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No era novedad para Alma estar una siesta enterrada en la silla de la recepción, toqueteando teclas repetitivamente para llenar planillas de excel, y deseando que esta vez los jugadores sean más responsables. No se encargaba de toda mantener contenta a toda la Asociación, sino de prever hacerlo con la suficiente antelación para después poder dedicar todo su tiempo al plantel de la selección.

El ego que tenían esos hombres no era novedad para nadie, mucho menos para ella, pero aún así le irritaba que se manejaran así en todos los ámbitos de la vida. Había estado esperandolos toda la semana. Solo tenían la tarea de acercarse a recepción después de algún entrenamiento, elegir su habitación e irse por donde vinieron. Era así de fácil, y a la vez tan estúpido tener que esperarlos para eso, pero si no lo hacía, después tenía que estar recibiendo quejas por mensaje, lo que significaba que iba a tener que pelearse con los hoteles para que le cambien las habitaciones a último momento.

El que más solía hacerle eso era el Papu, por eso agradeció cuando lo dejaron de convocar. El siguiente en la lista era uno del dúo promesa, Enzo Fernández. Ese chico nunca jamás en la vida se acercó a recepción, y Alma cada vez confirmaba más su juicio previo. Decía que seguramente él se creía demasiado superior y ocupado para poder tomarse 5 segundos mundanos así elegir una habitación.

Tampoco se la podía contradecir ni darle el beneficio de la duda a él, que solo mandaba a su representante a quejarse con ella por WhatsApp.

Ya se estaba acercando su horario de salida cuando escuchó voces retumbar en la entrada. La puerta corrediza de vidrio de abrió y dividó a cuatro jugadores ingresar al hilo. Venían hablando entre ellos a los gritos, riéndose por algo que al parecer había pasado en el entrenamiento.

Apenas se percató de su presencia, se reincorporó en su silla e intentó poner la mejor cara posible. Tampoco iba a regalarse para que se quejen de ella por mala atención al cliente. Porque ella estaba muy segura de que eran capaces. Esos egos los podían llevar a cualquier lado sin pensar en las consecuencias.

Lisandro fue el primero en llegar a la barra de recepción. Venía distraído respondiéndole algo a Cristian, que unos pasos más atrás le seguía hablando. Cuando se apoyó en la madera gris recién la miró.

La sonrisa que le regaló era la misma de cada vez que se encontraban en esa situación. Él era muy comprensivo, no la hacía perder tiempo, así que era el primero en venir siempre que recibían la notificación.

Lo sorprendente era que estuviera acompañado por tres más. Cristian Romero, que seguía unos pasos atrás, rascándose detrás de la oreja mientras miraba hacia el pasillo. Después estaba Alexis MacAllister, quién estaba igual de perdido en su celular que Enzo Fernández. Esa era la mayor sorpresa de todas. Enzo estaba ahí, de pie, con la camiseta colgada al hombro y el torso transpirado por el entrenamiento.

—Buenas, Alma. ¿Puede ser que me necesitabas? —apoyó el cachete en su mano, mirándola con la cabeza ladeada.

Alma le sonrió apenas. Lo más profesional y amigable posible, sin romper la distancia que buscaba imponer siempre para que nadie la malinterprete. Aunque en el caso de Lisandro, era él quién se había aprendido su nombre y cada vez que andaba por ese edificio no perdía oportunidad de saludarla.

—Lisandro. —Asintió en forma de saludo, girando un poco su monitor para dejarlo a la vista de los demás. —Sí, justo estaba en eso. El hotel está esperando la confirmación de las habitaciones, así que te muestro acá y me decís cuál querés. ¿Tenés algún requerimiento en especial o...? —dejó de gesticular para mirarlo a los ojos.

Lisandro negó con la cabeza y entrecerró los ojos para observar la pantalla, como si entendiera algo de todas esas opciones en pantalla.

—Uh, me matás. Nah, ninguna. Poneme en esa nomás —señaló un punto al azar en la pantalla. —Mientras tenga minibar, estoy. —Le sonrió buscando complicidad en los ojos miel de la morocha.

AGRIDULCE | Enzo FernándezStories to obsess over. Discover now