A sus 27 años, Hirose está convencido de dos cosas: ama su trabajo como maestro... y no tiene la menor idea de dónde está el hombre con el que quiere pasar el resto de su vida.
-¿Y tu esposo? -pregunta Saho, su hermana mayor, con una sonrisa burlona...
Aiki Hirose estaba convencido de dos cosas: amaba su trabajo como maestro... y no tenía la menor idea de dónde estaba el hombre con el que quería pasar el resto de su vida.
Hacía un par de años que finalmente se había graduado de la universidad y comenzado a trabajar como maestro de secundaria. No le iba nada mal, no tenía de qué quejarse. Era el maestro favorito de casi todos sus alumnos gracias a su gran carisma y personalidad.
Pero, a pesar de tener una vida bastante buena, Aiki quería... no, necesitaba saber quién sería el hombre que lo amaría.
Hoy era un día completamente normal. Se levantó temprano y comenzó a ordenar sus cosas para empezar el día. Tenía clases con uno que otro grupo, por lo que saldría temprano y podría ir a comer algo con su hermana mayor, Saho. Hacía tiempo que no la veía, ya que se había casado con su cuñado hacía ya varios años.
Una vez que tuvo todo listo, se dirigió a su trabajo con toda la calma del mundo. Después de sus años como estudiante, cuando había llegado más de una vez de puro milagro antes de que sonara la campana, ahora se aseguraba de llegar con al menos diez minutos de anticipación.
Cómo cambiaban las cosas.
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Al casi finalizar la clase con su grupo asesorado, Aiki recordó la pequeña excursión que tendrían próximamente, así que decidió aprovechar los últimos minutos para hablar sobre ella.
-Antes de que se me olvide, recuerden que la próxima semana tendremos la excursión -anunció, mientras comenzaba a repartir los permisos entre sus alumnos-. Necesito que estos permisos estén firmados y que me los entreguen antes del viernes.
-¿Vamos a ir al acuario, profe? -preguntó uno de los alumnos desde su lugar.
-Sí.
-¡¿De verdad?!
-No, vamos a visitar una granja de hormigas.
El salón quedó en silencio durante unos segundos.
-Profe...
-¿Qué?
-Eso no da risa.
Aiki soltó una carcajada.
-Está bien, está bien. Sí vamos al acuario.
-¡SÍÍÍ!
-Pero si alguno de ustedes se pierde, no pienso meterme al tanque de los tiburones para buscarlo.
-¡PROFE!
Las risas de sus alumnos llenaron el salón.
Aiki sonrió mientras negaba con la cabeza. Definitivamente, quizá enseñar no era el trabajo más sencillo del mundo, pero no podía negar que disfrutaba aquellos momentos.
-Ahora sí, guarden sus cosas. Ya casi es hora de salir.
Poco después, la campana sonó y Aiki dio por terminada la clase. Sus alumnos comenzaron a recoger sus pertenencias y a salir del salón.