pareciera escrita por un señor de cincuenta años que no atraía nada de público.
Ahora tenía delante una responsabilidad bastante más grande.
Ser la encargada de contenido digital de la Selección Argentina.
Su trabajo incluía administrar redes sociales, generar contenido durante entrenamientos, acompañar entrevistas, coordinar campañas con patrocinadores, producir material audiovisual y, en términos bastante simples, conseguir que veintitantos hombres adultos dejaran de hacer caras horribles cuando una cámara aparecía delante de ellos.
La parte técnica era fácil.
La convivencia no.
Porque María sería la única mujer dentro del grupo que pasaría prácticamente todo el día junto a los jugadores.
Desayunos.
Entrenamientos.
Viajes.
Hoteles.
Conferencias.
Eventos.
Aviones.
Tardes eternas esperando que terminara una sesión.
No tardó demasiado en convertirse en una presencia habitual.
Primero era simplemente "la de redes".
Después empezó a ser "María o la jefa".
Y, para cuando se dieron cuenta, ya estaba sentada en la mesa con ellos, discutiendo fútbol como si hubiera crecido encerrada en un vestuario.
No tardó en descubrir que cada jugador tenía una personalidad completamente diferente.
Estaba el que hacía bromas todo el tiempo.
El que dormía en cualquier lugar.
El que siempre llegaba cinco minutos tarde.
El que tenía veinte mil seguidores pero no sabía subir una historia.
El que hablaba demasiado.
El que prácticamente nunca hablaba.
El que se creía gracioso.
Y el que efectivamente era gracioso.
También estaban las parejas.
Las novias.
Las esposas.
Las "no sé qué somos, pero nos vemos todos los fines de semana".
Y las famosas casi algo.
María rápidamente descubrió que trabajar rodeada de hombres era sencillo.
Trabajar rodeada de hombres que tenían relaciones sentimentales complicadas era otra historia.
Algunas chicas terminaron adorándola.
Otras simplemente la toleraban.
Y hubo una que nunca terminó de confiar en ella.
La chica con la que Julián tenía una relación que nadie sabía muy bien cómo definir.
Porque oficialmente no eran novios.
Pero tampoco eran exactamente amigos.
Y, aunque María no tenía ningún interés en meterse en esa historia, parecía que la existencia misma de ella dentro del plantel era suficiente para incomodarla.
Al principio, María no le dio demasiada importancia.
Tenía demasiado trabajo.
Además, Julián tampoco parecía interesado en ella.
O eso creía.
Porque el problema con los sentimientos no era que aparecieran de golpe.
Era que podían esconderse durante semanas detrás de una amistad.
Detrás de una broma.
Detrás de un "¿comiste?"
Detrás de un "avisame cuando llegues".
Detrás de una mirada que duraba un segundo más de lo necesario.
Y cuando finalmente alguien se daba cuenta...
ya era demasiado tarde.
