Linea de carrera

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El sonido de las herramientas chocando contra el metal era tan constante que el silencio parecía un recuerdo lejano.

El olor a gasolina, aceite y neumáticos nuevos impregnaba cada rincón del taller, mezclándose con el humo de un café que llevaba demasiado tiempo sobre una mesa llena de tornillos, llaves inglesas y piezas de motor.

Desde fuera, Black Line Garage parecía un taller cualquiera. Una persiana negra, un cartel desgastado y un par de motos estacionadas en la entrada bastaban para convencer a cualquiera de que allí solo se reparaban averías.

Pero quienes cruzaban aquella puerta sabían que el verdadero trabajo comenzaba cuando caía la noche.

Acostado debajo de una motocicleta negra, Fermín López apretaba un tornillo con una llave inglesa mientras tarareaba una canción que sonaba a través de un pequeño altavoz apoyado sobre una estantería.

-¿Vas a seguir ahí parado o piensas ayudar? -preguntó sin apartar la vista del motor.

A pocos metros de él, Pedri González giraba distraídamente su casco entre las manos, sentado sobre un banco de madera.

-Te estoy haciendo compañía.

-No, me estás poniendo nervioso.

Pedri dejó escapar una risa por lo bajo.

-Siempre dices lo mismo.

-Porque siempre haces lo mismo.

Fermín salió de debajo de la moto con un suspiro, limpiándose las manos con un trapo ya completamente manchado de grasa.

-¿Estás listo para esta noche?

Pedri levantó el casco y sonrió apenas.

-Nací listo.

Fermín arqueó una ceja.

-Eso mismo dijiste la última vez... y casi terminas estampado contra una farola.

-Pero no me estampé.

-Porque tuviste suerte.

Pedri se encogió de hombros.

-La suerte también cuenta.

Fermín negó con la cabeza mientras soltaba una pequeña carcajada.

-No. Lo que cuenta es que algún día vas a hacerme perder diez años de vida.

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El rugido de una moto rompió el ambiente tranquilo del taller, seguido casi de inmediato por el de una segunda.

Pedri levantó la vista por encima de su casco.

Fermín ni siquiera se molestó en mirar hacia la entrada.

-Ya llegaron...

La persiana metálica comenzó a subir con un chirrido y dos figuras cruzaron la puerta.

Ferran Torres fue el primero en entrar. Se quitó el casco de un solo movimiento, revolviendo su cabello con la mano antes de colgar los guantes en el bolsillo de su chaqueta de cuero.

Detrás de él apareció Iñigo Martínez, mucho más relajado, cargando el casco bajo el brazo mientras observaba el taller.

Ferran apenas dio dos pasos cuando sus ojos se encontraron con los de Pedri.

Una sonrisa burlona apareció en su rostro.

-Vaya... pensé que hoy también ibas a llegar tarde.

Pedri dejó el casco sobre la mesa sin apartar la mirada.

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