Regla N.º 1:Un guardaespaldas siempre camina un paso delante de la persona que protege. No para guiarla, para recibir primero la bala.
Antes de empezar, dejame hacerte una pregunta.
|¿Alguna vez te preguntaste cuánto tarda un hombre en romper la promesa más importante de su vida? Yo tardé treinta segundos.|
Y si hubiera sabido todo lo que iba a perder después de ese instante... probablemente habría roto mi propia regla y habría dado media vuelta.
Noah todavía no llegó a entender por qué yo caminaba siempre un paso delante de ella; nunca dos, nunca tres, siempre uno. Durante meses creyó que era una cuestión de ego; después pensó que simplemente hacía bien mi trabajo. La verdad era mucho más simple: ese paso existía para que, si alguien disparaba, la bala me encontrara primero a mí.
No era heroísmo. Era entrenamiento, y también una costumbre demasiado difícil de abandonar.
—No —mi voz la detuvo antes de que cruzara la calle.
—¿Perdón?
—No vas por ahí.
Giró con esa sonrisa irónica que todavía no había aprendido a ignorar.
—¿También decidís por dónde camino?
No respondí. Mis ojos recorrían las ventanas, las terrazas, los espejos de los autos y cualquier lugar desde donde pudiera aparecer una amenaza. La lluvia todavía no había empezado, pero el olor del asfalto anunciaba la tormenta.
|No cometas el error de pensar que un guardaespaldas observa a la persona que protege. Observa todo lo demás; a ella ya la conozco de memoria.|
Permanecí inmóvil, con el saco perfectamente abotonado. Noah solía decir que la gente me miraba dos veces. Nunca entendí por qué.
Quizá porque los años terminan enseñándole a un hombre a parecer más peligroso de lo que realmente es. O quizá porque algunos aprendemos a vivir sin bajar la guardia.
—Cinco minutos.
Frunció el ceño. —¿Qué?
—Cinco minutos para entrar, hacer la entrevista y salir.
—No soy un paquete.
Sostuve el silencio unos segundos y respondí —Lo sé.
Otra pausa.
—Pero sos mi responsabilidad —mentí.
Eso era lo que me repetía desde hacía dos semanas. Era mucho más fácil llamarla "responsabilidad" que admitir que empezaba a preocuparme por ella más de lo necesario.
Entramos al edificio. El aire acondicionado borró de golpe el olor a lluvia que traíamos de la calle y lo reemplazó por perfume caro, whisky y sonrisas ensayadas. Nunca me gustaron las galas benéficas; la gente iba convencida de que el peligro solo existía en los barrios equivocados, sin saber que los hombres más peligrosos casi siempre usaban trajes a medida.
Noah, en cambio, parecía sentirse en su ambiente. En menos de un minuto ya estaba saludando a un empresario, sonriendo a una diputada y haciendo preguntas que incomodaban incluso antes de ser respondidas.
¿Querés saber qué fue lo primero que admiré de ella? Su valentía. ¿Y lo segundo? Su incapacidad para medir las consecuencias. Una combinación terrible para alguien que necesitaba seguir con vida.
Mientras ella trabajaba, yo hacía lo único que sabía hacer, contar. Seis salidas, tres accesos de servicio, dos cámaras con puntos ciegos, un custodio armado, ningún francotirador visible. El mozo de la mesa principal llevaba el uniforme apenas un talle más grande de lo normal. Lo anoté mentalmente, no porque fuera importante, sino porque en mi trabajo todo podía serlo.
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Bajo mi Protección
RomanceSi encontraste esta historia... ¿Seguro quieres saber lo que hice para perderme? Mi nombre es Adrián Varek. Me enseñaron que un guardaespaldas sobrevive gracias a sus reglas: no confiar, no distraerse, no involucrarse y, sobre todo, jamás enamorarse...
