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DA FUNK

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"Hace años dejé de creer en las coincidencias. Cuando alguien aparece en el momento exacto... es porque alguien pagó para que estuviera ahí."

El bajo de los altavoces seguía machacando las paredes con los acordes sucios, repetitivos y metálicos de "Da Funk" de Daft Punk, pero para mí, todo se redujo al sonido de tus pasos sobre el mármol del vestíbulo.

No necesitabas una placa, ni bendiciones de ninguna agencia gubernamental, ni un maldito maletín lleno de muestras de un nuevo patógeno de laboratorio para hacer que la temperatura en la sala bajara de golpe. Qué tierno. Llevabas algo mucho más aburrido: un contrato firmado y un adelanto en la cuenta bancaria.

Los años en este maldito oficio te curten el pellejo, te enseñan a oler el peligro antes de que siquiera piense en doblar la esquina. Pero lo tuyo era una categoría aparte. No olías a miedo, ni a desesperación —qué va, eso sería demasiado humano—. Olías a pólvora fría, a asfalto mojado y a esa clase de profesionalismo de baratillo que cree que puede comprar mi cabeza por el precio correcto, todo mientras la melodía electrónica seguía sonando de fondo como la banda sonora más cínica posible.

Berlín.

La maldita palabra volvió a rasparme la garganta, dejándome el mismo sabor a bilis y metal oxidado de aquella noche. El edificio cayéndose a pedazos. El humo tan espeso que parecía masticable. El destello azulado de un dispositivo que me importaba una absoluta mierda desactivar a tiempo. Y tú, cruzando el umbral hacia el colapso con la graciosa ilusión de que ibas a cobrar un cheque por eliminarme.

Nadie me escoltaba. No había un equipo táctico cubriéndome la espalda, ni un grupo de niñeras corporativas esperando mis órdenes por radio. Estaba solo en esa mesa, exactamente igual que siempre, disfrutando de la paz de saber que alguien gastó una fortuna solo para intentar poner fin a mis días, con el sintetizador de "Da Funk" rebotando en el fondo del local. Las reglas de este juego son muy simples: cuando pagan por tu cabeza, das la cara tú mismo... o te sientas a esperar que el ataúd te quede a la medida.

Te vi detenerte a un jodido metro de mi mesa de cristal.

El hielo de mi vaso ya se había derretido por completo, convirtiendo el whisky en agua sucia. Las luces estroboscópicas del techo pasaban del rojo al azul, iluminando con total crueldad los cortes frescos en tu mejilla izquierda. Qué valiente sicaria. Heridas de hace menos de veinticuatro horas. Casi me dan ganas de aplaudir al compás del bajo.

—Vienes con prisa —dije rompiendo el silencio, dejando escapar una risa seca, corta y completamente desprovista de gracia, mientras mantenía los músculos listos para romperte el cuello si hacías un solo movimiento en falso—. Y lo peor de todo es que tenías mi ubicación exacta. Mira nada qué buena inversora. Supongo que el cliente pagó extra por la exclusividad.

Levantaste la barbilla, intentando mantener la compostura mientras la música seguía su curso inexorable. Por fin cruzamos la mirada de verdad. Ninguno de los dos parpadeó, aunque apuesto a que a ti te arden más los ojos sabiendo que el encargo no va a salir como planeabas.

—Pusieron un buen precio por ti, León —respondiste por fin. Tu vocecita sonó exactamente igual a como la recordaba entre las detonaciones: firme, áspera, con ese patético eco de quien cree que va a cumplir su cuota del mes—. Y tú tampoco sabes la mitad de lo que pasó en Berlín.

Me quedé en silencio un segundo, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida, pura burla destilada.

—¿Ah, sí? —contesté, apoyando el peso de mi espalda contra el respaldo del sillón, saboreando el sarcasmo—. Qué coincidencia. A mí tampoco me importa una mierda cuánto te ofrecieron.

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