introducción

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Minho y Haerin eran la pareja ideal; ambos eran estudiantes y la falta de dinero nunca fue un problema. Pasaron años juntos, el tiempo suficiente para que conocieran cada mirada, cada suspiro y cada silencio. Con el tiempo la idea del matrimonio parecía inevitable.

Construyeron sueños juntos en departamentos viejos y restaurantes callejeros, pero el destino tenía otros planes. Ella enfermó.
El diagnóstico llegó silencioso y definitivo, destruyendo dos mundos en una tarde. Haerin sabía que si le decía, él gastaría el último centavo, sacrificaría su futuro por tratamientos y milagros que nunca llegarían.

Tomó una decisión: terminar.
No fue suave, porque si lo hacía no podría irse.
Entre lágrimas y de rodillas, Minho pidió una explicación; mirando a los ojos al hombre que amaba, ella soltó:
-"Eres pobre."-

Esa frase lo atravesó. Él siguió rogando, pidiendo que fuera una broma. Y aunque fuera una mentira para tapar la verdad, ella no lo miró: se fue con el corazón rompiéndose con cada paso, cada uno más pesado que el otro.

Pasaron los años. Haerin no supo qué pasó con aquel hombre y él nunca la olvidó. Minho se volvió heredero de su familia cuando su abuelo murió; de la noche a la mañana se convirtió en una de las personas más importantes del país. Cuando la encontró, vino el matrimonio: no por amor, sino por venganza. Una prisión envuelta en oro. Haerin lo sabía y lo permitía, sabiendo que merecía cada gramo de odio.

Minho rara vez volvía a casa, y cuando lo hacía tenía una mujer diferente en su brazo, un aroma distinto, un nombre que olvidaría de la noche a la mañana. Sin embargo, ella nunca se quejaba, pensando que se lo merecía, recordando cómo él suplicó otra oportunidad y, con frialdad, ella lo ignoró. Minho no era abiertamente frío -no porque no quisiera-; era porque una parte escondida de él aún no olvidaba al amor de su vida; en cambio, dominaba la indiferencia.

Finalmente en casa Stories to obsess over. Discover now