Capítulo 1 - La feria de Bridgewater

67 15 12
                                        


No entendía. Sirius simplemente no entendía por qué de pronto James, de la nada, había querido que el idiota de Snivellus tuviera "un día en paz", no se lo merecía, no después de haberles arruinado el verano completo y hacerse el maldito mustio frente a Monty y Mia.

Todo había iniciado con una estúpida broma en el lago. "Ni siquiera era para tanto", pensó Sirius.

Un poco de humillación pública le ayudaría a esa babosa venenosa de Slytherin a aprender algo de humildad, a no andar repitiendo como un loro amaestrado los principios "puristas" (mierdas racistas) de los sagrados (malditos) veintiocho y aprender a poner los pies en la tierra. Sirius se rio de medio lado por la ironía, lo habían dejado colgado en el aire, y si no fuera por la intervención de Monty, le hubieran dado una buena lavada a esos dientes amarillos que no paraban de escupir maldiciones.

Pero no, los habían castigado, les habían quitado la mesada, aunque bueno, él no tenía mucho derecho a pedir nada, no era su hijo de verdad (Sirius se detuvo un momento en ese pensamiento. Algo crujió dentro, luego... lo ignoró por completo), "Naaa, ¿Qué importa?" pensó. "Mientras tenga a Prongs y a los chicos no importa, nada importa" se dijo apresurándose al armario.

El tío Alphard era un tipazo, le daba una mesada bastante generosa que no tenía realmente en que gastar, era lo que había ayudado a Prongs y a él a sobrevivir al aburrimiento luego de que los padres de James les castigaran la mesada.

Le gustaba la ropa muggle; era irreverente, variada, cómoda y lo más importante, su madre la odiaba, especialmente la ropa masculina, porque, por alguna razón que desconocía, su nefasta progenitora detestaba a los hombres, a su padre (aunque bueno, él también lo odiaba) a su tío Alphard, a él y bueno... Regulus era una excepción rara, aunque seguro era porque era un chupamedias de lo peor.

Sirius volvió a congelarse frente a una playera de Queen al pensar en su hermano, al de sangre, al de la sangre maldita... a veces... solo a veces, se preguntaba si... no se sentiría demasiado abrumado con las exigencias de Walburga... pero luego se sacudió, se acomodó el cabello.

"¡Ah! ¡Esos tónicos de Monty como ayudan a darle volumen!" Se rio peinando su cabello para distraerse y volvió a la tarea de escoger la ropa; unos jeans cómodos y rotos (el desgaste deliberado lo hacía verse salvaje, sexy, y él ya era sexy), unas botas negras de suela gruesa, (para patear imbéciles de ser necesario) y por un segundo, consideró la posibilidad de quitarle las mangas a la playera con un hechizo para lucir su tatuaje, el primero que se hizo, el que ocupaba su hombro izquierdo... luego, se puso ligeramente nervioso, solo un poco. No lo haría, Mia era la personificación del amor materno, pero ni siquiera a ella le haría ni una pizca de gracia verle tatuado siendo menor de edad.

Sirius se llevó una mano al hombro, cubriendo la marca. La runa de Gar, la poderosa lanza de Odín que nunca fallaba su objetivo. Sirius le había dicho a James que era por haber dejado atrás a la casa Black, por haber terminado definitivamente con ellos, "su cierre". Aunque, y no es que le mintiera a Prongs, obviamente jamás lo haría, había omitido el pequeño detalle que él, en ocasiones, se sentía como... la lanza personal de James, y no le disgustaba serlo. El dios del sol y la lanza negra... eso eran ellos dos, inseparables, invencibles.

Volvió a la ropa, empezando a cambiarse un poco disgustado. Ese verano había sido una mierda. No solo porque Snivellus había sido invitado a la mansión para pagar la deuda de honor que Monty sentía al haberlo visto colgado, sino que además era tratado como un maldito niño prodigio, como si fuera Merlín reencarnado.

Sirius gruñó.

Si querían ver un prodigio, que fueran a leer un libro de esos que le gustaban a Moony, o que sabía él, meterse a un zoológico mágico, si tanto les interesaba ver cosas raras. Pero bueno, irían a la feria, algo bueno tenían que haber sacado de ese verano limpiando orinales y cambiando sábanas de enfermos... (Sirius hizo una mueca, James había cambiado mucho desde San Mungo, se había vuelto... menos brillante... menos alegre). Volvió a fruncir el ceño, su mirada se volvió fría, intensa, mientras se ajustaba las agujetas de la bota.

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: 3 days ago ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

Un invierno de 1976Stories to obsess over. Discover now