Capítulo 1: El secreto que nunca debió salir

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El insistente sonido de la alarma rompió el silencio de la habitación por tercera vez.

Nobita abrió los ojos con dificultad y, durante unos segundos, permaneció inmóvil, observando el techo. La lluvia golpeaba suavemente la ventana, convirtiendo aquella mañana en una más de tantas... o al menos eso quería creer.

El reloj marcaba las 6:10 a. m.

Llevaba varias semanas despertando con la misma sensación: un peso insoportable sobre el pecho y un miedo que se negaba a desaparecer. Era un presentimiento difícil de explicar, como si algo estuviera esperando el momento perfecto para derrumbar la vida que tanto esfuerzo le había costado mantener en secreto.

Con un suspiro cansado, giró la cabeza hacia la mesa de noche.

El pequeño frasco blanco seguía donde lo había dejado la noche anterior.

Lo tomó por simple costumbre y lo agitó cerca de su oído.

Ningún sonido.

Frunció el ceño. Destapó el envase y lo inclinó sobre la palma de su mano.

Nada.

El estómago se le encogió de inmediato.

—No... —murmuró con la voz apenas audible.

Revisó el interior una segunda vez, como si esperara que una cápsula apareciera por arte de magia.

Vacío.

El aire pareció hacerse más pesado.

Había olvidado comprar otra caja de supresores.

Se llevó una mano al rostro intentando mantener la calma. No podía entrar en pánico. Tal vez aún tenía tiempo para conseguir una nueva dosis después de clases.

Tenía que funcionar.

Porque si no lo hacía...

No quiso terminar ese pensamiento.

La Academia Shirogane estaba más ruidosa de lo habitual.

Los preparativos para el festival deportivo habían reunido a estudiantes de distintos cursos desde muy temprano. Los pasillos rebosaban de conversaciones, risas y el constante ir y venir de profesores organizando las actividades del día.

Para cualquier alumno era solo un evento escolar.

Para Nobita, significaba un problema.

Demasiados alfas.

Demasiada gente.

Demasiadas posibilidades de que algo saliera mal.

Bajó la cabeza y caminó con rapidez hacia su salón procurando pasar desapercibido. Era algo que había aprendido a hacer desde hacía años.

No llamar la atención.

No quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.

No permitir que nadie se acercara lo suficiente.

Era agotador... pero había funcionado hasta ahora.

—¡Buenos días, Dekisugi!

La voz alegre de una estudiante hizo que varios levantaran la vista.

Nobita también lo hizo por reflejo.

Al final del pasillo, Dekisugi cerró el libro que llevaba entre las manos y respondió con una sonrisa tranquila.

—Buenos días.

Como siempre, bastó esa simple respuesta para atraer la atención de todos.

Una compañera se acercó sosteniendo una carpeta azul contra el pecho.

—¿Terminaste el proyecto de ciencias?

—Lo terminé anoche. Si quieres, puedo prestártelo para que revises la estructura antes de entregarlo.

La chica sonrió con evidente alivio.

—¡Eres un salvavidas! Gracias.

—No es nada.

Era igual que siempre.

Educado.

Amable.

Paciente.

Perfecto.

Nobita desvió la mirada antes de que Dekisugi pudiera notar que lo estaba observando. No era que le desagradara; al contrario. Admiraba lo fácil que parecía resultarle todo. Mientras él vivía escondiendo una parte de sí mismo, Dekisugi caminaba por la escuela con una seguridad que parecía inquebrantable.

«Qué suerte tiene...», pensó.

No sabía cuán equivocado estaba.

Las horas transcurrieron con una lentitud desesperante.

A medida que avanzaba la mañana, Nobita comenzó a sentirse extraño.

Primero fue un ligero mareo.

Después, un calor incómodo que recorría lentamente su cuerpo.

Apretó con fuerza el borde del pupitre intentando concentrarse en la explicación del profesor, pero las palabras llegaban a sus oídos completamente desordenadas.

No.

Todavía era demasiado pronto.

No podía estar ocurriendo.

En cuanto sonó el timbre del descanso, salió del salón sin esperar a nadie.

Necesitaba un lugar donde pudiera estar solo.

Terminó refugiándose en un viejo almacén que casi nunca era utilizado por los estudiantes.

Cerró la puerta con cuidado y apoyó la espalda contra la madera.

Respiró hondo una, dos, tres veces.

No sirvió de nada.

Con manos temblorosas abrió su mochila buscando cualquier cosa que pudiera ayudarlo.

Vacía.

Solo encontró el mismo frasco blanco que había dejado sobre su mesa aquella mañana.

Lo observó durante unos segundos antes de soltar una risa amarga.

—Qué oportuno...

El silencio del almacén hizo que esas palabras sonaran más tristes de lo que esperaba.

Fuera del salón todo seguía igual.

Las voces de los estudiantes.

Las risas.

Los silbatos de los profesores.

Nadie sabía lo que ocurría al otro lado de aquella puerta.

Nadie...

Todavía.

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