el saco de boxeo siendo brutalmente golpeado era el único sonido que retumbaba seco por todo el gimnasio, un eco constante que parecía absorber todo el oxígeno del lugar y convertirlo en puro esfuerzo. las luces tenues colgaban del techo como testigos cansados, proyectando sombras alargadas sobre las paredes cubiertas de espejos empañados por el vapor del sudor y el aliento caliente de quienes entrenaban allí noche tras noche. el olor a goma de las colchonetas se mezclaba con el metal frío de las pesas y el aroma persistente a café amargo que emanaba del alfa que golpeaba sin piedad el saco, como si estuviera desahogando demonios internos que nadie más podía ver. los hermanos haitani sólo veían sentados desde las colchonetas, descansando luego de su entrenamiento, sus cuerpos relajados pero sus miradas atentas, casi hipnotizadas por la violencia controlada que desplegaba yasuhiro mutō.
—dios, yasuhiro, ¿cómo puedes durar tanto tiempo sin cansarte? —preguntó ran tomando de su botella de agua, su voz arrastrada con ese tono perezoso que siempre usaba, como si cada palabra le costara un esfuerzo innecesario—. sin albur. —aclaró el mayor de los hermanos, ajustando una de sus trenzas rubias que caía sobre su hombro.
yasuhiro por fin terminó su entrenamiento, quitándose los guantes de box y secando el sudor de su frente con su toalla para el gimnasio. su cabello rubio en corte militar estaba ligeramente húmedo, pegado en algunos mechones a la frente ancha, y sus ojos turquesas brillaban con esa intensidad fría y concentrada que parecía cortar el aire a su paso. era alto, imponente, con hombros anchos que llenaban el espacio y músculos definidos por años de disciplina brutal, cicatrices finas cruzando su torso desnudo como mapas de batallas pasadas. el aroma a café amargo que lo rodeaba se intensificó con el esfuerzo, denso y reconfortante a la vez, como una advertencia envuelta en algo que invitaba a quedarse cerca aunque todos supieran que era peligroso.
—tú eres el que entrena sólo quince minutos —respondió mutō con voz grave, ronca por el esfuerzo, secándose el sudor que bajaba por su cuello y pecho. no había burla en su tono, solo una observación directa, como todo lo que salía de su boca. él no hablaba más de lo necesario. cada palabra era un golpe calculado, igual que sus puños.
ran rio suavemente, un sonido bajo y melodioso que contrastaba con la seriedad del gimnasio. rindo, el menor, solo observaba en silencio, su mirada afilada pero respetuosa, sabiendo que con mutō no había espacio para juegos innecesarios.
—soy débil ante la fuerza —dramatizó el omega de trenzas, levantándose con pereza y estirándose como un gato grande y perezoso—. pero tú, yasuhiro, eres una máquina. ¿qué demonios te motiva a golpear ese saco como si te debiera dinero?
mutō no respondió de inmediato. se puso una camiseta negra ajustada que marcaba cada línea de su torso, recogió sus cosas con movimientos eficientes y precisos. el gimnasio estaba casi vacío a esa hora de la noche, solo ellos tres y el eco de sus respiraciones. afuera, tokyo brillaba con sus luces neón y el rugido lejano de motos, pero aquí dentro todo se reducía a sudor, metal y el aroma a café amargo que parecía marcar el territorio del alfa mayor.
—la disciplina —dijo finalmente, su voz como un trueno lejano—. nada más. si te cansas fácil, es porque no tienes nada que proteger ni nada que destruir. yo sí.
los hermanos haitani intercambiaron una mirada. ran sonrió de medio lado, pero no insistió. sabían que mutō era así: letal, serio, indomable. capitán de la quinta división de toman, boxeador en ascenso cuya fama se extendía más allá de las pandillas. respetado por muchos, temido por otros. nadie le hablaba sin medir sus palabras. nadie lo miraba demasiado tiempo a los ojos turquesas que parecían juzgar y condenar al mismo tiempo.
salieron del gimnasio juntos, el aire nocturno de tokyo golpeándolos como una caricia fría después del calor del entrenamiento. las motos de los haitani estaban aparcadas cerca, brillantes bajo la luz de una farola parpadeante. mutō montó la suya, negra y silenciosa como él, el motor rugiendo a la vida con un sonido grave que vibraba en el pecho.
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i wanna be your slave ;; musan
أدب الهواةpor que yasuhiro mutō era indomable. pero a su vida llegó haruchiyo sanzu.
