Hoy me desperté un poco más temprano de lo habitual.
Abrí los ojos despacio y me quedé unos segundos mirando el techo de mi habitación, intentando recordar qué hora era. Afuera apenas comenzaba a amanecer. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana e iluminaban lentamente las paredes, mientras el canto de algunos pájaros rompía el silencio de la mañana.
Había vuelto a pasar.
Otra vez no había podido dormir bien.
Llevaba varios días despertándome de la misma manera: con una extraña sensación en el pecho y la impresión de haber olvidado algo importante. Algo que, por más que intentara recordar, desaparecía apenas abría los ojos.
Siempre era el mismo sueño.
Un pasillo largo.
Demasiado largo.
Luces blancas.
Gente corriendo.
Y una voz que me gritaba desesperadamente que me fuera.
Nunca lograba recordar mucho más.
Cada vez que intentaba aferrarme a esos recuerdos, se desvanecían como humo entre los dedos.
Suspiré con cansancio y me incorporé lentamente sobre la cama. Me pasé una mano por el rostro para despejarme y, después de estirarme un poco, me levanté.
El piso estaba frío bajo mis pies.
Abrí las cortinas y miré hacia afuera.
El pueblo todavía despertaba. Algunas personas caminaban tranquilamente por la vereda, un hombre acomodaba las mesas del pequeño café que quedaba frente a la plaza y una suave brisa movía las hojas de los árboles.
Era una mañana completamente normal.
O al menos eso intentaba convencerme.
Me cambié de ropa, até mi cabello en una coleta improvisada y bajé las escaleras todavía medio dormida.
Apenas llegué al primer piso, el aroma del café recién hecho invadió toda la casa.
Sonreí sin darme cuenta.
Ese olor siempre conseguía hacerme sentir en casa.
Seguí el aroma hasta la cocina, donde mi tía ya estaba preparando el desayuno, como todas las mañanas. Se movía de un lado a otro con la naturalidad de quien llevaba años repitiendo la misma rutina. Sobre la mesa ya había dos tazas, unas tostadas recién hechas y un pequeño frasco de mermelada.
Era la única figura materna que había tenido.
Después de la muerte de mi mamá, fue ella quien se hizo cargo de mí. Me enseñó a cocinar, me ayudó con las tareas del colegio cuando era chica y estuvo presente en cada momento importante de mi vida. Nunca intentó ocupar el lugar de mi madre, pero tampoco permitió que sintiera su ausencia más de lo necesario.
Para mí, ella era simplemente mi hogar.
Al escuchar mis pasos, levantó la vista y sonrió.
-Buenos días, corazón.
Se acercó para darme un abrazo.
-Buenos días... -respondí todavía con la voz un poco dormida.
Le devolví el abrazo y luego tomé una de las tazas para servirme café.
Mientras el líquido caía lentamente, sentí la mirada de mi tía sobre mí.
No dijo nada al principio.
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SI DECIDES RECORDARME
عاطفيّةSi un día despiertas sin recordar al amor de tu vida... ¿Cómo sabrías que aún te está buscando? "Si algún día me olvidas... yo recordaré por los dos."
