El silencio de la madrugada en el pequeño departamento de los Tomioka solo era interrumpido por el suave y rítmico sonido de la respiración de Emma, su bebé de dos meses.
En la penumbra de la habitación, Giyuu permanecía sentado al borde de la cama, meciendo con mucha paciencia el pequeño bulto envuelto en mantas que descansaba en sus brazos.
Tener a Emma consigo todavía le parecía un milagro irreal.
A sus veintisiete años, él era un hombre de pocas palabras y siempre lo habían considerado alguien frío, pero la llegada de su hija había borrado cualquier rastro de distancia en su corazón.
Al mirarla, sentía un instinto de protección muy profundo, ya que amaba a esa pequeña con toda su alma.
A los pocos minutos, un leve suspiro a su lado llamó su atención. Shinobu comenzó a moverse entre las sábanas, tallándose los ojos con cansancio.
La maternidad a sus veinticuatro años estaba siendo una etapa hermosa, pero agotadora, y las ligeras sombras bajo sus ojos violetas demostraban las noches que pasaban sin dormir. Sin embargo, al enfocar la vista y ver a Giyuu sosteniendo a Emma, una sonrisa sincera y llena de ternura iluminó su rostro.
—¿Se volvió a despertar a mitad de la noche? —susurró Shinobu con voz suave, sentándose despacio en la cama.
—Solo quería asegurarse de que estábamos cerca —respondió Giyuu en el mismo tono bajo, para no alterar la paz de la bebé—. Ya se durmió de nuevo. No te levantes, descansa otro poco.
Shinobu negó con la cabeza y estiró los brazos hacia él. Giyuu se acomodó más cerca de ella. Con mucho cuidado, Shinobu se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza en el hombro de su esposo, rodeando su cintura con un brazo mientras usaba su otra mano para acariciar la mejilla de Emma.
En ese instante, juntos los tres bajo la tenue luz de la lámpara, el cansancio pareció desaparecer.
No importaban los pañales, el desorden de la sala ni las horas de sueño perdidas.
Eran una familia feliz, y la calidez en el pecho de Giyuu era algo que nunca antes había experimentado.
En el absoluto silencio de la habitación, se prometió a sí mismo que haría lo que fuera necesario para cuidar esa felicidad, protegiendo a Shinobu y a Emma de cualquier peligro.
Las semanas transcurrieron entre la hermosa fatiga de la paternidad, pero la rutina perfecta del hogar comenzó a abrirle espacio a una presencia externa.
Hiroto, un colega del laboratorio de investigación donde Shinobu trabajaba antes de su baja por maternidad, había empezado a frecuentar el departamento con una constancia que, poco a poco, desgastó la tranquilidad de la casa.
Al principio, Giyuu intentó convencerse de que era un gesto ordinario de cortesía laboral, pero la insistencia de las visitas comenzó a perturbar el ambiente.
Aquella tarde de sábado, el timbre resonó en el departamento rompiendo la calma.
Shinobu, que llevaba a Emma en un fular elástico pegada a su pecho, abrió la puerta con una expresión de agradable sorpresa.
Hiroto entró al recibidor con una enorme sonrisa, cargando un par de bolsas de una costosa tienda de artículos infantiles y un pequeño ramo de flores silvestres.
—¡Shinobu! Qué alegría verte con tan buen semblante —dijo Hiroto, entregándole las flores con un entusiasmo que a Giyuu, sentado en el sillón de la sala, le pareció excesivo—. Me preocupaba cómo estarías después del parto, ya sabes que el laboratorio es un caos sin tu brillantez. Y esta belleza debe ser Emma.
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Mi lugar en tus ojos
FanfictionDespués del nacimiento de su hija, Giyuu y Shinobu comienzan a enfrentarse a una nueva etapa de su relación. Entre el cansancio, la distancia y los sentimientos que ninguno de los dos se atreve a decir en voz alta, su relación comenzará a ponerse a...
