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Azul infinito

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El olor a tatami viejo y al plástico recalentado de la consola llenaba el dormitorio de Suguru. En la pantalla del televisor de tubo, los personajes de Street Fighter se daban de palos con un ruido de fondo distorsionado que servía de metrónomo para la tarde.

Satoru estaba tirado boca arriba en el suelo, con las piernas largas cruzadas sobre la cama de Suguru y el mando de la consola apoyado en el pecho. Llevaba el uniforme desabrochado y los ojos al descubierto; sin las gafas oscuras ni las vendas, sus ojos parecían dos fragmentos de cielo helado mirando al techo. El pelo, libre de la gomina que usaba para las misiones, caía lacio y despeinado sobre su frente, haciéndolo parecer menos el "hechicero más fuerte" y más el adolescente de diecisiete años que se negaba a madurar.
Suguru, sentado con la espalda apoyada en la pared y los ojos fijos en la pantalla, machacaba los botones con una calma letal.

—Vas a perder, Satoru. Otra vez.

—La culpa es del mando, este joystick está flojo —protestó Satoru, aunque ni siquiera estaba mirando la pantalla. Dejó escapar un suspiro largo, dramático, de esos que usaba cuando quería llamar la atención—. Oye, Suguru.

—Dime.

—Los viejos del clan Gojo me están tocando los cojones otra vez con lo de la sucesión. El mes que viene quieren que empiece a conocer a candidatas. Ya sabes, matrimonios arreglados para mantener el linaje del Ilimitado puro y toda esa mierda tradicionalista que huele a cerrado.
Suguru no apartó la vista de la pantalla, pero sus cejas se contrajeron levemente.

Un KO resonó en el televisor. Ganador: Geto.

—Es lo que tiene ser el niño bonito del mundo de la hechicería —dijo Suguru, dejando el mando a un lado y mirándolo de reojo—. Te toca asegurar el futuro del clan. Tampoco es que te pille de sorpresa, ¿no?

—Ya, pero es un coñazo —Satoru giró la cabeza en el suelo para mirar a Suguru. Había una extraña mezcla de fastidio real y una vulnerabilidad oculta detrás de su tono burlón—. Hablan de eso como si fuera papeleo. "Que si la etiqueta", "que si la consumación del compromiso". Yo no tengo ni puta idea de esas cosas, Suguru. Nunca he hecho nada de eso. No entiendo qué se supone que tengo que sentir o hacer.
Suguru lo miró fijamente. La honestidad brutal de Satoru a veces aparecía así, sin filtros, entre partida y partida de consola. Suguru dejó escapar una risa corta, medio ronca, intentando aligerar el peso de la conversación.

—¿Me estás diciendo que el gran Satoru Gojo, el intocable, se está cagando encima porque no sabe cómo tratar a una chica? —Suguru sonrió de lado, esa sonrisa ladina tan suya—. Por favor, Satoru. ¿Es que nunca has visto porno o algo parecido en tu vida en esa mansión tuya?

Satoru se incorporó de golpe, apoyándose en los codos. Un leve y casi imperceptible color rosado asomó en sus mejillas, aunque sus ojos azules desafiaron a Suguru con la arrogancia de siempre.

—¡Claro que he visto, idiota! —exclamó, subiendo el tono—. Pero eso son pantallas. Son tías gritando y tíos haciendo posturas raras. No tiene ningún sentido. La realidad no es así, ¿o sí? Es todo... mecánico. No entiendo el punto de tocar a alguien así solo porque te lo imponga un contrato.

La risa de Suguru se desvaneció lentamente. La habitación se quedó en silencio, solo rota por la música en bucle del menú del juego.

Suguru observó a Satoru. Visto de cerca, sin la barrera del Infinito activa, Satoru estaba a apenas un metro de él. Podía ver el ritmo de su respiración. La idea de Satoru —alguien que sostenía el peso del mundo sobre sus hombros, alguien que era adorado y temido como un dios— atrapado en la obligación de entregarse a un extraño por deber, le revolvió algo en el estómago. Algo oscuro y denso.

Azul infinito (sasugu) Stories to obsess over. Discover now