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Capítulo 1

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"Dicen que las flores de cerezo solo florecen una vez al año. Pero eso no es cierto. Las mías nacían cada vez que mi corazón se rompía."

La primera vez que ocurrió tenía ocho años. Lloré hasta quedarme sin fuerzas, convencida de que el mundo jamás volvería a ser un lugar seguro. Entonces vi un pequeño brote rosado abrirse entre la tierra húmeda, justo donde había caído una de mis lágrimas. 

Pensé que lo había imaginado. 

Con los años comprendí que no. Cada lágrima que escapaba de mis ojos dejaba una flor de cerezo a su paso. Era un secreto que jamás pude contar. Porque ¿quién creería a una muchacha cuyas lágrimas hacían florecer la tierra?

Mi nombre es Scarleth. Y esta no es la historia de cómo encontré el amor.

Es la historia de cómo aprendí que incluso las almas más heridas pueden crear la magia más hermosa.

Desde niña aprendí que algunas personas nacen destinadas a ser felices y otras simplemente aprenden a sobrevivir. Yo pertenecía al segundo grupo. No recuerdo el primer día en que lloré. Pero sí recuerdo el primero en que dejé de creer que alguien volvería por mí.

Con el tiempo comprendí que las heridas no siempre dejan cicatrices en la piel. Algunas crecen en lugares que nadie puede ver. Por eso sonreía. Porque era más sencillo regalar una sonrisa que explicar por qué había noches en las que sentía que el pecho me pesaba tanto que apenas podía respirar.

Mi refugio siempre fueron los libros. Mientras los demás soñaban con bailes, coronas o grandes fiestas, yo soñaba con reinos lejanos, bosques encantados y héroes que encontraban la luz incluso después de caminar entre las sombras.

Quizás por eso nunca dejé de creer que, en algún rincón del mundo, la magia seguía existiendo. Solo que aún no sabía que llevaba una parte de ella dentro de mí.

Esa noche lloré como nunca antes había llorado. No era por una sola razón. Nadie llora de esa manera por un único motivo. Lloraba por todas las despedidas que jamás entendí.

Por todas las promesas que se rompieron antes de cumplirse. Por las palabras que nunca escuché. Por las personas que un día juraron quedarse y, aun así, eligieron marcharse.

Había aprendido que el abandono no siempre llega con un adiós. A veces llega en silencio.

A veces se instala poco a poco, hasta convencerte de que no eres suficiente para que alguien permanezca. Aquella noche sentía que mi corazón cargaba demasiados inviernos. Y ya no sabía cuánto más podría resistir.

Las lágrimas caían sin descanso.

El viento acariciaba las hojas de los cerezos que rodeaban el lago.

La luna derramaba su luz sobre la superficie del agua, tiñéndola de plata.

Sobre nosotros, miles de estrellas observaban en silencio.

Siempre me refugiaba allí. 

Lejos del reino. 

Lejos de las voces.

Lejos de las personas.

Solo existíamos la naturaleza y yo.

Respiré profundamente intentando calmar el dolor que apretaba mi pecho. A veces me preguntaba si las estrellas podían escuchar los deseos de quienes ya no tenían fuerzas para seguir.

Cerré los ojos.

No sabía cuánto tiempo permanecí allí, inmóvil, dejando que mis lágrimas cayeran sobre la tierra húmeda.

Lo que nunca imaginé...

Era que no estaba sola.

Entre las sombras del bosque, oculto por los antiguos robles, alguien observaba en silencio.

No dio un solo paso.

No pronunció una sola palabra.

Solo permaneció allí.

Y por primera vez, no fui la única testigo de las flores que nacían de mis lágrimas. 

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⏰ Last updated: Jul 25 ⏰

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