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⏤ uno ✧

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El despertador suena a las cinco de la mañana, como todos los días, y Soobin ya está despierto antes de que el primer pitido atraviese el silencio de su pequeño departamento. Lleva años madrugando, años en los que su cuerpo aprendió a anticiparse al sonido metálico y estridente del reloj, como si supiera que el día no puede esperar, que la masa necesita tiempo para reposar y que los sueños, por más dulces que sean, no se hornean solos.

Apaga el despertador con un movimiento preciso, sin abrir los ojos todavía. Unos segundos más. Solo unos segundos más en la penumbra tibia de su cama, con las sábanas enredadas en sus piernas y el olor a lavanda que siempre deja el suavizante que compra en el supermercado de la esquina. La luz del amanecer se cuela por la rendija de la cortina, esa cortina de color rosa pálido que eligió con tanto cuidado porque le recordaba al algodón de azúcar de las ferias, y pinta una línea dorada y suave en la pared blanca de su habitación.

Soobin abre los ojos lentamente, parpadea dos veces para acostumbrarse a la claridad y sonríe. No sabe por qué sonríe, tal vez porque el día comienza y eso siempre es un regalo, tal vez porque anoche soñó con algo bonito que ya no recuerda, o tal vez porque la vida, a pesar de todo, sigue teniendo momentos que valen la pena. Se estira como un gato, arqueando la espalda y extendiendo los brazos por encima de su cabeza, y siente cómo los huesos crujen suavemente, cómo la sangre comienza a circular con más fuerza, cómo el cuerpo se despide del descanso y se prepara para la rutina.

Se levanta y sus pies descalzos encuentran el piso de madera frío, pero a él no le importa. Le gusta esa sensación de contacto con el suelo, de estar anclado a la tierra antes de flotar entre harinas y azúcares y cremas batidas. Camina hacia el baño con pasos aún somnolientos, pasando frente al espejo que cuelga en el pasillo, y se detiene un segundo para mirarse. Su cabello rosa está hecho un desastre, revuelto y enmarañado como un nido de pájaro, pero a él le parece entrañable. Ese color rosa que eligió hace un año, después de mucho pensarlo, después de semanas de dudar y de preguntarse si sería demasiado, si llamaría demasiado la atención. Pero un día simplemente fue y lo hizo, y desde entonces no ha vuelto a mirar atrás.

—Buenos días, Soobin —se dice a sí mismo en voz baja, y su voz suena ronca y cálida en el silencio de la mañana.

Se ducha con agua caliente, dejando que el vapor llene el baño y empañe el espejo, y cuando sale envuelto en una toalla, el cabello rosa gotea sobre sus hombros y forma pequeñas manchas oscuras en la tela. Se seca con cuidado, con movimientos lentos y meticulosos, como si cada mechón mereciera atención, y luego se aplica la crema que usa siempre, la que huele a fresas y que le recuerda a los días de su infancia en la pastelería de su abuelo.

El armario está abierto y Soobin lo mira con la misma seriedad con la que un pintor observa un lienzo en blanco. Tiene muchas opciones, muchas faldas de distintos colores y largos, muchas blusas con lazos y volantes, pero hoy, sin saber por qué, sus dedos van directo a la falda plisada de color rosa claro. La que tiene el dobladillo con un pequeño bordado de flores que él mismo hizo una noche de insomnio. La que le gusta más, la que siempre lo hace sentir como él mismo, como la versión de Soobin que quiere mostrar al mundo. La toma con cuidado y la sostiene contra su cuerpo, mirándose en el espejo del armario.

—Hoy es un buen día para esta —murmura, y no sabe si se lo dice a su reflejo o a la falda misma, pero la certeza en su voz es innegable.

Se viste con lentitud, casi con ceremonia. Primero la blusa blanca con el cuello redondo y las mangas anchas que se abren como campanas, después la falda plisada que se ajusta a su cintura con un lazo que anuda con precisión, y finalmente los calcetines altos hasta la rodilla y los zapatos negros de hebilla que compró en una tienda de segunda mano y que son sus favoritos. Se mira en el espejo de cuerpo entero y gira sobre sí mismo, viendo cómo la falda se levanta y gira y cae de nuevo con un movimiento fluido y elegante. Sonríe. Esa es la sonrisa que solo aparece cuando se siente completo, cuando la ropa que lleva no es solo tela sino una extensión de su identidad.

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⏰ Last updated: Jul 22 ⏰

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