Neera Bravery

¡ Maldito !

Eso es exactamente lo que es. Un completo y absoluto maldito. Aunque, si me detengo a pensarlo con un poco de frialdad mientras intento no romper la cerradura de mi casillero, ¿quién no lo es en estos tiempos de porquería?

Tiro de la puerta de metal con brusquedad, tomo mi chaqueta extra cargada de tela gruesa y ajusto la correa de mi bolso sobre el hombro antes de cerrarla de un azote que retumba en todo el pasillo de empleados. El eco metálico vibra en mis oídos, pero no basta para calmar el calor hirviente que me sube por el cuello. Estoy furiosa. La mandíbula me duele de tanto apretar los dientes. ¿Cómo se atrevía a hacerme eso? Maldito mil veces.

Camino a pasos agigantados hacia la salida. Mantengo la vista clavada en el suelo desgastado, rehusándome a cruzar mirada con cualquiera que se me cruce. ¿Para qué molestarme en mirar a alguien? Todos en este lugar están cortados por la mismísima tijera podrida.

—¡Hey, Neera!

La voz, empalagosa y afinada con una falsa amabilidad que me revuelve el estómago, resuena a mis espaldas. ¿Camila? ¿Marta? Honestamente, ni siquiera me importa recordar su nombre. Me giro sobre mis talones bruscamente para encararla. Ahí está, sosteniendo esa sonrisa hipócrita perfectamente pintada en los labios, como si le doliera no poder sonreír aún más fuerte.

—¿Qué te sucede? —pregunta, inclinando la cabeza con una curiosidad fingida.

—Me despidió —explico entre dientes, dejando que cada sílaba salga envenenada—. Y me imagino que te deleitas con eso. Ahora, te solicito que me dejes en paz.

Doy media vuelta sobre mis botas, dispuesta a cortar cualquier intento de conversación, cuando de pronto siento unos dedos cerrarse alrededor de mi brazo.

Todo mi cuerpo se tensa en un milisegundo. Una sacudida eléctrica de puro rechazo viaja por mi columna y, en menos de dos segundos, me arranco de su agarre violentamente, dando un salto hacia atrás.

—¡No me toques! —exclamo con el pecho agitado por la molestia. Me miro el brazo derecho con terror puro, frotando la tela sobre la zona donde sus dedos estuvieron a punto de rozar mi piel.

—Deja tu pánico, Neera —responde la pelinegra que tengo enfrente, rodando los ojos con Fastidio—. Solo te quiero decir que queremos hacerte una reunión para despedir que ya te vas.

Hace un puchero exagerado, tan falso que me da náuseas. La observo con puro odio manifestado en la mirada. Odio que me toquen. Odio a la gente hipócrita. Odio con toda mi alma que me miren con esa falsa lástima de pacotilla.

—Pues... —doy varios pasos hacia atrás, marcando un margen de seguridad infranqueable mientras observo cómo una sonrisa boba y engreída se le empieza a asomar por la comisura de los labios—. No quiero.

—Pero...

—Pero nada, como sea que te llames —interrumpo con una brusquedad que le borra la mueca de golpe—. Lo único bueno de ser despedida es que no voy a tener que verte la cara nunca más en mi vida.

Giro sobre mis talones y traspaso la puerta de salida hacia el aire frío de la calle. Era la gerente de ese maldito supermercado. Años manteniendo el orden entre los pasillos para que el idiota de mi jefe me despidiera alegando una «falta de maldición». El muy imbécol ni siquiera sabía cómo me llamaba hasta el día de hoy, fecha que, para mi desgracia, marca mi cumpleaños número veintiséis.

En este estúpido mundo la lógica es brutal y simple: si no tienes una maldición, no sobrevives. Si tienes una maldición muy boba, tampoco sobrevives. Y si tienes una maldición ridículamente fuerte, te convierten automáticamente en policía o en alguna mierda similar del gobierno, lo que te deja con una baja probabilidad de no sobrevivir en el proceso.

Un Amor Maldito Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora